23 Febrero 2008 Seguir en 
Como lo informamos oportunamente, en Buenos Aires ha comenzado un juicio contra los acusados de ser responsables de la tragedia aérea de LAPA, que ocho años atrás les costó la vida a 67 personas. Según el fiscal, ni el piloto ni el copiloto de la nave accidentada estaban en condiciones de cumplir su cometido. Afirmó que el primero no había superado pruebas de vuelo y que los dos sufrían “problemas psicológicos” que la empresa no tuvo en cuenta. Por cierto, habrá que esperar que el juicio concluya para que se establezcan las responsabilidades.
Pero, entretanto, nos parece que la cuestión puede vincularse con otra más general, esto es, las condiciones de seguridad que rodean el transporte de pasajeros, no solamente en el espacio aéreo sino también en el terrestre. Y a este último queremos concretamente referirnos.
Es conocido que el servicio de larga distancia se ha multiplicado extraordinariamente en los últimos años por comprensibles razones de precio. Y que, en los meses recientes, inclusive ha crecido más, a causa de la escasez y de la ineficiencia de los vuelos, especialmente en lo que se refiere a los horarios. Por esos motivos, una enorme cantidad de personas utiliza ómnibus para trasladarse a Córdoba, a Buenos Aires y a otras ciudades del país. Se trata de viajes muy largos. El servicio a la Capital Federal, por ejemplo, dura entre 14 y 16 horas. En ese lapso, los coches circulan a considerable velocidad por rutas cuyo tránsito es tan intenso como complicado.
Un cuantioso número de pasajeros ha confiado su vida a los choferes que guían, a veces en medio de la lluvia o de la niebla, estos vehículos de gran porte. Como sabemos, muy a menudo se producen accidentes, con saldo penoso de muertos y heridos. Y también sabemos que algunos de estos percances se deben a que los conductores no estaban en condiciones físicas y/o psicológicas de enfrentar su tarea. en muchos casos se trata de personas que durmieron poco y mal, a lo que se suman el embotamiento del encierro.
En el caso del piloto y del copiloto de LAPA, el fiscal sostiene la ineptitud de ambos para la delicada misión que les competía. Cabe preguntarse si, en materia de transporte terrestre, se tienen realmente en cuenta tales aspectos, de vital importancia cuando se deben conducir vehículos cargados de pasajeros durante muchas horas. Concretamente, el público tiene derecho a que esas personas a quienes confía su integridad física estén, en todos los casos, perfectamente preparadas en su cuerpo y en su psiquis para hacerlo. Muchas veces se ha afirmado que hay casos en que los choferes, para mejorar su retribución, afrontan viajes sin el razonable intervalo de descanso. O que la empresa les exige que lo hagan. En suma, se trata de un asunto que implica algo tan serio como la seguridad en el transporte de personas.
Resultaría conveniente que el poder público, en su carácter de máximo supervisor de estas actividades, lleve a cabo un estricto control. Hablamos de establecer el verdadero estado de los choferes de ómnibus de larga distancia al momento de asumir el mando de la unidad que ha de conducir y de la aplicación estricta de las normas que establecen los intervalos que deben mediar entre un turno y otro. No conocemos que estos controles se cumplimenten ajustadamente; o, por lo menos, el público carece de información a su respecto. Vistas así las cosas, el caso de LAPA debería servir para una revisión profunda e integral del sistema de transporte terrestre de pasajeros, que, sin duda, es tan importante como el aéreo. Convendría otorgar al tema una preocupación mayor que la que, aparentemente, se le ha dispensado hasta la fecha. No es necesario ponderar las cuestiones vitales que están en juego.
Pero, entretanto, nos parece que la cuestión puede vincularse con otra más general, esto es, las condiciones de seguridad que rodean el transporte de pasajeros, no solamente en el espacio aéreo sino también en el terrestre. Y a este último queremos concretamente referirnos.
Es conocido que el servicio de larga distancia se ha multiplicado extraordinariamente en los últimos años por comprensibles razones de precio. Y que, en los meses recientes, inclusive ha crecido más, a causa de la escasez y de la ineficiencia de los vuelos, especialmente en lo que se refiere a los horarios. Por esos motivos, una enorme cantidad de personas utiliza ómnibus para trasladarse a Córdoba, a Buenos Aires y a otras ciudades del país. Se trata de viajes muy largos. El servicio a la Capital Federal, por ejemplo, dura entre 14 y 16 horas. En ese lapso, los coches circulan a considerable velocidad por rutas cuyo tránsito es tan intenso como complicado.
Un cuantioso número de pasajeros ha confiado su vida a los choferes que guían, a veces en medio de la lluvia o de la niebla, estos vehículos de gran porte. Como sabemos, muy a menudo se producen accidentes, con saldo penoso de muertos y heridos. Y también sabemos que algunos de estos percances se deben a que los conductores no estaban en condiciones físicas y/o psicológicas de enfrentar su tarea. en muchos casos se trata de personas que durmieron poco y mal, a lo que se suman el embotamiento del encierro.
En el caso del piloto y del copiloto de LAPA, el fiscal sostiene la ineptitud de ambos para la delicada misión que les competía. Cabe preguntarse si, en materia de transporte terrestre, se tienen realmente en cuenta tales aspectos, de vital importancia cuando se deben conducir vehículos cargados de pasajeros durante muchas horas. Concretamente, el público tiene derecho a que esas personas a quienes confía su integridad física estén, en todos los casos, perfectamente preparadas en su cuerpo y en su psiquis para hacerlo. Muchas veces se ha afirmado que hay casos en que los choferes, para mejorar su retribución, afrontan viajes sin el razonable intervalo de descanso. O que la empresa les exige que lo hagan. En suma, se trata de un asunto que implica algo tan serio como la seguridad en el transporte de personas.
Resultaría conveniente que el poder público, en su carácter de máximo supervisor de estas actividades, lleve a cabo un estricto control. Hablamos de establecer el verdadero estado de los choferes de ómnibus de larga distancia al momento de asumir el mando de la unidad que ha de conducir y de la aplicación estricta de las normas que establecen los intervalos que deben mediar entre un turno y otro. No conocemos que estos controles se cumplimenten ajustadamente; o, por lo menos, el público carece de información a su respecto. Vistas así las cosas, el caso de LAPA debería servir para una revisión profunda e integral del sistema de transporte terrestre de pasajeros, que, sin duda, es tan importante como el aéreo. Convendría otorgar al tema una preocupación mayor que la que, aparentemente, se le ha dispensado hasta la fecha. No es necesario ponderar las cuestiones vitales que están en juego.







