Mar, arena, mate y celular

Al habitual panorama de sombrillas, reposeras y bronceadores, en las playas se han agregado otros elementos que parecen haber llegado para quedarse. Por Juan Carlos di Lullo - Redacción LA GACETA.

24 Febrero 2008
“La mañana es una prepotencia de azul”. La imagen que Jorge Luis Borges concibió para una descripción de la ciudad de Buenos Aires se ajusta maravillosamente al panorama deslumbrante que muestra el rosario de playas que se encuentran al norte de Cabo Polonio, en la costa de Uruguay. La apariencia de estas extensiones de arena salpicadas por formaciones rocosas sobre las que estalla la espuma de las olas se prolonga hacia el norte, y sus particulares características se mantienen haciendo caso omiso de la línea convencional que trazaron los seres humanos y que convierte bruscamente el noreste uruguayo en sudeste brasileño.
Todas estas playas se caracterizan por la ausencia de la infraestructura que ofrecen los “paradores” o “balnearios” que son moneda corriente en las principales ciudades de la costa atlántica argentina o de las concurridas arenas de Punta del Este, en Uruguay. No es posible, entonces, encontrar en estos parajes grupos de promotoras de diversos productos comerciales ni sectores de playa ocupados por escenarios o hileras de carpas para alquilar. Y en cualquiera de ellas se escuchan, mezclados, el “legal” brasileño con el “tú tenés” o el “tá, tá” de los uruguayos, o con el argentinísimo “che”. Otra de las marcas distintivas de estas playas es el reinado indiscutible y absoluto del termo de agua caliente y el mate. Es muy difícil sorprender sin estos enseres a una pareja o a un grupo de personas que descansan sobre la arena o que se pasean despreocupadamente junto al borde del mar. Hace no muchos años, el equipo para cebar mate era patrimonio exclusivo de la franja etaria de los adultos; pero la costumbre de consumir la infusión se ha extendido de manera notable entre los jóvenes y los adolescentes.     
Uno de los rasgos que individualiza a los uruguayos entre sus hermanos latinoamericanos es la sorprendente habilidad que han desarrollado para sostener el termo entre el brazo plegado y el torso; de manera absolutamente natural y sin esfuerzo aparente, el cebador se desplaza con el utensilio asegurado contra su cuerpo, mientras el eje del termo mantiene una invariable perpendicular con el plano del piso; un hábil movimiento del brazo le permite tomar el recipiente con la misma mano y volcar el contenido en el mate, que descansa en la otra extremidad. Y suenan los teléfonos celulares. Aún en la más desolada de las playas, no pasan más de unos pocos minutos sin que un original ringtone trate de imponer su volumen sobre el rugido de las olas; el propietario del aparato responde, casi siempre con voz estentórea. No le preocupa que sus circunstanciales vecinos se enteren de los pormenores de su charla; por otra parte, generalmente esta gira sobre temas poco trascendentes, ya que provoca respuestas como “nada” o “yo, en la playa” (suena “sho, en la plasha”). Debajo de alguna sombrilla, un canoso bañista debe apelar a la ayuda de sus anteojos para descifrar el mensaje que aparece en la mínima pantalla; pocos metros más allá, una jovencita mueve con sorprendente destreza sus pulgares sobre el teclado para responder a la misiva que acaba de recibir. Como el mate, el celular ya no es patrimonio exclusivo de ninguna generación.
Las olas, mientras tanto, siguen rompiendo a metros de la orilla y lamiendo la playa; en su incesante ir y venir, la fuerza del mar -lenta pero inexorablemente- reduce a polvo las valvas de los moluscos que la marea arrastró sobre la arena. Así ocurría cuando los seres humanos comenzaron a comunicarse mediante lenguajes rudimentarios; así ocurrirá cuando los celulares se hayan convertido en el curioso recuerdo de una  tecnología largamente superada.

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