El binomio aprieta las marcas
El gobernador y Beatriz Rojkés encarnan un modelo de hacer política que no causó rebeliones en el aparato peronista. El reclamo de participación social en la candente cuestión del patrimonio histórico. Por Carlos Abrehu - Secretario General de Redacción.
03 Febrero 2008 Seguir en 
La ley de regularización del trabajo en negro es una de las piezas claves de la estrategia alperovichista para 2008 y su proyección política hacia 2009. El gobernador José Alperovich busca consolidar su base electoral con una operación de ese tipo mientras mueve sus fichas en el mundo del peronismo regenteado por el kirchnerismo. La diputada Beatriz Rojkés, en el terreno provincial, lidia con el Partido Justicialista para domesticarlo, como hizo su esposo con la Legislatura, donde la divergencia hay que rastrearla con lupa. En el debate se mezclan ingredientes diversos, que reconocen como punto de partida la existencia de 106.073 trabajadores en negro -según datos del tercer trimestre de 2007- y una formidable presión impositiva de orden nacional, provincial y municipal que agobia a no pocas actividades. Algunas de estas pueden terminar perdiendo viabilidad económica y despidiendo a trabajadores, o sustituyéndola por parientes en pequeños negocios.Pretender resolver un problema manteniendo otro no es tarea sencilla. La ecuación hará agua por alguna de sus partes, por más aparatosidad que se despliegue. Entre otras cosas, porque el propio gobierno de Alperovich paga cifras no remunerativas a sus empleados, las que son denunciadas por sindicalistas y opositores denuncian como salarios en negro. No aportan, por ende, al sistema jubilatorio. Le es aplicable, entonces, el viejo refrán español que dice "en casa de herrero, cuchillo de palo". Todas estas contradicciones empañaron la movida gubernamental.
El silencio que siguió a los embates de los empresarios y políticos hostiles irritó a la cúspide del poder. Rojkés, en la asamblea partidaria del miércoles, reprendió a los dirigentes y, en especial a los legisladores, por no haber contestado las críticas al gobernador, en una cuestión tan sensible como la del blanqueo de los asalariados. Más de un congresal manifestó privadamente su sorpresa por el acre discurso de la presidenta del partido. El apoyo de los asambleístas, finalmente conseguido, mostró al aparato peronista solidario con la administración alperovichista. Movimientos de este tipo se repetirán a lo largo de 2008. "El partido debe respaldar la acción del gobernador", explicó el secretario general Edmundo Jiménez. Este, ministro de Gobierno está empeñado en que la sigla histórica del peronismo confluya con Alperovich, para quebrar la tradición de enfrentamientos pasados.
La separación entre uno y otro polo debe formar parte del pasado, según la visión de Jiménez. El cierre de filas en torno del gobernador unifica el discurso y desalienta las fracturas. Este súbito amor por el pejotismo marcha en forma paralela con el retorno del ex presidente Néstor Kirchner al peronismo oficial.
En voz baja
El aval unánime al proyecto oficialista no disipó el malestar que madura lentamente en algunas franjas del peronismo. Afirman que la propia diputada Rojkés reconoció que no podía competir en tradición peronista con más de un congresal, pero que nadie podía ganarle en la militancia casa por casa. Aunque no lo manifiestan abiertamente, la subordinación financiera a los que sometió Alperovich, encrespa a comisionados comunales, intendentes y concejales, en distinto grado. No pueden disponer ni de un peso de la caja chica por aplicación de los pactos impuestos desde arriba.
La autonomía municipal es letra muerta, pese a que la Constitución de 2006 la proclama con énfasis. Y la defensa encendida que hizo y hace la presidenta del PJ de su marido dibuja un esquema muy similar al de Cristina Fernández (en la Casa Rosada) y Néstor Kirchner (en Puerto Madero). Ambos conciben al poder como algo propio, convicción que preocupa a las segundas filas del PJ ubicado con Alperovich, porque corren serios riesgos de ser excluidas en las listas electorales de 2009 y 2011. Los Alperovich aprietan por todos lados, se quejan puertas adentro.
Sin embargo, no se atisban signos de quiebre inmediato. "El peronismo es una cultura política", reflexiona Rosendo Fraga, a propósito del ciclo político abierto en 2003.
Dentro de esa perspectiva, el cambio de discurso adaptado al Gobierno de turno se explica naturalmente. Así, enjambres de menemistas pasaron a ser kirchneristas, y prófugos del duhaldismo recalaron en el bando de los pingüinos, sin experimentar rubores de ninguna especie. Idéntico fenómeno se verifica en el PJ tucumano, con ex juristas conversos al alperovichismo.
La inserción de Alperovich en la conducción del PJ nacional le da realce, pero al mismo tiempo lo pone bajo el control de Kirchner. Si este decide contener a las vertientes críticas del modelo pingüino, bien podría admitir a los disidentes peronistas con el gobernador.
Desde otros ámbitos
Las acciones más visibles de resistencia a los planes de la Casa de Gobierno provienen de afuera del sistema político. El activismo en resguardo del patrimonio histórico fue importante a pesar del receso de enero, con una vitalidad llamativa. Al proyectarse en febrero, mantiene viva la disidencia y colecta las adhesiones de otros sectores. La inferioridad numérica y política de la oposición que ocupa bancas legislativas (son seis sobre 49 ) despierta reacciones cívicas de otra naturaleza.
Ante el bloqueo de la mayoría que gobierna la Legislatura a toda inquietud que confronte con el alperovichismo, el descontento se canaliza mediante marchas callejeras. Como bien advirtió el francés Jean Ives Calvez, el reclamo de participación social sale a luz, cuando se enfatiza demasiado sobre otros aspectos de la democracia. Cuánto tiempo se extenderá esa clase de protesta es toda una incógnita. Pero sea cual fuere su destino final, se hace notorio el desgaste del estilo de gestión alperovichista ante algunos sectores de la comunidad, a pocos meses de la aplastante victoria de agosto. El segundo período consecutivo de gobierno lleva consigo el virus del deterioro. De la evolución de la política nacional dependerá que se active o que entre en hibernación.
Los cuadros políticos refractarios al Gobierno se quejan por el bajo protagonismo público que tienen en las manifestaciones organizadas por las entidades que militan en contra de la enajenación de bienes estatales. La serie de reveses electorales de los últimos años los hace pensar con mayor frecuencia en la necesidad de estructurar un polo opositor de cierta consistencia. Al alperovichismo siempre le convino diseñar un tablero electoral con fuerzas antagónicas que se devoran entre sí y que renuncian a la puja por la conquista de la gobernación.
El desafío a la inteligencia política estriba en la superación de las discordias, pero la racionalidad no es lo que prevalece en el obrar de las dirigencias. El oficialismo tiene en claro que la división ajena le despeja el camino para la continuidad.







