Un sistema que también genera violencia
El mal funcionamiento de las instituciones del Estado causa impotencia y maltrato social. El resultado es una sociedad que cada vez se vuelve más agresiva. Por Magena Valentié - Redacción LA GACETA.
11 Marzo 2008 Seguir en 
"El otro día entran a robarle a mi vecino. Eran tres chicos de unos 15 o 16 años. Llamamos a la policía y nos contestan que no tienen móvil, que los apresemos como podamos y se los llevemos a la comisaría. Salimos corriendo, los agarramos de los pelos entre varios y, forcejeando, los hacemos entrar a la seccional. Apenas los ven los policías nos dicen: ?estos chicos están golpeados, si los llevamos a Tribunales van a decir que nosotros les pegamos: ahora ustedes están en problemas?. ¿Podés creer que los vecinos tuvimos que pagarle $ 50 al comisario para que nos dejen salir en libertad?", le contaba un hombre al colectivero de la línea 7, en plena marcha. "La próxima vez, no se nos van a escapar. Les vamos a dar tal paliza que no les van a quedar ganar de volver a robar", fue la conclusión del indignado vecino.En la calle, en los colectivos y en las largas colas de los jubilados para cobrar o para pagar impuestos, hay cientos de testimonios como este. Y todavía nos preguntamos ¿de dónde surge tanta violencia en la sociedad? Se culpa a la familia, a la tradición autoritaria de los argentinos y a los modelos agresivos de la televisión. Se piensa que el alcohol y la falta de trabajo son los únicos disparadores del maltrato en hogares disgregados. Pero poco se habla de la violencia del sistema, del que llama a la policía y no tiene respuesta; de la mujer que es agredida por su marido y en la comisaría no le toman la denuncia; de las leyes que no se cumplen y de los servicios que no se prestan.
La semana pasada falleció la psicóloga Mirta Rodríguez, que atendía como propias las historias de cientos de mujeres que acuden al Departamento de Prevención y Asistencia de la Violencia Familiar, de la Dirección de Familia del Ministerio de Políticas Sociales.
Ella decía que cuando la violencia ya está instalada se debe responder con límites (poniendo tope al agresor, a través de los mecanismos de la Justicia), y con orden (en el pensamiento de la víctima), porque en el abismo que abre el maltrato caen las finanzas, la paz, los hijos, la escuela de los chicos, el trabajo, los amigos ...todo.
También el sistema necesita límites y orden. La relación independiente de los tres poderes del Estado, y no la permanente invasión de uno sobre los otros dos. El respeto por las leyes, y en especial el de la Carta Magna. Que los presos sean juzgados en el tiempo que corresponde, pero que también cumplan la condena que el juez les ha ordenado. Que las clases comiencen para todos, y no que haya chicos que por alguna razón -sea por falta de nombramiento de los docentes, o porque las escuelas no están en condiciones- no puedan empezar las clases. Que las mediciones oficiales sobre los índices de la inflación se hagan con criterios de realidad, y no para mostrar una buena imagen del gobierno. Que cuando a uno se le rompa el teléfono pueda hacer un reclamo y ser escuchado por otro ser humano, y no por una grabadora.
Mirta Rodríguez, que trabajaba también en el instituto agromecánico con chicos en riesgo social, sabía cómo derribar las paredes de la impotencia. Aconsejaba la fidelidad a la escuela, que marca pautas, que pone límites, que ordena el pensamiento y abre una puerta al futuro. Había hecho de su profesión el ejercicio de una militancia contra la no violencia.
El lenguaje del golpe se aprende y se repite. Y el sistema debe funcionar mejor para que la gente pueda comprender que la justicia con mano propia no es justicia. Que las "víctimas" del sistema no sean las que enumera Eduardo Galeano: "cuanto más pagan, más deben/ cuanto más reciben, menos tienen / cuanto más venden, menos cobran".







