Gestos majestuosos, realidades pequeñas
Alperovich se sentará el sábado en el recinto legislativo con el que siempre soñó. La lección de Lula y su correlación con el estado de una institución que agoniza. Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA
28 Febrero 2008 Seguir en 
De un lado, los signos vitales cada vez son más débiles. Es largo el estado de shock y aún más opresiva la sensación de agonía. Nadie confronta. Nadie lucha. Miran, asienten y profieren murmullos por lo bajo. Pero no hablan, apenas si levantan la mano. Del otro, nada distrae su atención del poder. Por el contrario, todo se abarca y se somete, mas nada se discute. José Alperovich seduce, domina y por último premia. Parece estar empecinado por la autoridad. Por eso, este sábado podrá darse el gusto de sentarse en el recinto con el que siempre soñó.El gobernador estará frente a viejos escuderos y a flamantes aduladores de ocasión. Con el mismo fervor, Sergio Mansilla y Roberto Palina aplaudirán cada palabra suya. A su lado no estará el ¿peligroso? Fernando Juri, al que miraría de reojo, con recelo y desconfianza. Todo lo opuesto, apenas si encontrará la sombra del pegajoso Juan Manzur. Si quisiera levantar la mirada, sólo se toparía con gestos zalameros y con uno que otro desaire. Y si quisiera estrechar abrazos, podría pasar la mañana entera palmeando espaldas. ¡Y pensar que hace un año se despidió tan rápido que apenas si pudo disfrutar de los tibios aplausos!
Eran otros tiempos, claro. Momentos en los que la discusión parlamentaria no pasaba por sus manos. Circunstancias en las que el andamiaje institucional de la provincia gozaba de mejor salud frente a los afanes de liderazgo personalísimo. Pero no se puede responsabilizar por esta disfunción en los poderes del Estado al oficialismo. Pedirle al alperovichismo que fortalezca a la oposición sería como pedirle a un crupier que no dirija la partida. Cada cual debe hacerse cargo de sus errores y asumir su responsabilidad. Es parte de la lógica en el ejercicio del poder.
Presa del silencio
En Tucumán y el país, la trascendencia del Poder Legislativo se fue perdiendo a medida en que fue convirtiéndose en presa del silencio que se le quiso imponer desde el Poder Ejecutivo. La obscena forma en la que el Parlamento -casa de la representación popular por excelencia- fue delegando sus funciones es preocupante. En especial porque las instituciones están para representarnos y porque la Legislatura está para dictar leyes y controlar al poder. Pero, en un contexto en el que el gobernador controla a la mayoría de los legisladores por teléfono, por analogía no puede más que concluirse que esa mayoría nunca lo controlará a él.
Los especialistas dividen sus opiniones respecto de la importancia que reviste para la fortaleza del juego republicano de poderes el acto de apertura de sesiones ordinarias del Poder Legislativo, con la presencia del titular del Poder Ejecutivo. Un sector de la doctrina constitucional considera que se trata de una práctica heredada de las estructuras monárquicas, que ponían en cabeza del conductor del Estado la posibilidad de habilitar el funcionamiento del resto de los poderes. En este esquema se sostiene que los cuerpos deliberativos se encuentran en inferior jerarquía respecto del Poder Ejecutivo y necesitan de su venia para comenzar sus tareas. Otros consideran que se trata de una verdadera rendición de cuentas y de una asunción de compromisos por parte de un poder en relación con otro.
El alperovichismo tiene en sus manos la decisión de exponer ante la ciudadanía con cuál de los dos postulados comulga. Con el de un Poder Ejecutivo fuerte, pero controlado por la ley, como pretendía Juan Bautista Alberdi; o con el de un hipergobernador y sublegisladores, subordinados y ubicados en la periferia de la toma de decisiones. Está en él contribuir a alimentar y a solidificar el sistema democrático. Ese régimen en el que quien gana gobierna y quien pierde controla.
El ritual de Lula
Un sistema de gobierno puede prescindir de infinidad de hechos, pero en ninguno faltan las ceremonias. Son los rituales políticos por excelencia. En las vísperas del acto solemne más importante del año para un sistema republicano, el brillante discurso que el presidente de Brasil, Lula da Silva, pronunció en el Congreso de la Nación hace una semana, se da de bruces frente a la realidad tucumana.
"Señoras y señores parlamentarios: los grandes objetivos no se pueden alcanzar sin la activa participación del Poder Legislativo; sin un Parlamento fuerte no habrá Ejecutivo eficaz ni legítimo (...)Históricamente, los parlamentos fueron un apoyo hacia la libertad, que posibilita el progreso económico y la equidad social", planteó Lula ante un recinto semivacío de senadores y diputados. Imagen que, seguramente, contrastará con la que se preocuparán por mostrar este sábado esos mismos legisladores, cuando Cristina Kirchner se siente frente a ellos.
Fue tan seductor el discurso del dirigente de extracción obrera que hasta se excusó para poder hablar desde el sentimiento y graficar la importancia de contar con un Poder Legislativo que marque límites al gobernante: "Permítanme ahora hablar un poco desde el corazón, fuera de mi guión. Estoy en la Presidencia de Brasil desde hace cinco años. Seguramente, cuando estamos en el Parlamento -y fui parlamentario en mi país- somos más exigentes, pero cuando estamos en el gobierno, muchas veces, no tenemos el derecho de creer ni de pensar, solamente tenemos que hacer aquello que es posible y que se nos permite realizar".
Que ironía la de esta provincia en la que la majestuosidad de los gestos y de las ceremonias contrasta con la pequeñez de las realidades. Vaya grotesco el de este Tucumán en el que los propios legisladores se jactan de ser independientes y de honrar a la división de poderes, pero deben soportar que hasta sus proyectos sean anunciados (por no decir apropiados) por la Casa de Gobierno. Porque, ni siquiera, se atreve a hacerlo el conductor natural de la Cámara. Ya que de apariencias se alimenta la gente, según dicen, hasta sería un poco más decoroso que Manzur dejara de lado las funciones de ladero full time del gobernador para ocupar el sillón que la Constitución le asigna. Porque, de continuar a este ritmo, se corre el riesgo de terminar por reivindicar la figura de Fernando Juri en su afán por extender la agonía de las instituciones. Por alargar ese tan temido estado que precede a la muerte.







