26 Febrero 2008 Seguir en 
El sábado último, nuestra editorial llevó por título “La seguridad del pasajero en el transporte terrestre”. Focalizábamos aquel comentario, en la necesidad de que el poder público controle efectivamente el estado psíquico y físico de los conductores de ómnibus que cumplen servicio a larga distancia. Pero la cuestión general considerada, era la seguridad.
Lamentablemente, debemos referirnos de nuevo a ese aspecto. La noche del domingo, se produjo un terrible accidente en la ruta 9, a la altura de Mancopa. Chocaron dos ómnibus de distinto porte, cinco personas muertas y varias otras resultaron heridas. Al parecer, el vehículo más pequeño sufrió la pinchadura de un neumático, y eso provocó que el conductor perdiera el control sobre el rodado y se produjera el impacto con el otro colectivo que había salido de Salta y se dirigía a Capital Federal. Obviamente, corresponderá a la Policía y luego a la Justicia, establecer con precisión las causas del impacto. Pero de cualquier manera, queda un sangriento saldo que hacen imprescindibles algunas consideraciones.
Se ha repetido hasta el cansancio que la prudencia, cuando se está al comando de automotores, constituye un elemento esencial para evitar tragedias. Y si esto es verdad en cualquier terreno, mucho más lo es cuando se trata de carreteras, por las cuales el tránsito transcurre por regla general a velocidades más que considerables. Quedará por determinar, en el percance de Mancopa, si los conductores aplicaban esa prudencia, tan necesaria y que puede servir, en el instante supremo, para salvar una imprevista situación de riesgo. De todas maneras, para nadie es un secreto que es habitual circular por las rutas a una velocidad por momentos escalofriante. Cuando el acelerador se ha oprimido hasta cierto punto, la novedad más pequeña en la carretera puede desencadenar en pocos minutos una tragedia. Los modernos automotores son cada vez más confortables y más veloces. Esas circunstancias resultan ideales para irradiar, hacia quienes los conducen, una engañosa sensación de seguridad. El chofer, además, observa por la ventanilla que todos oprimen confiadamente el acelerador. Genera, de esa manera, una situación en donde la prudencia -entendida como “moderación, cautela en el modo de actuar”- se esfuma con facilidad. Si a esto se suma, en muchos casos, el apuro por alguna razón, o la obligación de cumplir un horario, quedan diseñados los elementos necesarios para provocar accidentes.
Vale la pena recordar que, en otros países del mundo, y desde hace largos años, los ómnibus de larga distancia llevan agregado, en el acelerador, un dispositivo que hace de tope. Se impide así que el vehículo llegue a una velocidad más alta que las reglamentadas por las normas de seguridad vial. Pensamos que nunca se insistirá lo suficiente, en la urgencia que nuestro país tiene de disminuir drásticamente el elevado índice de percances que le adjudican las estadísticas, y que ha dado a la Argentina una triste celebridad. Para lograr ese ideal, sin duda es necesaria una fuerte dosis de educación vial en todos los conductores. Esa prudencia a la que nos referimos arriba, debiera convertirse, por tal camino, en una condición normal y generalizada. Al mismo tiempo, se hace igualmente necesario un adiestramiento de los conductores sobre las maneras de actuar positivamente en las emergencias que pudieran presentarse en la ruta. Asimismo, el Estado debe poner también su parte, en la mantención de las carreteras en buen estado y con una señalización que contribuya a rodear de seguridad el trayecto. Pero siempre el factor humano tendrá importancia clave en esta materia.
Los automotores, por modernos y rápidos que sean, están guiados por personas, quienes en primera y última instancia son responsables de lo que ocurra cuando están en movimiento. Conviene no olvidarlo, a la luz de las trágicas experiencias.
Lamentablemente, debemos referirnos de nuevo a ese aspecto. La noche del domingo, se produjo un terrible accidente en la ruta 9, a la altura de Mancopa. Chocaron dos ómnibus de distinto porte, cinco personas muertas y varias otras resultaron heridas. Al parecer, el vehículo más pequeño sufrió la pinchadura de un neumático, y eso provocó que el conductor perdiera el control sobre el rodado y se produjera el impacto con el otro colectivo que había salido de Salta y se dirigía a Capital Federal. Obviamente, corresponderá a la Policía y luego a la Justicia, establecer con precisión las causas del impacto. Pero de cualquier manera, queda un sangriento saldo que hacen imprescindibles algunas consideraciones.
Se ha repetido hasta el cansancio que la prudencia, cuando se está al comando de automotores, constituye un elemento esencial para evitar tragedias. Y si esto es verdad en cualquier terreno, mucho más lo es cuando se trata de carreteras, por las cuales el tránsito transcurre por regla general a velocidades más que considerables. Quedará por determinar, en el percance de Mancopa, si los conductores aplicaban esa prudencia, tan necesaria y que puede servir, en el instante supremo, para salvar una imprevista situación de riesgo. De todas maneras, para nadie es un secreto que es habitual circular por las rutas a una velocidad por momentos escalofriante. Cuando el acelerador se ha oprimido hasta cierto punto, la novedad más pequeña en la carretera puede desencadenar en pocos minutos una tragedia. Los modernos automotores son cada vez más confortables y más veloces. Esas circunstancias resultan ideales para irradiar, hacia quienes los conducen, una engañosa sensación de seguridad. El chofer, además, observa por la ventanilla que todos oprimen confiadamente el acelerador. Genera, de esa manera, una situación en donde la prudencia -entendida como “moderación, cautela en el modo de actuar”- se esfuma con facilidad. Si a esto se suma, en muchos casos, el apuro por alguna razón, o la obligación de cumplir un horario, quedan diseñados los elementos necesarios para provocar accidentes.
Vale la pena recordar que, en otros países del mundo, y desde hace largos años, los ómnibus de larga distancia llevan agregado, en el acelerador, un dispositivo que hace de tope. Se impide así que el vehículo llegue a una velocidad más alta que las reglamentadas por las normas de seguridad vial. Pensamos que nunca se insistirá lo suficiente, en la urgencia que nuestro país tiene de disminuir drásticamente el elevado índice de percances que le adjudican las estadísticas, y que ha dado a la Argentina una triste celebridad. Para lograr ese ideal, sin duda es necesaria una fuerte dosis de educación vial en todos los conductores. Esa prudencia a la que nos referimos arriba, debiera convertirse, por tal camino, en una condición normal y generalizada. Al mismo tiempo, se hace igualmente necesario un adiestramiento de los conductores sobre las maneras de actuar positivamente en las emergencias que pudieran presentarse en la ruta. Asimismo, el Estado debe poner también su parte, en la mantención de las carreteras en buen estado y con una señalización que contribuya a rodear de seguridad el trayecto. Pero siempre el factor humano tendrá importancia clave en esta materia.
Los automotores, por modernos y rápidos que sean, están guiados por personas, quienes en primera y última instancia son responsables de lo que ocurra cuando están en movimiento. Conviene no olvidarlo, a la luz de las trágicas experiencias.







