Si lo sabe, opine
Nada es lo que parece. La responsabilidad no tiene que ser una mochila pesada. Los prejuicios, los miedos y las contradicciones. Por Luis Mario Sueldo - Redacción LA GACETA.
03 Febrero 2008 Seguir en 
El cine es la vida, pero sin sus partes aburridas, dejó asentado el genio del suspenso Alfred Hitchcock. Pero, en la vida, la realidad supera la ficción. Los hombres, en esencia, no podemos decir cómo ha ocurrido una cosa, sino sólo cómo creemos que ha ocurrido. No pocas veces sólo vemos lo que queremos ver. No se descubre la pólvora cuando se afirma que abundan los comunicadores que vuelcan a la gente apenas fragmentos de la supuesta realidad y, que por intereses varios, evitan todo el resto. Son testaferros de los que trabajan desde las sombras, de los que asoman o esconden la cabeza según las circunstancias. Son los manipuladores de analogías o artilugios para descalificar y desmerituar.
Nada es lo que parece. Si le damos un tamiz de sonrisa a esta idea y la instalamos en las vinculaciones familiares, admitiríamos que allí todo debería deslizarse por carriles normales mientras los encuentros entre sus miembros mantengan un discreto encanto a través de las distancias de tiempo.
En el diario transcurrir, generalmente opinamos sobre aquellas cosas que hicieron otros. Sobre conductas asumidas por aquellos a quienes recónditamente quisiéramos emular. Sobre temas que conocemos por el título, pero que no nos animamos ni a leer por la cuestión esa del “contagio”, o de ser mal conceptuados socialmente, o simplemente porque no nos interesa. Mal entonces podemos opinar. Y sin embargo... opinamos.
A ver, vamos a dar nuestras posturas sobre las ideologías científicas o religiosas, sobre los extraterrestres (¿será cierto?), sobre el amor para siempre, sobre la mujer (¿la mejor obra de la naturaleza?) , sobre los gays (¿nueva clase social?), sobre los apegos a doctrinas sin valoración crítica... De alguna manera, en la interrogación ya está puesta la opinión de quien lo escribe. Brevario de tantos temas que tienen que ver con todo lo humano y lo cotidiano, que es una materia siempre opinable. Y que lleva como sustento la propia experiencia, con nuestra fragilidad y nuestra soberbia. Porque la opinión es siempre subjetiva. Siempre sustentada en nuestras vivencias, con las carencias y con los resultados satisfactorios. La opinión es una cuestión estrictamente humana, un buen intento para el ejercicio de nuestra libertad pero que, al darle vuelo, estamos influenciando en la opinión de los demás, para bien o para mal. Por eso la opinión tiene que ser ejercida responsablemente, de manera que nos hagamos cargo de las consecuencias. Porque la responsabilidad no tiene que ser una mochila pesada sino un privilegio de quienes creen que tienen derecho a decir lo que sienten y de cómo quieren vivir.
¿Acaso existe mayor definición de nuestra condición de personas que la emisión abierta de opinión? Es el salto que todo mortal hace para mirar al otro, para no caer al vacío. La opinión, tan frágil, tan discutida, tan temida. Porque, en definitiva, no hace otra cosa que poner al descubierto nuestro propio estilo de vida, nuestros prejuicios, nuestros miedos y nuestras contradicciones.
Veamos una opinión del periodista Alejandro Dolina sobre los réprobos: “deberían estar amontonados unos sobre otros, sin privacidad, porque la privacidad es también la libertad”. Es que así como en el cielo (o en el amor) el deleite está dado por quien nos acompaña, en el infierno el principal tormento consiste en la vecindad de personas poco recomendables. ¿Y usted, qué opina?







