10 Febrero 2008 Seguir en 
BUENOS AIRES. - Como en un juego de contrapesos y hasta de pacto explícito entre los protagonistas, siempre se especuló que cuando Cristina Fernández asumiera a pleno la Primera Magistratura, Néstor Kirchner iba a tener el mismo papel de segunda guitarra que ella había cumplido, sin claudicaciones, durante los cuatro años y medio que duró la presidencia de su esposo. Uno iba a subir y el otro a dejarle el escenario; ése era el convenio, se decía.
La realidad es que, a exactos dos meses del cambio de mando, la Presidenta no ha podido hacerse cargo todavía de puntear la melodía, mientras su antecesor sigue llevándose todos los flashes de la política, en medio de la reorganización del Partido Justicialista que conduce con galera y bastón y también con ciertos golpes de efecto, como la vuelta al redil orgánico de Roberto Lavagna, lo que ha derivado en un terremoto aún mayor al que ya tenía en su seno la Unión Cívica Radical.
Más allá de lo que a la gente le pueda interesar o no estas cuestiones internas de los partidos políticos, excluidos aquellos que votaron por Lavagna y que pueden sentirse estafados, este despliegue institucional de Néstor ha dejado por estos días a Cristina en un papel de debilidad objetiva en función de gobierno, lo que le ha dado pasto a críticos y agoreros, quienes ya la acusan, sin tapujos, no sólo de invertir poco tiempo en sus tareas, sino también de tener poca o nula contundencia en la gestión.
Hasta el momento, la tarea presidencial se ha centrado casi de modo único en continuar muchas cosas inconclusas de la Administración anterior o en apagar incendios, como ha sido la crisis energética que explotó con el calor de enero, combatida con bombitas de bajo consumo, o como fue el caso de la valija con los Estados Unidos, que le ha corrido de foco a la Presidenta algunos planes previos, en relación a impulsar una mayor integración con el mundo que, a la vez, comience a destrabar inversiones. Otro presidente se hubiera hecho un festín con la excusa de la “herencia recibida”, pero este artilugio Cristina lo tiene vedado.
Por otro lado, el humor social se ha sentido bastante fastidioso por estos días, tras la aparición de los índices de inflación del mes de enero, ya que existen mayoritarias sospechas de que los índices van para un lado, mientras la sensación del bolsillo va para otro, con cuasi burlas al sentido común, como fue el caso emblemático de la baja en los gastos de turismo (-8,5%) de un año a otro, cuando todos -incluido el gobernador bonarense, Daniel Scioli- pidieron moderación en los aumentos que golpearon la temporada en la Costa. No obstante, el Gobierno está convencido de que el camino de barrer debajo de la alfombra ha sido exitoso, pese a que el mundo se ha interesado por saber qué pasa con la fiabilidad de las estadísticas de la Argentina, un mecanismo más o menos homogéneo que utilizan los países para compararse.
Primero, fue el Fondo Monetario, al que es fácil denostar, pero ahora salió a plantear sus dudas el Departamento de Estado de los EE.UU. (8,5% según la estadística oficial, pero estimado por analistas independientes es (un valor) considerablemente más alto, ha dicho oficialmente) a quien no se le va a contestar después de haber retomado el idilio, tras el arreglo diplomático-judicial, que permitió que la administración Bush le extendiera el plácet del nuevo embajador en Washington, Héctor Timerman.
La actualización del background de la Argentina que hicieron los funcionarios que responden a Condoleezza Rice también incluye una mención a las deudas impagas que tiene la Argentina con los particulares y con los países (U$S 6.000 millones al Club de París) y tiene un párrafo sobre la atractividad de inversiones que la “inteligentzia” local, la misma que ha copado intelectualmente buena parte del manejo de la política económica, se sabe que no comparte: “es el legado de la crisis económica de 2001/2002 que permanece para ser resuelto y que tiene un impacto adverso en el clima de inversión en la Argentina”, se dice.
Al responsable de Finanzas, Hugo Secondini, quien pasó por París a semblantear a los acreedores durante la última semana, le soplaron al oído el mismo mensaje, lo que habla de la unanimidad de criterio de los países centrales.
Maldita inflación
A esta altura de los acontecimientos, el tema inflacionario ya le genera al Gobierno un costo de credibilidad bastante alto, debido a que las expectativas han comenzado a galopar y las autoridades a correr detrás de ellas. Parte de los aumentos que se verifican ya se están dando por un mecanismo de autodefensa típico de consumidores preocupados: comprar ahora, para no tener que pagar más caro después. El mismo Gobierno se ha encargado de exacerbar el consumo (y habitualmente lo muestra como un éxito), algo que la gente hoy hace con sus recursos y también con créditos, línea que los bancos estimulan porque pueden cobrar tasas más altas.
