Basta ver a la madre para imaginar a la novia
El alperovichismo llegó al poder con un aparato alquilado, pero hoy cuenta con todas las herramientas políticas para convertirse en guardián de la constitucionalidad. Por Fernando Stanich - Redacción LA GACETA.
14 Febrero 2008 Seguir en 
Así como hay que ver a la madre para imaginar en qué se transformará la novia, la sociedad también podría sacar conclusiones sobre su futuro a partir de las recientes desventuras alperovichistas. En los primeros 100 días de amansamiento de este nuevo pero viejo Gobierno, la sensación que queda es que no alcanza. Que a veces con cordón cuneta y agua potable no basta para callar una boca. Lo saben cada vez más ciudadanos y ya comenzaron a intuirlo -aunque se esmeren en disimularlo- algunos de los hombres que más veces al día abren y cierran las puertas de madera lustrada del despacho gubernamental. Alperovich llegó al poder en 2003 con un aparato territorial alquilado. Se arremangó la camisa y se puso el jean de peronista por encima del traje radical. Apenas pudo rompió el contrato de leasing que lo unía con Julio Miranda y después fulminó a Fernando Juri al arrendar, con su esposa como testaferro, la estructura misma del PJ. Durante el plenario peronista-alperovichista del viernes pasado en Monteros, en el que algunos dirigentes se esmeraron por ser más papistas que el papa, bien lo dijo el ex mirandista Juan Carlos Ramírez.
Palabras más, palabras menos, uno de los dirigentes que más fustigó al matrimonio "A" ahora concluyó en que al justicialismo no le fue tan mal con la renovación porque, de 260.000 votos obtenidos en junio de 2003, el alperovichismo catapultó a 530.000 esa cifra en agosto de 2007. No hace falta ser un experto para llegar a esa aseveración ni tampoco para corroborar que sigue intacta esa magnífica capacidad para el serpenteo político que exhiben los peronistas. Pero, de nuevo, con eso no alcanza.
Grandilocuencia
Los números electorales de este Gobierno son tan grandilocuentes como los anuncios de millones y millones de pesos de inversión en obras públicas que realiza a diario. Alperovich llegó al 29 de octubre de 2007 con la espalda cargada de lisonjas. Fue predicando por el mundo su propio éxito, pero no tuvo en cuenta que si hay algo muy difícil de dominar, eso es la opinión pública. No en vano ya hace dos siglos lo advirtió el diplomático inglés George Canning: "se trata del poder más tremendo que se haya conocido en la historia de la humanidad". En definitiva, la política marrullera puede ser hasta contraproducente frente a la volatilidad del humor colectivo.
El gobernador aplicó con sabiduría la lógica del discurso confrontativo entre lo viejo y lo nuevo, lo bueno y lo malo. Imitó a Néstor Kirchner: identificó a la sociedad como su principal sostén y aliada, y defenestró lo añejo; pero se olvidó, otra vez, de que con eso no alcanza. Quizá por eso, a quienes hoy regentean la Casa de Gobierno les cuesta asimilar que los tiempos han cambiado. Que la situación del país y de la provincia ha dejado de ser la misma que ellos usufructuaron, con notable éxito, los primeros cuatro años después del caos. Que respeto a las instituciones y eficacia en la gestión no son valores contrapuestos. Que, a veces, no basta con ser un buen gobernador, sino que se requiere de un estadista.
Grietas en el poder
Hay dos maneras de fundar un régimen político. Una es prolongar sin plazos el poder. La otra es abrir el juego a nuevos actores para que, entre todos, constituyan la sustancia misma del poder. Porque los fundadores de un sistema sólo lo son cuando se van. Por eso nuestro comprovinciano Juan Bautista Alberdi, al advertir que la independencia externa de España podría no equivaler a la libertad interna de los latinoamericanos, se preguntó con angustia: "Ahora que nos hemos liberado de España, ¿quién nos libertará de nuestros libertadores?"
La lección maquiavélica de justificar el poder mediante la exhibición de una figura amenazante ya tiene más de 500 años. En rigor, suele ser útil durante el proceso de construcción del mando, de recuperación de la autoridad. Pero los especialistas en ciencia política no recomiendan que sea duradera. Sirve para ganar, mas no para perdurar porque la sociedad, luego, reclama otros atributos a sus gobernantes. Ocurre que, a veces, con el campo de lo simbólico no alcanza para templar los ánimos.
El alperovichismo tiene en sus narices la oportunidad de afianzar una provincia con instituciones estables y respeto mutuo. Cuenta con todas las herramientas políticas para convertirse en guardián de la constitucionalidad. Pero -al menos es lo que demuestran los primeros meses de la incipiente gestión- prefiere conservar la dialéctica del choque. ¿Qué pasaría si el considerado enemigo pasara a ser sólo diferente y necesario para convivir y compartir el territorio? "Se agrietaría el poder y se sufriría inestabilidad y una potencial caída", parecen razonar en el cada vez más vertical mundo del oficialismo.
Pruebas al canto: durante el plenario peronista-alperovichista de Monteros, cualquier dirigente que tomaba el micrófono parecía haber estado obligado a avalanzarse en contra de "la prensa gorila que no se embarra los zapatos". ¡Si hasta la oposición política casi no recibió reprobación! Se ve, siempre es mejor echar culpas que reflexionar sobre lo que se pretende decir. Quizá, como decía Karl Marx, "para entender la dinámica de los acontecimientos hay que descubrir quién se beneficia con ellos".
Más que bravuconadas
"La situación en la comunidad se está tensando". La frase a la que Pablo Parolo sujetó su renuncia al Ente Cultural encierra toda una mezcla de emociones que se palpitan sólo con caminar sobre el pegajoso pavimento del que este Gobierno se engalana. Vaya semblanza. No se trata de estar de acuerdo o no con las movilizaciones para impedir la venta de edificios históricos. Ni con los fundamentos del fallo judicial que tira abajo el bosquejo político pretendido por el alperovichismo. En todo caso, lo válido es dar cabida a esa discusión.
Se trata de aceptar que hoy la sociedad necesita más que bravuconadas. Que en ciertas ocasiones no alcanza con asfalto y cloacas. En rigor, que junto a la representación política la sociedad contemporánea ha desarrollado un dispositivo permanente de desconfianza. Que, más allá de palos en la rueda, hay veces en que puede darse la confluencia de gente heterogénea que rechaza algo. En definitiva, que hay ocasiones en las que no basta con cortar cintas cada mañana.







