El antes y el después del mercado laboral

El empleo en negro es una enfermedad que devora de a poco la esperanza de los adultos del mañana. Los esfuerzos del Gobierno son, por ahora, paliativos y espejitos de colores. Por Indalecio Sánchez - Redacción LA GACETA.

04 Febrero 2008
El 1 de febrero cumplió 67 años. Se jubiló hace dos, y como ocupó un cargo jerárquico en un ingenio azucarero, sus ingresos superan lo que cobra un pasivo promedio; claro que el monto es bajo comparado con lo que percibía cuando estaba en actividad. De todas formas, no se queja, pese a que el cinturón de las finanzas hogareñas le aprieta demasiado a fin de mes.
Al hombre en cuestión no le pesan los 50 años de trabajo que carga sobre el metro sesenta y pico de su figura; sin embargo, sí le dejaron llagas las crisis económicas, que, cíclicamente, se encargaron de obligarlo a volver a empezar, como la primera vez, cuando a los 15 se calzó el delantal para ayudar a su padre en una pescadería del viejo Mercado de Abasto. Pero su historia laboral es distinta de la de los jóvenes del siglo XXI, que deambulan como zombies por un mundo laboral en el que no caben todos y que se abusa de los pocos que logran insertarse.
El empleo en negro es la enfermedad que está devorando de a poco la esperanza de los adultos del mañana. En el Gran San Miguel del Tucumán, el desempleo afecta principalmente a la franja que abarca a los jóvenes de entre 18 y 29 años. El trabajo en negro, según aceptó el gobernador José Alperovich, ronda el 50% en la provincia. Los esfuerzos del Gobierno son, por el momento, paliativos y espejitos de colores. Los que obtuvieron un empleo a través del Plan de Entrenamiento Laboral reciben en cuentagotas el porcentaje de sueldo que les abonan sus empleadores; sólo el Estado cumple como corresponde con su parte del pago.
Además, muchos de los empresarios que se adhirieron al plan estatal ya adelantaron que en marzo, cuando se venzan los contratos, no mantendrán en su estructura a esos jóvenes. Así, volverán a ser desempleados; su efímero paso por el mundo del trabajo habrá servido para ellos sólo como primera experiencia; y habrán sido mano de obra barata y subsidiada para sus empleadores temporarios. Pero para el Gobierno habrán servido para que los índices oficiales muestren cómo baja la desocupación en Tucumán.
La Ley 7.999, cuya aplicación busca erradicar el trabajo ilegal, parece ser un intento serio de luchar contra los empresarios que evaden su responsabilidad para con sus empleados. Habrá que ver si los operativos de la Secretaría de Trabajo y de la Dirección de Rentas se mantienen en el tiempo y si el gobernador puede despejar las objeciones que algunos legisladores de la oposición plantearon en contra de los inspectores encargados de detectar las irregularidades laborales en las empresas. Todavía hay operativos que lo único que tienen de sorpresivo es que en el lugar que visitan todos los trabajadores están en regla.

Todo tiempo pasado fue mejor
En la década del 60, relata el ahora jubilado de 67 años, era relativamente sencillo conseguir empleo. Nadie hablaba de “negro”. A lo sumo, un par de meses de prueba, y adentro... ya se era parte de la empresa. Y los jóvenes obtenían un puesto temprano. Ni bien egresaban del secundario ocupaban cargos técnicos o contables con la misma rapidez que mostraban ganas y compromiso con el trabajo. De hecho, el hombre del que hablamos abandonó la Facultad de Ciencias Exactas porque en casa urgía que él trabajara y la paga no era mala. Cuenta que en un año cambió de empleo varias veces: pasó de Obras Públicas de la Municipalidad a la ex fábrica de Bosch y de ahí, al desaparecido ingenio San Pablo, donde, con más de una década de experiencia en el rubro, le decían “ingeniero”. Ya manejaba su sección, apenas con el título secundario bajo el brazo.
En la era de la tecnología y casi 50 años después, tarifazos, “rodrigazo”, plan Austral, hiperinflación, corralito y default mediante, todo está peor. En el siglo XXI, la capacitación del nivel medio no les alcanza a los jóvenes ni para empezar sus estudios superiores; mucho menos para trabajar o crecer con esas armas en una empresa, cualquiera sea el rubro. “Para que Tucumán tenga más competitividad falta educación”, dijo el empresario Julio Colombres (LA GACETA, 03/02/2008, Suplemento Economía).
Entre el que falta y el que se paga en negro, el trabajo está en crisis. Y el futuro también.
Aún hoy, el jubilado de esta historia, con su magro salario, ayuda económicamente a sus hijos, que sufren los avatares de la ilegalidad, de la falta de oportunidades y de un sistema jubilatorio que no les garantiza que tendrán un ingreso digno cuando ellos sean mayores. Si todo continúa igual, ¿quién ayudará a sus nietos?

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