Ese mismo miedo a una disparada inflacionaria está provocando -aunque a tasas negativas con respecto a la inflación real- una mayor concentración de depósitos a plazos cada vez más cortos, lo que sigue impidiendo la asignación de líneas de crédito para la producción. Si bien los ahorristas parecen tener confianza en el seguro de cambio que significa el mantenimiento de la paridad con el dólar casi fija, los banqueros -quienes temen que Guillermo Moreno meta la cola, aunque alguno cercano al Gobierno ha pedido que no lo dejen- aún no se juegan por prestar barato y esperan algún subsidio del Gobierno y, sobre todo, algún mecanismo que cubra los descalces de plazo, en una operatoria que los obligaría a prestar a cinco años.
Con todos estos problemas que rondan en la cabeza de la gente es posible que la Presidenta deba replantear algunas cosas en materia de gestión, viraje que algunos sitúan no más allá de marzo, sobre todo en cuestiones que, sin generarle demasiado rédito frente a la opinión pública, hoy le están dando letra fácil a los opositores y saturan a la prensa que, por cansancio o por piedad, manda los temas a sus páginas interiores.
En este aspecto, no puede dejar de contabilizarse el show que montó la Coalición Cívica con el rimbombante anuncio del Plan Nacional de Seguridad Vial, un viejo documento que está anclado, con la firma de todos los miembros del gobierno de Néstor Kirchner, en la página web de la secretaría de Transportes desde el año 2006, cuando se presentó con promesa de tratamiento legislativo.
Hoy, varios miles de muertos después, se le pasa el plumero y será por fin enviado a Extraordinarias.
Tampoco ha resultado muy propicia para la imagen de polemista y excelente y documentada oradora que la Presidenta se había forjado en su actuación en el Congreso, la elección de algunos temas de sus últimas apariciones públicas, como la defensa acérrima que ha hecho de los Trenes de Alta Velocidad (TAVE), unos días después del traspié del Gran Capitán y en medio del bochorno diario que sufren quienes viajan en los trenes suburbanos, cubriendo su decisión de avanzar en tan costoso y poco prioritario proyecto con una nueva apología de Puerto Madero, el barrio que impulsaron nada menos que Carlos Menem y Carlos Grosso, en los años `90.
En paralelo con su planteo de fondo sobre la resistencia a la modernidad, pero también para regodearse con precisas citas periodísticas que planteaban la oposición a aquel proyecto transformador, Cristina la emprendió contra diversas opiniones mediáticas de entonces, todas extraídas de editoriales de diarios que tenían una visión diferente a las autoridades. El discurso de la Presidenta ha servido, al menos, para corroborar como nadie, ni los medios ni los políticos (ver www.presidentelavagna.com.ar), pueden soportar a esta altura de la Internet el peso de los archivos.
Sin embargo, en ese discurso la Presidenta fue más allá y sorprendió con otro ejemplo más político, en relación a la prensa y a las autopistas que propició el brigadier Osvaldo Cacciatore, ex intendente porteño.
Luego de su mención, no quedó demasiado en claro lo que quiso decir para justificar con un paralelismo la decisión de avanzar en la política ferroviaria: “era más criticable Cacciatore por las autopistas que porque en ese momento desaparecían miles de argentinos. Qué cosas no?”, subrayó.
Si se siguiera al pie de la letra el razonamiento presidencial, los críticos del tren bala -y sobre todo los periodistas que han advertido sobre los costos y sus consecuencias- deberían preocuparse más, por ejemplo, por atender en profundidad el caso de la valija o el affaire Skanska que por denunciar que la Argentina no está hoy en condiciones de afrontar gastos como los que plantean este tipo de trenes (construcción, subsidios para compensar el costo del pasaje y eventualmente una querella, si algún gobierno posterior decide no seguir avanzando) o en todo caso por decir, a su leal saber y entender, que hoy existen cuestiones sociales o de infraestructura más prioritarias que los TAVE.
Y por último, un traspié algo cholulo de la Presidenta, extraído del mismo discurso pro trenes bala, lo que demuestra cierta pérdida de rigurosidad, en relación a sus vibrantes discursos legislativos. En este caso, pese a declararse “cinéfila”, se mostró muy endeble con la mención que utilizó para mostrar la efectividad de los trenes de cercanía, tal la idea que le sugirió Mauricio Macri de hacer una estación del TAVE a Rosario cerca de Pilar, para descongestionar de autos la Panamericana.
Para entender qué importantes son los trenes, Cristina recomendó ver “Enamorándose” (Meryl Streep y Robert de Niro), a la que definió como “una película fantástica”. Sin embargo, más allá de sus gustos y de los méritos artísticos de la historia, a modo de referencia para el caso que se discutía la mención resulta poco relevante, ya que la película data de 1986. Y aunque la Presidenta dijo, convencida, que los protagonistas se conocen “en esos trenes de alta velocidad”, lo cierto es que esa categoría ni siquiera hoy circula en los Estados Unidos.
