Felipe sueña y quiere que lo despierten
La calidad educativa es una materia pendiente de los últimos gobiernos. Una aspiración que sólo se logra con el esfuerzo mancomunado de la escuela y la sociedad. Por Magena Valentié - Redacción LA GACETA
12 Febrero 2008 Seguir en 
Con la resignación a cuestas, abatido, Felipe va camino a la escuela. Poco antes de llegar se encuentra con una enorme sorpresa: el edificio se está incendiando y se han suspendido las clases. De pronto, se da cuenta de que todo ha sido un sueño, de que está todavía en su cama, y se pregunta: "¿Cómo hará mi imaginación para despertarse antes que yo?". Felipe, el dientudo amiguito de Mafalda, representa en la tira de Quino al típico niño en edad escolar, enemigo del estudio y atormentado por la tediosa obligación de hacer los deberes. Así como a él -en la década de 1960- lo seducían las revistas de historietas, a los chicos de hoy los atrapan otros "mundos alternativos". La televisión compite con los videojuegos, los celulares e internet. Todos ellos se complotan contra el interés por el estudio y se confabulan para desalentar tempranamente la cultura del esfuerzo, aquella que se debe construir desde la niñez para que se consolide durante el resto del camino y permita un tránsito seguro hacia el estudio de una profesión o un oficio.
Cuesta convencer a las nuevas generaciones de que el esfuerzo es una condición inevitable para aprender. Es difícil cualquier prédica en este sentido, no sólo por la natural tendencia al relajamiento y a la rebeldía de los adolescentes, sino por el mundo de facilismo y valores en picada al que hay que vencer.
Esta semana arrancan los exámenes. Una legión de estudiantes debe rendir, comenzando por los que se llevan materias previas. En julio del año pasado fue un desastre, el 77,5% de los inscriptos no aprobó o no se presentó. Una multitud de Felipes se niega a pensar en que faltan 20 días para ponerse el uniforme. Otros, más crecidos, se preparan para enfrentar a los implacables filtros del ingreso a la Universidad. Estos últimos reconocen, en una nota publicada el 8/2 en LA GACETA, que tienen miedo y se sienten inseguros a pesar de haber estudiado. "No están acostumbrados a estudiar tantas horas y además no se sienten bien preparados para enfrentar la facultad", explica el artículo.
Más allá del fuego cruzado entre la Universidad y la escuela secundaria sobre quien tiene la culpa de que el primer año sea el gran "colador", lo cierto es que hace falta una verdadera articulación (en los hechos y en los resultados). Y antes de eso, escuchar tanto a los profesores de la secundaria como a la Universidad, cansados de batallar contra las lagunas de conocimiento que encuentran a cada paso en sus alumnos. "No saben estudiar. No le dedican la cantidad de horas necesarias. No tienen la cultura del esfuerzo", repiten al unísono.
A diferencia de quienes proponen métodos de enseñanza amenos y atractivos para seducir a los más distraídos, los pedagogos más experimentados advierten que la tarea de estudiar requiere vencer el tedio mediante un esfuerzo cotidiano y sistemático. Aclaran que el estudio no tiene por qué ser "divertido".
El deseo de la nueva ministra de Educación, Silvia Rojkés de Temkin de que "es necesario que los chicos vuelvan a enamorarse de los estudios" resulta una fantasía cuando los chicos no tienen ganas de hacerlo y no lo sienten como una exigencia. Pero si la escuela trata de recuperar su lugar de autoridad y, a la vez, los padres pierden el miedo de apagarles el televisor, es posible volver a forjar hábitos. Los adolescentes claman por límites. Pero si no se logra que los chicos estudien poco sirven los cambios pedagógicos, las herramientas tecnológicas y los mejores planes. Nadie puede "enamorarse" de lo que no conoce. O dicho de una manera más simpática, como lo diría Felipe: "la voluntad debe ser la única cosa en el mundo que cuando está desinflada necesita que la pinchen".







