Todos son incorregibles; no sólo los justicialistas. Ahí están los radicales, impregnando con un tufillo a fraude su interna nacional, como si no fuera suficiente contrapeso cargar con el descrédito histórico de dos gobiernos en huida. No es la mejor forma de recuperar la imagen pública para enfrentar a sus primos, los devaluados peronistas, excesivamente confiados en el peso de las estructuras para imponerse en los comicios de 2003.
Los dos partidos mayoritarios atraviesan crisis de identidad -copian tanto las malas prácticas que se confunden sus perfiles-, nada más que uno cree que se subió al carro triunfal por los errores del otro. Sólo les importa el voto de la elección interna, no el de la elección general. Es decir que no les interesa lo que piensen los que están fuera de la estructura clientelista, del bolsón y de los planes sociales, ya que no suman los suficientes para cambiar el curso de la historia en el país.
La realidad condena a los argentinos a sufrir al radicalismo aburrido e incapaz o a alguna línea interna del peronismo -menemismo, duhaldismo u otra que pueda surgir, como tercera posición. Esto dicho sin ironía-, que engulla a las otras, en desmedro de todos. No hay renovación de cuadros, ni de prácticas. El ejemplo tradicional de hacer política fagocita a la siempre proclamada renovación, convirtiéndose en una mala copia de los mayores. La espiral de la decadencia no se detiene.
Algunos suponen que todo eso se frenará con marchas populares que, a los oídos de los partidos tradicionales, en el poder son menos que zumbidos molestos. Aún no hacen mella, al nivel de las cacerolas de hace un año atrás. El vallado social y político armado por el peronismo no es tan endeble como el del radicalismo en diciembre de 2001. Eso hace soñar al PJ con continuar en el poder, y a sus dirigentes con usufructuarlo otra vez. ¿Y en Tucumán? La versión nacional de la lucha por el poder se repite en la interna peronista, pero en lo institucional, el mirandismo se parece más al delarruismo de la época del derrumbe y del helicóptero. El gobernador Julio Miranda sigue haciendo pesar su condición de jefe de grupo. Todos los aspirantes a sucederlo observan con lupa y analizan al mínimo detalle sus gestos para desentrañar si es que está bendiciendo a alguien. Pero el mago perdió la varita para convertir a uno de los aspirantes en su delfín. Sólo puede aspirar a negociar entre todos un acuerdo que lo alivie y le aleje las esquirlas que puede provocar la lucha interna. Esto sólo significará, para el proceso electoral en el peronismo, que la estructura mirandista se pondrá del lado del ungido. Es lo único que interesa: la estructura.
Por lo menos, hasta ahora se respeta que él sea el que presida la mesa de las negociaciones. De ahí para abajo, todo se le discute. A su sombra han aparecido tres candidatos: Osvaldo Jaldo, Fernando Juri y José Alperovich. Uno de ellos estará en la fórmula que posiblemente se concrete con el grupo Escaba, de Olijela Rivas y de Alberto Herrera, y que tiraron a la parrilla a Ricardo Maturana y a José Carbonell. Todos quieren negociar; todos se creen dueños de los votos de los tucumanos; todos los que luchan por el poder -desde el poder- no escuchan las protestas ni atienden los índices sociales. Todos siguen siendo incorregibles.
18 Diciembre 2002 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis







