18 Febrero 2008 Seguir en 
Demasiados retos tienen aún por delante los organizadores de los Juegos Olímpicos de Beijing, y falta nada más que seis meses para que se inicien las competencias. El respeto a los derechos humanos, la calidad del aire, el transporte, la seguridad interior, la libertad de prensa y la imagen política del país son algunos de los problemas que abren un gran interrogante sobre una sede que, desde que fue elegida en 2001, nunca dejó de ser polémica y fue observada constantemente con atención por los analistas. Cada cuatro años, la cita olímpica es la excusa que la mayor parte de los países del mundo tiene a mano para medir fuerzas a través del deporte. Pero sistemáticamente esto se ve superado por factores que muchas veces ponen en peligro los preceptos de la Carta Olímpica. En esta oportunidad, la convocatoria del país más poblado del planeta fue, desde un primer momento, halagüeña: prometió unos Juegos espectaculares, tanto en el aspecto deportivo como en la organización. Y para que esto sea una realidad, el gobierno comunista no escatimó en gastos ni en esfuerzos, al tiempo que inició un programa de seducción mundial para lograr que la sede fuera bien vista.
Sin embargo, la complejidad del escenario obligó, a medida que el tiempo fue pasando a la cautela. Uno de los puntos más difíciles de resolver es el ambiental, de directa incidencia sobre el propio rendimiento de los deportistas. La ciudad, con más de 17 millones de habitantes, sufre un alto grado de contaminación. Ello llevó a que numerosas figuras estén cada día más preocupadas por las condiciones medioambientales que se presentarán a partir del 8 de agosto. Y ya hubo algunas, como la tenista belga Justine Henin, que renunció a participar, afectadas por crónicos problemas respiratorios que corren riesgo de agravarse en Beijing. En tanto, el plusmarquista mundial de maratón, el etíope Haile Gebrselassie, considera la posibilidad de renunciar a los Juegos por miedo a que su salud se vea afectada. Limpiar el aire de la ciudad de cara a los Juegos se convirtió en el gran quebradero de cabeza de los organizadores. Para la fase de entrenamientos previa se planean drásticas prohibiciones de circulación, pero todavía no está claro hasta qué punto se paralizarán las fábricas ni que incidencia podrían tener las medidas entre la población del país.
El punto es que si no se tiene éxito con el esfuerzo, se corre el riesgo de que haya que suspender competiciones de deportes de resistencia, como la maratón o el ciclismo. Y en ese caso, el Comité Olímpico Internacional (COI) se expondrá a un indeseable frente de tormenta causado por su afán de apoyar una sede hasta las últimas consecuencias. No son pocos los ataques que ya recibe en estos días el COI al respecto.
Por de pronto, su presidente, el francés Jacques Rogge, defiende a ultranza que el papel del Comité es organizar los Juegos. “No somos una asociación deportiva ni política y tampoco una con objetivos humanitarios. Eso no significa que quienes participamos del movimiento olímpico no tengamos nuestra propia conciencia y nuestras creencias”, remarcó. Por lo pronto, ya se sabe que todo atleta que utilice los Juegos como tribuna política será sancionado.
Envuelta en un panorama preocupante, para la mayor cita deportiva mundial llegó una buena noticia: por decimocuarta ocasión se gozará, gracias a una resolución de la Asamblea General de la ONU, de una tregua olímpica. A través de ella, se llamó a respetar la celebración deportiva en el planeta y se la ensalzó como un instrumento para la promoción de la paz. Una ambición que, pese a tanta coyuntura difícil, constituye un bálsamo siempre bienvenido.
Sin embargo, la complejidad del escenario obligó, a medida que el tiempo fue pasando a la cautela. Uno de los puntos más difíciles de resolver es el ambiental, de directa incidencia sobre el propio rendimiento de los deportistas. La ciudad, con más de 17 millones de habitantes, sufre un alto grado de contaminación. Ello llevó a que numerosas figuras estén cada día más preocupadas por las condiciones medioambientales que se presentarán a partir del 8 de agosto. Y ya hubo algunas, como la tenista belga Justine Henin, que renunció a participar, afectadas por crónicos problemas respiratorios que corren riesgo de agravarse en Beijing. En tanto, el plusmarquista mundial de maratón, el etíope Haile Gebrselassie, considera la posibilidad de renunciar a los Juegos por miedo a que su salud se vea afectada. Limpiar el aire de la ciudad de cara a los Juegos se convirtió en el gran quebradero de cabeza de los organizadores. Para la fase de entrenamientos previa se planean drásticas prohibiciones de circulación, pero todavía no está claro hasta qué punto se paralizarán las fábricas ni que incidencia podrían tener las medidas entre la población del país.
El punto es que si no se tiene éxito con el esfuerzo, se corre el riesgo de que haya que suspender competiciones de deportes de resistencia, como la maratón o el ciclismo. Y en ese caso, el Comité Olímpico Internacional (COI) se expondrá a un indeseable frente de tormenta causado por su afán de apoyar una sede hasta las últimas consecuencias. No son pocos los ataques que ya recibe en estos días el COI al respecto.
Por de pronto, su presidente, el francés Jacques Rogge, defiende a ultranza que el papel del Comité es organizar los Juegos. “No somos una asociación deportiva ni política y tampoco una con objetivos humanitarios. Eso no significa que quienes participamos del movimiento olímpico no tengamos nuestra propia conciencia y nuestras creencias”, remarcó. Por lo pronto, ya se sabe que todo atleta que utilice los Juegos como tribuna política será sancionado.
Envuelta en un panorama preocupante, para la mayor cita deportiva mundial llegó una buena noticia: por decimocuarta ocasión se gozará, gracias a una resolución de la Asamblea General de la ONU, de una tregua olímpica. A través de ella, se llamó a respetar la celebración deportiva en el planeta y se la ensalzó como un instrumento para la promoción de la paz. Una ambición que, pese a tanta coyuntura difícil, constituye un bálsamo siempre bienvenido.







