Ya existe toda una cultura visual a partir de la amplia difusión de los videos caseros que ha traído aparejada la popularización de internet. Hay muchos blogs y portales de noticias que incorporan las filmaciones que los circunstanciales testigos de hechos trascendentes envían para su publicación. Como consecuencia de esta práctica, los encuadres vacilantes, el zoom descontrolado, la imprecisión del foco y los saltos en la continuidad del filme se han vuelto elementos que, si bien afectan la estética de la filmación, contribuyen a acrecentar la veracidad del material que se expone, casi como si fuera un certificado de autenticidad. En esa idea se apoya el concepto visual de este filme, y el resultado es sorprendente. El director Matt Reeves presenta toda su película como si fuera la cinta de video captada por un joven durante una fiesta; pero la reunión se interrumpe porque sobre la ciudad de Nueva York se desencadena una sucesión de hechos que terminarán por imponer la evacuación de Manhattan y su ocupación militar. Lo interesante del relato es que el espectador se va enterando de los sucesos casi como si fuera una víctima más de la confusión y la destrucción que parecen incontrolables. Tal vez si no se hubiera decidido contarla desde este particular punto de vista, la película no hubiera alcanzado el impacto que logra sobre la platea. Tal como se filmó, consigue que el espectador se sienta un testigo más -pero a salvo- de la hecatombe que provoca una criatura a la que no se puede ver con claridad y cuyo origen nunca se explica, porque no hace falta. Y porque tal vez nadie estaría en condiciones de hacerlo.







