Los problemas acosan
La movida de Kirchner impactó en la política provincial. Alperovich revisa su proyecto nacional ante la realidad que vive el PJ. Por Carlos Abrehu - Secretario General de Redacción.
10 Febrero 2008 Seguir en 
La operación de reintegro de Roberto Lavagna al peronismo, de la mano de Néstor Kirchner, dejó en estado de shock a buena parte del esquema político. Tucumán no estuvo ajena a esa conmoción, porque sus efectos impactaron en distintas direcciones. Vale la pena recordar que la fórmula Roberto Lavagna-Gerardo Morales salió segunda en el escrutinio provincial con 102.150 votos, a considerable distancia del binomio Cristina Fernández de Kirchner -Julio Cobos que lo aventajó por 300.000 votos. El tramado de fuerzas que la sostuvo aún tarda en reponerse del cimbronazo. La Unión Cívica Radical es la que salió más golpeada y la crisis del distrito es igual de profunda a la que carcome al partido en la órbita nacional. Morales empeñó sus mejores energías para que sus correligionarios curaran las heridas que se causaron en las elecciones de agosto, y digirieran la postulación de un peronista. Tuvo en el legislador José Cano su socio más voluntarioso y un activista de primer orden.
Pero los ramalazos más fuertes dieron de lleno en el cuerpo del justicialismo: el golpe de timón que pegó Néstor Kirchner desacomodó a más de un actor. José Alperovich es uno de los que sintió este cambio de clima, entre otros gobernadores que venían del ciclo anterior. Lavagna nunca se privó de hablar mal de él ante sus ocasionales asociados. En público, dijo de Alperovich, en octubre pasado: "podría ser gobernador radical, o peronista como es ahora". La ironía sobre la mutación de identidades partidarias era evidente. "Aquí hay una concentración de poder que no es fácil de vencer", precisó , a propósito del panorama institucional de entonces, que no ha variado en absoluto hasta ahora. El ex ministro puede no llegar a ser vicepresidente del PJ, pero es un crítico que ya está adentro, con credenciales peronistas de origen.
Las malas noticias políticas siguieron agobiándolo. La apertura de Kirchner a la CGT de Hugo Moyano y a otras líneas internas, y a ex mandatarios redujo el peso de las figuras institucionales. Los gobernadores empezaron a perder el protagonismo que pensaban alcanzar tras las elecciones provinciales. Su participación en las decisiones políticas claves es declinante.
Para colmo de males, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey -de filiación cristinista- se erige con el perfil de preferido por Kirchner para estar en la llamada mesa chica de dirección del peronismo. La cuota de representación de los jefes de gobierno locales se llenaría con Urtubey, electo por el Frente de la Victoria. La liga del interior que se gestaba entró en hibernación. El liquidador de la hegemonía romerista en Salta será recompensado, sin que por ello se le vayan a cerrar las puertas al senador Juan Carlos Romero. El límite de tolerancia acaba con Carlos Menem.
El replanteo
Con los últimos movimientos, Kirchner empezó a desplegar el pan-peronismo, una perspectiva política que implica diluir la confrontación entre los segmentos identificables con la izquierda y con la derecha. Pretende que el PJ exprese la mayor cantidad de sectores en un momento crítico para la gestión de CFK. El poder real es Kirchner.
Frente a ese cuadro de situación complejo, Alperovich congeló su proyección nacional hasta 2009. El freno al gasto fiscal en el ámbito federal puede llegar a lentificar la ejecución del programa de obras públicas en el primer semestre de 2008. La lucha contra la inflación exigiría eso. Sin fondos nacionales, no puede marchar el caballito de batalla que le sirvió para ganar una seguidilla de elecciones.
La celebración del plenario en Monteros obedeció a la necesidad política de mostrar al peronismo unido en torno de Kirchner como presidente del PJ. Fernando Juri envió sus congresales y evitó ser marginado de la campaña kirchnerista. La dirigencia demandó que se le reconociera una posición expectable para el gobernador en el esquema de reordenamiento en ciernes, en un gesto de efectividad dudosa, pero requerido por las circunstancias.
Alperovichistas viejos y peronistas históricos se apiñaron para dar también un mensaje de unidad interna. El intendente Domingo Amaya y el diputado nacional Germán Alfaro, si bien comparten los posicionamientos de Monteros, pusieron en claro que el PJ no tiene dueños. La perdigonada hizo blanco en la Casa de Gobierno.
Con muchas dificultades
No sólo el retroceso que experimentó en el lanzamiento de su proyecto político nacional se complicó, sino que se le añadieron otros problemas que apresuran su desgaste en el arranque del segundo período de gobierno. Por eso, en un diagnóstico coincidente, avezados peronistas relacionaron el discurso prudente de Beatriz Rojkés con la debilidad transitoria del mandatario. Cavilan que si no fuera así, los intendentes y legisladores habrían sido convidados de piedra.
Jamás imaginó Alperovich que la decisión de vender inmuebles del patrimonio histórico iba a desencadenar una reacción social que se mantiene firme desde diciembre. La otra cuestión que lo obsesiona es el fallo de los camaristas Rodolfo Novillo y Carlos Giovanniello que derribaron el andamiaje diseñado para instituir una Justicia amiga. Ambas situaciones fueron gestadas por afuera del espacio político dominado por el alperovichismo y sus partidos satélites.
A la sanción de la ley que aprobó la mayoría alperovichista en la Cámara, se le contrapone el veto que opone en las calles una concentración de ciudadanos de diversa extracción social y política que discrepa con la determinación gubernamental. El malestar estalló en diciembre, a tan sólo cuatro meses de la reelección del gobernador.
El pleito político amenaza con desembocar en Tribunales. La intransigencia oficialista acabó por producir dos bajas en el propio equipo de Cultura del Gobierno (Jorgelina García Azcárate y María Blanca Nuri) y profundizó la brecha que separa a la Casa de Gobierno de franjas sociales que no aceptan su estilo de conducción
En la cuestión constitucional, el gobernador persiste en creer que la legitimidad lograda en las urnas lo habilita a remodelar el aparato estatal a su antojo. La Constitución de 2006 se digitó en la Casa de Gobierno y por celular se supervisó el cumplimiento de la letra. No se cambió ni una coma. Cuando Alperovich invoca el aval del 80% de los votos para justificar la sanción del estatuto hecho a su medida, se refugia bajo el paraguas de una democracia electoral. Desequilibrar la división de poderes en beneficio del Ejecutivo y de la Legislatura es atentar contra el corazón de la democracia republicana. Al Poder Judicial se lo somete financieramente -no puede fijar su propio presupuesto-, y se lo sujeta a mecanismos de juicio político que pretenden maniatar la libertad de acción de los magistrados.
La democracia republicana exige conciliar la legitimidad que da el voto con el resguardo debido a la Justicia como último intérprete de la ley. Todo desborde a esa concepción basal de la vida pública entraña una maniobra autoritaria ajena al derecho.







