Automotores en cualquier parte

El uso de la vía pública debe tener más control.

16 Diciembre 2002
En la ciudad moderna, es sabido que el automotor es un protagonista fundamental. Los problemas derivados de su circulación son múltiples; pero no les ceden en importancia los atinentes a la colocación espacial del vehículo: es decir, a su estacionamiento. En Tucumán este es un tema complicado, y de allí la frecuencia con que lo mencionamos críticamente en nuestros comentarios y en las cartas de nuestros lectores. Es preciso volver sobre el punto con cierta detención, teniendo en cuenta la indiferencia que la gran mayoría de la población le destina; como también la prácticamente nula acción de quienes están encargados, en teoría, de hacer cumplir las ordenanzas y disposiciones vigentes a ese respecto.
Para decirlo en síntesis, en San Miguel de Tucumán cada persona instala su vehículo donde se le antoja. Las reglamentaciones acerca de zonas vedadas u horarios constituyen letra muerta, y sin duda la creciente cantidad de infractores es reveladora de la convicción de impunidad que ha ganado el espíritu de todos desde mucho tiempo atrás.
Como si eso fuera poco, el estacionamiento también se realiza en doble fila, con la misma tranquilidad y sin que al conductor parezca importarle absolutamente nada la obstrucción del tránsito que con ello produce.
Quienes manejan taxis y remises son los principales responsables en ese sentido, como se lo puede comprobar, durante las horas críticas, en toda la zona comercial. Pero distan de ser los únicos.
Lo mismo hacen los particulares que desean detenerse brevemente, y por cierto que también quienes guían camiones, camionetas o furgones que deben descargar mercaderías. En este último caso, sabemos que los horarios establecidos para esa actividad no pasan de ser teóricos.
Omnibus de turismo estacionan, con la misma calma con que lo harían en una playa, en arterias céntricas estrechas, perturbando la circulación normal durante el tiempo que se les antoje.
Y qué decir de motociclistas y ciclistas, cuyos vehículos se depositan en cualquier vereda, amarrados con cadenas a las rejas de balcones, a las columnas metálicas, a los árboles o a las farolas de las peatonales: es decir, en el punto más próximo posible al lugar donde el conductor trabaja o donde debe cumplir alguna diligencia.
No hay, entonces, razón para extrañarse de que en muchas cuadras dentro de las avenidas, los propietarios de automotores los dejen por las noches directamente sobre la vereda de sus casas, seguros de que ningún agente municipal les confeccionará un acta por la infracción.
Es decir que, en nuestra ciudad, parecen no regir en absoluto las disposiciones establecidas para que la presencia de los vehículos no complique la organización del buen orden y la convivencia en la vía pública.
Si tenemos en cuenta el contexto en que todo esto ocurre (una circulación anárquica, con semáforos que no se respetan, presencia ya habitual de carros de tracción a sangre, ómnibus que se detienen en medio de la calle, etcétera), hay que convenir que la relación de los automotores con la ciudad está generando situaciones de verdadero caos.
Frente a todo ello, el escaso vecindario que cumple con las ordenanzas se pregunta, con justificada alarma, si no estará obrando neciamente, ya que la norma general pareciera ser la de la inobservancia abierta.
Y tan desoladora sensación se incrementa cuando percibe que la infracción se comete, con mucha frecuencia, enfrente mismo del agente municipal que dirige la circulación y que hace gala de no advertirla.
El tema tiene suma importancia. En una ciudad cada vez más atestada de vehículos como es el caso de la capital tucumana, la vida cotidiana no puede desarrollarse normalmente al margen de las normas que disponen los lugares y los horarios de estacionamiento.

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