La realidad es que, a exactos dos meses del cambio de mando, la Presidenta no ha podido hacerse cargo todavía de puntear la melodía, mientras su antecesor sigue llevándose todos los flashes de la política, en medio de la reorganización del Partido Justicialista que conduce con galera y bastón y también con ciertos golpes de efecto, como la vuelta al redil orgánico de Roberto Lavagna, lo que ha derivado en un terremoto aún mayor al que ya tenía en su seno la Unión Cívica Radical.
Más allá de lo que a la gente le pueda interesar o no estas cuestiones internas de los partidos políticos, excluidos aquellos que votaron por Lavagna y que pueden sentirse estafados, este despliegue institucional de Néstor ha dejado por estos días a Cristina en un papel de debilidad objetiva en función de gobierno, lo que le ha dado pasto a críticos y agoreros, quienes ya la acusan, sin tapujos, no sólo de invertir poco tiempo en sus tareas, sino también de tener poca o nula contundencia en la gestión.
Hasta el momento, la tarea presidencial se ha centrado casi de modo único en continuar muchas cosas inconclusas de la Administración anterior o en apagar incendios, como ha sido la crisis energética que explotó con el calor de enero, combatida con bombitas de bajo consumo, o como fue el caso de la valija con los Estados Unidos, que le ha corrido de foco a la Presidenta algunos planes previos, en relación a impulsar una mayor integración con el mundo que, a la vez, comience a destrabar inversiones. Otro presidente se hubiera hecho un festín con la excusa de la “herencia recibida”, pero este artilugio Cristina lo tiene vedado.
Por otro lado, el humor social se ha sentido bastante fastidioso por estos días, tras la aparición de los índices de inflación del mes de enero, ya que existen mayoritarias sospechas de que los índices van para un lado, mientras la sensación del bolsillo va para otro, con cuasi burlas al sentido común, como fue el caso emblemático de la baja en los gastos de turismo (-8,5%) de un año a otro, cuando todos -incluido el gobernador bonarense, Daniel Scioli- pidieron moderación en los aumentos que golpearon la temporada en la Costa. No obstante, el Gobierno está convencido de que el camino de barrer debajo de la alfombra ha sido exitoso, pese a que el mundo se ha interesado por saber qué pasa con la fiabilidad de las estadísticas de la Argentina, un mecanismo más o menos homogéneo que utilizan los países para compararse.
Primero, fue el Fondo Monetario, al que es fácil denostar, pero ahora salió a plantear sus dudas el Departamento de Estado de los EE.UU. (8,5% según la estadística oficial, pero estimado por analistas independientes es (un valor) considerablemente más alto, ha dicho oficialmente) a quien no se le va a contestar después de haber retomado el idilio, tras el arreglo diplomático-judicial, que permitió que la administración Bush le extendiera el plácet del nuevo embajador en Washington, Héctor Timerman.
La actualización del background de la Argentina que hicieron los funcionarios que responden a Condoleezza Rice también incluye una mención a las deudas impagas que tiene la Argentina con los particulares y con los países (U$S 6.000 millones al Club de París) y tiene un párrafo sobre la atractividad de inversiones que la “inteligentzia” local, la misma que ha copado intelectualmente buena parte del manejo de la política económica, se sabe que no comparte: “es el legado de la crisis económica de 2001/2002 que permanece para ser resuelto y que tiene un impacto adverso en el clima de inversión en la Argentina”, se dice.
Al responsable de Finanzas, Hugo Secondini, quien pasó por París a semblantear a los acreedores durante la última semana, le soplaron al oído el mismo mensaje, lo que habla de la unanimidad de criterio de los países centrales.
Maldita inflación
A esta altura de los acontecimientos, el tema inflacionario ya le genera al Gobierno un costo de credibilidad bastante alto, debido a que las expectativas han comenzado a galopar y las autoridades a correr detrás de ellas. Parte de los aumentos que se verifican ya se están dando por un mecanismo de autodefensa típico de consumidores preocupados: comprar ahora, para no tener que pagar más caro después. El mismo Gobierno se ha encargado de exacerbar el consumo (y habitualmente lo muestra como un éxito), algo que la gente hoy hace con sus recursos y también con créditos, línea que los bancos estimulan porque pueden cobrar tasas más altas.
