Poemas esculpidos en el mármol
En la tumba de Unamuno está inscripto el siguiente epitafio: "sólo le pido a Dios que tenga piedad del alma de este ateo". Por Gustavo Martinelli - Redacción LA GACETA.
10 Febrero 2008 Seguir en 
“Una palabra debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos dentro”, dice el epitafio de la poetisa Sylvia Plath. Y, al parecer, tiene razón. De esta manera la atormentada escritora norteamericana se sumó a la legión de personalidades que dejaron para la posteridad una parte de su esencia expresada en forma de epitafio. Aunque lo que en verdad hizo Plath fue recrear, sin saberlo, las características fundamentales de un género literario que, fiel a su esencia mortuoria, en Tucumán agoniza desde hace más de un siglo al compás de las intermitentes crisis económicas y los constantes cambios sociales. Estas características no son otras que la brevedad, el golpe de efecto y la manifestación de un deseo que seguirá viviendo aunque su autor haya muerto. Plath, como no podía ser de otro modo, optó por un epitafio poético. En cambio, la gran actriz Marlene Dietrich, que murió en 1992 a los 91 años, quiso ser recordada de la misma manera en que vivió: como una estrella. Por eso, hizo colocar en su tumba la siguiente leyenda: “Estoy aquí en el último escalón de mi vida”. Algo similar tramó el gran dramaturgo Molière, quien se anticipó a su muerte escribiendo una frase por demás ocurrente: “aquí yace Molière, el rey de los actores. En este momento hace de muerto y de verdad que lo hace muy bien”. Y, si de actores se trata, no se puede dejar de considerar al genial Groucho Marx, quien dejó esculpida en su tumba la siguiente leyenda: “disculpe que no me levante, señora”.Claro que también hay epitafios tan insólitos que dejan sin habla a quien los lee. En la cripta de Arquímedes, por ejemplo, había como único epitafio un cilindro circunscrito a una esfera (Arquímedes había demostrado que el volumen de una esfera era igual a las dos terceras partes del volumen del cilindro circunscrito) y, en la de Benjamin Franklin (1706-1750) Turgot pronunció en su honor la siguiente frase: “arrebató el rayo a los cielos y el cetro a los reyes”. En tanto, en la sepultura de Miguel de Unamuno está inscripta la frase: “sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”.
En Tucumán, donde la escenografía de la muerte tiene ese aire kitsch que abunda en las películas de Pedro Almodóvar, el epitafio prácticamente no existe. Sólo perduran las flores de plástico y los bronces sin brillo. Y, para comprobarlo, basta realizar una rápida recorrida por el Cementerio del Oeste, donde existen los monumentos más antiguos y grandiosos de la provincia. A lo sumo puede encontrarse alguna frase como “fuiste una hermosa realidad y ahora, un bello sueño” o “vivirás eternamente en nuestro corazón”. Hay familias que eligen versículos del Evangelio, para regalar a sus difuntos, aunque son los menos. En el mausoleo de Guillermina Leston de Guzmán se lee el versículo de un Salmo: “encontrándose juntas / la misericordia y la verdad / diéronse un ósculo / la justicia y la paz”. Y en la tumba del insigne teniente Benjamín Matienzo figura la inscripción: “había quienes dudaban / pero él les demostró con su doble vuelo: hacia la cumbre... y hacia el abismo”.
Este tipo de epitafios eran muy comunes a principios de siglo en Tucumán. Pero, con los años, fueron perdiendo vigencia y quedaron en el olvido. Hoy casi nadie ofrece a un ser querido en su descanso final alguna frase que lo defina en la eternidad. Como la que adorna la tumba de la poetisa chilena Gabriela Mistral: “lo que el alma hace por su cuerpo, es lo que el hombre hace por su pueblo”.







