15 Diciembre 2002 Seguir en 
Hasta hace unos días Tucumán era desconocida en el mundo. Hoy, los ojos del planeta están puestos en esta pequeña provincia que ocupa las primeras planas de los diarios y acapara las cámaras de la red televisiva internacional. ¿La causa del rating? Los niños se están muriendo de hambre; hay cerca de 400.000 habitantes (la tercera parte de la población) que son víctimas de la desocupación y de la extrema pobreza, y unas 65.000 familias analfabetas o semianalfabetas que viven en condiciones infrahumanas e indignas, abandonadas por un Estado desertor de sus obligaciones, y expulsadas por una sociedad que siempre se caracterizó por ser individualista.Desde el Viejo Mundo, Estados Unidos y los propios países de Latinoamérica nos miran azorados. No entienden nada. Muchos menos que el hambre apriete en una provincia de la Argentina, el país granero y ganadero que se dio el lujo de alimentar al mundo en tiempos de posguerra. Tampoco entienden nada en la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Es que en Tucumán se da una imperdonable paradoja. Aquí viven, investigan y forman recursos humanos nada menos que dos destacados científicos del planeta: la recientemente laureada "Heroína de la Salud Pública de las Américas", la pediatra y sanitarista doctora Elsa Moreno, autora del plan de salud que se aplica hace más de 30 años en Neuquén y que bajó al 10 por mil el índice de mortalidad infantil; y el doctor Guillermo Oliver, que obtuvo importantes premios y el título de "Científico ilustre de la Argentina" por haber creado la leche Bio, que cura las diarreas y que combate justamente la desnutrición que hoy está haciendo estragos en esta provincia.
Es natural que cualquier persona con dos dedos de frente no logre comprender por qué Tucumán llegó a esta situación, teniendo a dos excelencias en el campo de la salud.
Pero en honor a la verdad, casi todos los gobernantes y autoridades de salud que pasaron por esta provincia usaron sus nombres, especialmente el de la doctora Moreno. Anunciaban con bombos y platillos (la mayoría de las veces sin consultarla siquiera) que la sanitarista número uno de Latinoamérica sería la diseñadora del programa de salud para Tucumán. Nada más falaz. Hasta hubo un ministro que la citó y la dejó plantada en la antesala de su despacho. Nunca la valorizaron en su justa dimensión ni la invitaron -con el respeto que se merece- a trabajar por lo que tanto anheló durante estos 40 años: cambiar el sistema de salud del país y de la provincia. Nada de esto ocurrió, y la prueba está hoy, justamente, a la vista de todo el mundo.
Algo similar le ocurrió al doctor Oliver. En 1995, cuando se lanzó leche Bio, desde el Gobierno se dijo que era un orgullo para Tucumán que un investigador argentino haya descubierto aquí "un alimento de importancia universal, que salvará la vida de miles de niños pobres y desnutridos".
Pasaron siete años y la desnutrición infantil sigue haciendo estragos irreversibles y cobrándose vidas. Jamás se impuso el uso de la leche Bio en el hospital público. La corrupción se enquistó -como en otras áreas- en el manejo de todos los fondos sociales y el índice de mortalidad infantil está rozando el 25 por mil. Pero los representantes del pueblo no se ruborizan ni se avergüenzan de nada.
Es que en Tucumán se da una imperdonable paradoja. Aquí viven, investigan y forman recursos humanos nada menos que dos destacados científicos del planeta: la recientemente laureada "Heroína de la Salud Pública de las Américas", la pediatra y sanitarista doctora Elsa Moreno, autora del plan de salud que se aplica hace más de 30 años en Neuquén y que bajó al 10 por mil el índice de mortalidad infantil; y el doctor Guillermo Oliver, que obtuvo importantes premios y el título de "Científico ilustre de la Argentina" por haber creado la leche Bio, que cura las diarreas y que combate justamente la desnutrición que hoy está haciendo estragos en esta provincia.
Es natural que cualquier persona con dos dedos de frente no logre comprender por qué Tucumán llegó a esta situación, teniendo a dos excelencias en el campo de la salud.
Pero en honor a la verdad, casi todos los gobernantes y autoridades de salud que pasaron por esta provincia usaron sus nombres, especialmente el de la doctora Moreno. Anunciaban con bombos y platillos (la mayoría de las veces sin consultarla siquiera) que la sanitarista número uno de Latinoamérica sería la diseñadora del programa de salud para Tucumán. Nada más falaz. Hasta hubo un ministro que la citó y la dejó plantada en la antesala de su despacho. Nunca la valorizaron en su justa dimensión ni la invitaron -con el respeto que se merece- a trabajar por lo que tanto anheló durante estos 40 años: cambiar el sistema de salud del país y de la provincia. Nada de esto ocurrió, y la prueba está hoy, justamente, a la vista de todo el mundo.
Algo similar le ocurrió al doctor Oliver. En 1995, cuando se lanzó leche Bio, desde el Gobierno se dijo que era un orgullo para Tucumán que un investigador argentino haya descubierto aquí "un alimento de importancia universal, que salvará la vida de miles de niños pobres y desnutridos".
Pasaron siete años y la desnutrición infantil sigue haciendo estragos irreversibles y cobrándose vidas. Jamás se impuso el uso de la leche Bio en el hospital público. La corrupción se enquistó -como en otras áreas- en el manejo de todos los fondos sociales y el índice de mortalidad infantil está rozando el 25 por mil. Pero los representantes del pueblo no se ruborizan ni se avergüenzan de nada.







