Un informe para dos lecturas
En la Argentina hay unos ocho millones de ciudadanos afiliados a algún partido político. La clase política es poco creíble para la población. Por Angel Anaya - Columnista.
19 Febrero 2008 Seguir en 
Buenos Aires.- El informe de la Cámara Nacional Electoral ha causado verdadera estupefacción pero no porque sea apócrifo, sino porque no se condice con la realidad política que vive la gente. Seguramente en algún lado está determinado que existen 716 partidos, de los que 42 son nacionales, pero eso de que ocho millones de ciudadanos están afiliados es imposible de determinar, pues desde hace años son incalculables los que se borraron de hecho dejando de pagar cuotas o tratar de entrar en los rarísimos comités que aun están funcionando. Lo que no dice el informe es que la gran mayoría de siglas registradas existen tan sólo para cobrar subsidios del Estado mientras no son descalificadas. A todo eso alguien lo definió como corrupción estructural y lo más seguro es que se mantenga, por lo menos, hasta las elecciones legislativas de 2009.
Nunca existió tal número de partidos y tampoco nunca la descalificación de la clase política fue tan intensa, ni tan exigua la figura del liderazgo.
Tampoco jamás, desde 1928, vísperas del golpe conservador que hizo trizas al estado republicano, hubo un ausentismo electoral tan elevado como en octubre de 2007. El informe de la Cámara Nacional Electoral llega a tiempo de una reforma política y merece, por todo, una segunda lectura en la que es posible advertir la realidad: el poder es cuestión de caja, no de proyectos con marco institucional.
La víctima del poder
Transcurridos más de dos meses de la asunción presidencial de CFK, se afirmó -no solo en la generalidad de los observadores- que el Gobierno es bicéfalo. Pero esa visión ha comenzado a debilitarse.
Por lo menos, ahora se lo sigue viendo igual, pero también a un tercero ejecutor que hasta debe llegar a las puertas del dormitorio presidencial.
Se trata del jefe del Gabinete, quien está dando muestras de agotamiento físico y espiritual según algunos miembros del staff que lo rodea en su enorme tarea ejecutiva. Los frecuentes viajes de Cristina para inaugurar o anunciar obras recargan su escritorio y timbreras que, a veces, abandona en el fin de semana hasta para seguir al poder a El Calafate, donde apareció formando el trío de trabajo presidencial. La relación es tan intensa como el personalismo en que se basa el Gobierno, por lo cual en Palacio ya empieza a pensarse en cómo podría abrirse el juego si Fernández resuelve, sí o sí, tomarse vacaciones o lo obliga su salud.
El jefe del Gabinete es también la válvula que debe abrirse con frecuencia para aliviar la pesada imagen de incomunicación presidencial, y ahora le espera tener que reorganizar el PJ como titular del distrito porteño. Nadie mejor que él podría decir que el superpoder es un castigo que termina devorando a los poderosos. (De nuestra Sucursal)







