Impulsos alperovichistas y resignación ciudadana

Mientras Alperovich descargaba su ira contra un legislador, cientos de tucumanos debían abandonar sus hogares. Paradojas de una sociedad envuelta en la sumisión. Fernando Stanich - Redacción LA GACETA.

01 Febrero 2008
Lo primero que llama la atención es la resignación. Todo está inundado de indiferencia. Colchones apilados estorban a pies descalzos y a pantalones arremangados. El piso probablemente esté frío, pero ya las pieles, rasgadas por el sol y por la lluvia de varios años, perdieron la sensibilidad. Pocas situaciones en la vida son capaces de superar la sensación de apatía que expulsan los espacios rodeados de paredes y techos apenas blanqueados. Quizás por eso, las mujeres y los niños que pululan entre cuatro húmedos muros no logran impregnarle al insulso lugar la calidez que rebasa en su hogar.
En este Tucumán siempre predispuesto a las paradojas, el mismo Palacio de los Deportes que a lo largo de 2007 se quedó en dos ocasiones con ansias de recibir al genial Julio Bocca -a causa de goteras en sus techos-, cobija en los albores de 2008 a cientos de tucumanos que tratan de huir, precisamente, del agua. Aunque suene a disparate, el Gobierno los mandó allí para protegerlos del temporal. Ese que, hace exactamente un año, les había quitado la dignidad. “Apenas llueve un poco, el arroyo que corre por el medio del barrio hace que se nos llene la casa de agua. Hace dos días que tengo el agua a la altura de la cama”. La aseveración de Mónica Villagra a LA GACETA, que vive a la vera del río Salí junto a su madre y sus cuatro hijos, es tan categórica como recurrente. Para esta y para miles de otras familias tucumanas, la mansedumbre ya constituye un estilo de vida. Supone un mecanismo de supervivencia...

Honrar al pueblo
Casi al mismo tiempo en que los sumisos rostros abarrotaban el aguado estadio emplazado en el parque 9 de Julio, el gobernador José Alperovich montaba en cólera. Su diatriba apuntaba directamente a la integridad y a la honra de un legislador. De un representante del pueblo. De un hombre en el que casi 12.000 tucumanos confiaron para que hiciera el trabajo por el que, paradójicamente, la máxima autoridad de la provincia se zambullía en un feroz ataque de ira.
¿Cometió una imprudencia José Cano al permitirse dudar de la veracidad de las estadísticas oficiales? La respuesta no puede, ni siquiera, ponerse en tela de juicio. Menos, entonces, podría hacerlo el hombre que lleva tras de sí la responsabilidad de unir a toda una sociedad. La persona que tiene la obligación constitucional de rendir cuentas ante el Poder Legislativo. Es decir, ante la ciudadanía.
“En este tipo de regímenes, los órganos de la administración desarrollan una tendencia a eludir la intervención parlamentaria y suelen ser extremadamente parcos a la hora de rendir cuentas”. La cita le corresponde al ex presidente Raúl Alfonsín. Un hombre que supo conciliar a un país quebrado. Una persona que, sobre la base de la institucionalidad, facilitó desde la máxima magistratura del país el camino hacia consensos básicos. Logros que, en una provincia dominada por el caudillismo y el clientelismo, ya suenan a utopías.
Cegado por sus impulsos, Alperovich se muestra hoy más preocupado por su proyección política nacional que por atender los espasmódicos reclamos que osan levantarse en su colonia. En su lógica del ejercicio del poder, si socava los cimientos del Poder Legislativo y hasta deshonra a un representante del pueblo, cómo no podría entonces eludir las voces disonantes de un puñado de irreverentes. Para eso está la escoba...

El discurso del miedo
En este Tucumán modelo 2008, el desafío que envuelve a la sociedad es el de matizar el estilo concentrador de las decisiones que se ha impuesto. Porque lo que fue válido como modelo de salida de una crisis histórica -el ejercicio del poder muy personalista-, no se puede prolongar en el tiempo.
Los especialistas dicen que los discursos visten las relaciones de poder entre un gobernante y la sociedad. Y también, que el miedo obstruye la potencia creativa y, sobre todo, la fuerza crítica de las masas. Cuando ello ocurre, explican, se pierde la posibilidad de contar con una ciudadanía atenta, desconfiada y vigilante. Se escapa la ocasión para observar a una sociedad que presione, que condicione y que modifique la agenda de gobierno.
Por ello, en una población aturdida por la enumeración de obras, el relato de Sergio Trinidad, a los 68 años, se pierde de vista. “Nos dieron el año pasado una casilla nueva porque a la nuestra se la había llevado completa el agua. El problema es que esta vez nos hicieron piso de material, pero no está bien hecho porque se partió y por allí entra el agua”, enfatizó, junto con su esposa, resguardado entre las mojadas paredes del complejo que no pudo recibir a un bailarín pero sí a cientos de tucumanos desamparados.
Quizá, recuperando la capacidad de asombro pueda darse el salto de una sociedad patológicamente desigual a otra en la que se multiplique la cordialidad, que sólo es posible entre iguales. Será en ese momento cuando la resignación, que no es más que la capacidad para aceptar las adversidades, cederá ante la resurrección de los lazos representativos de una sociedad que aparecerá, otra vez, en el centro de la escena.

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