Ese mismo miedo a una disparada inflacionaria está provocando -aunque a tasas negativas con respecto a la inflación real- una mayor concentración de depósitos a plazos cada vez más cortos, lo que sigue impidiendo la asignación de líneas de crédito para la producción. Si bien los ahorristas parecen tener confianza en el seguro de cambio que significa el mantenimiento de la paridad con el dólar casi fija, los banqueros -quienes temen que Guillermo Moreno meta la cola, aunque alguno cercano al Gobierno ha pedido que no lo dejen- aún no se juegan por prestar barato y esperan algún subsidio del Gobierno y, sobre todo, algún mecanismo que cubra los descalces de plazo, en una operatoria que los obligaría a prestar a cinco años.
Con todos estos problemas que rondan en la cabeza de la gente es posible que la Presidenta deba replantear algunas cosas en materia de gestión, viraje que algunos sitúan no más allá de marzo, sobre todo en cuestiones que, sin generarle demasiado rédito frente a la opinión pública, hoy le están dando letra fácil a los opositores y saturan a la prensa que, por cansancio o por piedad, manda los temas a sus páginas interiores.
En este aspecto, no puede dejar de contabilizarse el show que montó la Coalición Cívica con el rimbombante anuncio del Plan Nacional de Seguridad Vial, un viejo documento que está anclado, con la firma de todos los miembros del gobierno de Néstor Kirchner, en la página web de la secretaría de Transportes desde el año 2006, cuando se presentó con promesa de tratamiento legislativo.
Hoy, varios miles de muertos después, se le pasa el plumero y será por fin enviado a Extraordinarias.
Tampoco ha resultado muy propicia para la imagen de polemista y excelente y documentada oradora que la Presidenta se había forjado en su actuación en el Congreso, la elección de algunos temas de sus últimas apariciones públicas, como la defensa acérrima que ha hecho de los Trenes de Alta Velocidad (TAVE), unos días después del traspié del Gran Capitán y en medio del bochorno diario que sufren quienes viajan en los trenes suburbanos, cubriendo su decisión de avanzar en tan costoso y poco prioritario proyecto con una nueva apología de Puerto Madero, el barrio que impulsaron nada menos que Carlos Menem y Carlos Grosso, en los años `90.
En paralelo con su planteo de fondo sobre la resistencia a la modernidad, pero también para regodearse con precisas citas periodísticas que planteaban la oposición a aquel proyecto transformador, Cristina la emprendió contra diversas opiniones mediáticas de entonces, todas extraídas de editoriales de diarios que tenían una visión diferente a las autoridades. El discurso de la Presidenta ha servido, al menos, para corroborar como nadie, ni los medios ni los políticos (ver www.presidentelavagna.com.ar), pueden soportar a esta altura de la Internet el peso de los archivos.
Sin embargo, en ese discurso la Presidenta fue más allá y sorprendió con otro ejemplo más político, en relación a la prensa y a las autopistas que propició el brigadier Osvaldo Cacciatore, ex intendente porteño.
Luego de su mención, no quedó demasiado en claro lo que quiso decir para justificar con un paralelismo la decisión de avanzar en la política ferroviaria: “era más criticable Cacciatore por las autopistas que porque en ese momento desaparecían miles de argentinos. Qué cosas no?”, subrayó.
Si se siguiera al pie de la letra el razonamiento presidencial, los críticos del tren bala -y sobre todo los periodistas que han advertido sobre los costos y sus consecuencias- deberían preocuparse más, por ejemplo, por atender en profundidad el caso de la valija o el affaire Skanska que por denunciar que la Argentina no está hoy en condiciones de afrontar gastos como los que plantean este tipo de trenes (construcción, subsidios para compensar el costo del pasaje y eventualmente una querella, si algún gobierno posterior decide no seguir avanzando) o en todo caso por decir, a su leal saber y entender, que hoy existen cuestiones sociales o de infraestructura más prioritarias que los TAVE.
Y por último, un traspié algo cholulo de la Presidenta, extraído del mismo discurso pro trenes bala, lo que demuestra cierta pérdida de rigurosidad, en relación a sus vibrantes discursos legislativos. En este caso, pese a declararse “cinéfila”, se mostró muy endeble con la mención que utilizó para mostrar la efectividad de los trenes de cercanía, tal la idea que le sugirió Mauricio Macri de hacer una estación del TAVE a Rosario cerca de Pilar, para descongestionar de autos la Panamericana.
Para entender qué importantes son los trenes, Cristina recomendó ver “Enamorándose” (Meryl Streep y Robert de Niro), a la que definió como “una película fantástica”. Sin embargo, más allá de sus gustos y de los méritos artísticos de la historia, a modo de referencia para el caso que se discutía la mención resulta poco relevante, ya que la película data de 1986. Y aunque la Presidenta dijo, convencida, que los protagonistas se conocen “en esos trenes de alta velocidad”, lo cierto es que esa categoría ni siquiera hoy circula en los Estados Unidos.







