02 Febrero 2008 Seguir en 
Las dificultades que se vieron últimamente en las relaciones internacionales de la Argentina han puesto otra vez en evidencia una carencia extremada de expertos en nuestra política exterior. No se trata de una realidad nueva, sino que se viene planteando de manera creciente desde la década del 90 con el gradual desplazamiento del calificado Servicio Exterior de la Nación (SEN), por funcionarios políticos sin formación diplomática ni experiencia. Por más que sea obvio, debe señalarse que la política internacional de un país soberano ha de dar prioritariamente previsibilidad al cumplimiento de sus compromisos más allá de la permanencia de sus gobiernos, considerándosela por ello una política de Estado, por más que deba adecuarse en el tiempo con la realidad internacional. No ocurre así, salvo raras excepciones, desde la década mencionada, y es por ello que en cada período de gobierno fue calificada de acuerdo con cada gobierno. El fuerte presidencialismo durante el mandato anterior y que prosigue actualmente, agregó a esa circunstancia un ostensible manejo personalista y no es posible afirmar que durante el último lustro las decisiones que orientan la política exterior hayan sido sustancialmente objeto de consideración del gobierno con otros sectores, ni siquiera en el Congreso.
Tan expresivo estilo presidencial en las relaciones internacionales proviene de una regla de gestión según la cual las circunstancias de la política interna condicionan a la internacional y, por ello, los embajadores políticos ante los gobiernos considerados como los de mayor interés reemplazan a los de carrera diplomática y, en no pocas ocasiones, marchan a sus destinos como recompensas o situaciones personales. La postergación del SEN -salvo excepciones imprescindibles- por esa concepción hegemónica, tiene su manifestación más concreta en el diferendo con la República del Uruguay por la construcción de las plantas de celulosa que, más allá del caso concreto que se ventila en la Corte Internacional de Justicia, revela una gran incapacidad para impedir los 14 meses de cortes fronterizos por las organizaciones vecinales de Gualeguaychú. La última novedad ha sido el anuncio del comité de vecinos sobre emisión de tarjetas personales para un reducido número de personas, arrogándose el derecho a controlar la frontera fluvial, sin otra respuesta oficial que el silencio. Eso ocurría mientras nuestro gobierno presentaba nuevos testimonios en la corte de La Haya.
Otra circunstancia testimonial del manejo inapropiado de las relaciones internacionales es la actual situación creada por la nominación ante la Santa Sede de un embajador cuyo placét estaría cuestionado por el Vaticano por objeción a su divorcio sin recurrir a un tribunal canónico que debe avalar la Rota romana. Lo que debió ser un manejo discreto de la cuestión fue difundido con una declaración de reproche y de mayor dureza por el Ministro de Justicia, evidenciando escaso tacto y motivo de desagrado en la Cancillería vaticana. Al mismo tiempo, el papa Benedicto XVI exhortaba a mayor severidad de los tribunales específicos respecto la realidad indisoluble del matrimonio canónico. Se supone que una adecuada consulta a la Secretaría de Cultos de la Cancillería habría evitado una diferencia de esa naturaleza. Las relaciones con Estados Unidos son otro caso inmediato de ausencia de comprensión, más el grave incidente sobre el episodio de la valija que halló afortunadamente buena voluntad en Washington y un rol más adecuado de la Cancillería.
Tan expresivo estilo presidencial en las relaciones internacionales proviene de una regla de gestión según la cual las circunstancias de la política interna condicionan a la internacional y, por ello, los embajadores políticos ante los gobiernos considerados como los de mayor interés reemplazan a los de carrera diplomática y, en no pocas ocasiones, marchan a sus destinos como recompensas o situaciones personales. La postergación del SEN -salvo excepciones imprescindibles- por esa concepción hegemónica, tiene su manifestación más concreta en el diferendo con la República del Uruguay por la construcción de las plantas de celulosa que, más allá del caso concreto que se ventila en la Corte Internacional de Justicia, revela una gran incapacidad para impedir los 14 meses de cortes fronterizos por las organizaciones vecinales de Gualeguaychú. La última novedad ha sido el anuncio del comité de vecinos sobre emisión de tarjetas personales para un reducido número de personas, arrogándose el derecho a controlar la frontera fluvial, sin otra respuesta oficial que el silencio. Eso ocurría mientras nuestro gobierno presentaba nuevos testimonios en la corte de La Haya.
Otra circunstancia testimonial del manejo inapropiado de las relaciones internacionales es la actual situación creada por la nominación ante la Santa Sede de un embajador cuyo placét estaría cuestionado por el Vaticano por objeción a su divorcio sin recurrir a un tribunal canónico que debe avalar la Rota romana. Lo que debió ser un manejo discreto de la cuestión fue difundido con una declaración de reproche y de mayor dureza por el Ministro de Justicia, evidenciando escaso tacto y motivo de desagrado en la Cancillería vaticana. Al mismo tiempo, el papa Benedicto XVI exhortaba a mayor severidad de los tribunales específicos respecto la realidad indisoluble del matrimonio canónico. Se supone que una adecuada consulta a la Secretaría de Cultos de la Cancillería habría evitado una diferencia de esa naturaleza. Las relaciones con Estados Unidos son otro caso inmediato de ausencia de comprensión, más el grave incidente sobre el episodio de la valija que halló afortunadamente buena voluntad en Washington y un rol más adecuado de la Cancillería.







