Males endémicos y patologías políticas

El transfuguismo se disfraza hoy con los acuerdos de escritorio. Hay sectores huérfanos de la sociedad, sin guía electoral, que esperan un guiño de la clase dirigente. Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA

21 Febrero 2008
La política comarcana padece un mal endémico. Soporta, según los especialistas que la atienden, una patología propia de las sociedades en las que priman los valores individuales por sobre los colectivos, esas en las que el diálogo cede ante la prepotencia de una clase dirigente que se convierte, equivocadamente, en casta dominante. Sufre la típica disfunción que se produce cuando la actividad pública se guía por el mercadeo político más que por el bien común.
El transfuguismo se disfraza hoy en el país -sería injusto atribuir la exclusividad a Tucumán- con la política de los acuerdos de escritorio (el caso de Kirchner-Lavagna) o de cocina (para ubicar a la flamante incorporación del oficialismo local, Roberto Palina). El dirigente obrero hizo surcos con sus rabiosas críticas al gobernador José Alperovich, pero terminó perdido entre los cañaverales con la cabeza gacha. Y dejó sin la dosis necesaria de glucosa al sector de la sociedad que confió en su "Coalición Cívica por la Resistencia". Se ve, muy poco pudo resistirse a las azucaradas palabras del oficialismo.
Dirán los circunstanciales aduladores que el peronismo es un movimiento generoso y aperturista. Hasta refrescarán las imágenes del abrazo entre Perón y Balbín; y recogerán anécdotas de los libros de historia, según los cuales el ex ministro de Guerra ofrecía cargos a radicales y a socialistas durante el 45. Pero esto no encuentra, siquiera, un gorgojo de conexidad. En Tucumán, el eje del poder ya está constituido. Lo que hace falta, en todo caso, es un poco de equilibrio. Un poco de mesura.
El escenario es, cuanto menos, desalentador. Los politólogos franceses Denis Jeambar e Ives Roucate encuentran una justificación válida para el accionar de los tránsfugas, ya que consideran a la traición un acto fundacional de la política. En su concepción, la flexibilidad, la adaptabilidad y el antidogmatismo forman parte de los cambios de quienes hacen política. Pero el pragmatismo y los derechos individuales no pueden validar la vulneración de la confianza y de las expectativas de la sociedad.

Empecinamiento
Tras la consolidación de su poder, el kirchnerismo parece hoy empecinado en reformular el sistema de partidos políticos, actitud que comenzaron a emular en los pasillos de la Casa de Gobierno que lindan con las veredas de calle San Martín. Hace poco tiempo, detrás de esos grandes ventanales se diseñó el experimento del acople, que permitió al alperovichismo recoger votos desde las antípodas de sus postulados. A la sombra de la figura del gobernador confluyeron desde bussistas hasta fervientes defensores de los derechos humanos. No importaron los valores colectivos, sino los beneficios personales: saborear una tajada de poder.
En esos mismos despachos hoy se barajan estrategias mejor camufladas, pero se persiguen los mismos objetivos: la acumulación integral de poder. Por eso, mientras muchos tucumanos transpiran para sacar el barro que enlodó sus casas, hay quienes ya cocinan estofados de dudoso sabor. El objetivo, aunque aún aparezca difuso, es obtener las tres bancas de senadores nacionales por Tucumán que se pondrán en juego en 2009.
¿Cómo? Razonan que la Constitución nacional y el Código Electoral Nacional sólo habla de una elección directa y de que corresponden dos bancas para el partido que obtenga el mayor número de votos, mientras que la restante debería quedar en manos de la agrupación que lo siga en número de votos. Antecedentes existen. Más allá de la pelea circunstancial, la tercera banca por Buenos Aires la ocupa Hilda de Duhalde y no un partido opositor. De nuevo en Tucumán: si con el acople el alperovichismo convirtió a alguna fuerza satélite en primera minoría, ¿por qué no traspolar ese ensayo de laboratorio -piensan- a las legislativas de 2009?

Sectores huérfanos
Aunque el momento de la pulseada política aparezca en el horizonte, el alperovichismo deberá resolver algunas cuestiones para reeditar los suculentos números electorales de los últimos años.
Se esmeran en negarlo, pero la realidad es que el remanso y la prosperidad que siguieron a la crisis de 2001 comenzaron a ceder frente a la rabia de una sociedad que debe soportar aumentos en los precios y subas -que el poder político avala- en las tarifas de los servicios públicos. El miércoles 13, en el diario "La Nación", el sociólogo Marcelo Leiras planteó con claridad cuáles son los desafíos de la clase gobernante, y relacionó la crisis de representatividad con el acuerdo entre Kirchner y Lavagna. Según entiende, la clase media está huérfana y sin guía en materia electoral. "Queremos gobierno eficaz y prolijidad institucional. El peronismo ofrece, a veces, gobierno eficaz. La oposición promete, siempre, prolijidad institucional. La combinación que nos gusta a este grupo de votantes de clase media es imposible en un sistema político sin equilibrio", afirma.
En medio de insultos cruzados y loas reparadoras entre oficialistas y opositores, Leiras sostiene que una solución consistiría en consolidar un perfil ideológico claro y que perdure en el tiempo. Para ello habrá que advertir a quienes defienden el ensamble de piezas incompatibles que un partido, por su naturaleza, no puede ser plural o transversal. Lo que debe ser plural, en todo caso, es la sociedad. La política exige, en efecto, antagonismos y confrontación de ideas. Un modelo de adversarios, mas no de enemigos, como algunos oficialistas pretenden hacer creer.

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