Reír para vivir
Un color de identidad. La risa se disfruta cuando se constituye en la elaboración impensada de emociones. Por Luis Sueldo - Redacción de LA GACETA.
20 Enero 2008 Seguir en 
En una escena de la película “Elsa y Fred”, que cuenta la historia de una pareja de octogenarios, la dama pregunta: “¿has reído mucho en tu vida?”. “Creo que no”, responde él. “No importa, hay tiempo”, enfatiza ella. Una investigación llevada a cabo en la Universidad de Maryland concluyó en que reírse 15 minutos por día es bueno para el ritmo cardíaco. Los científicos descubrieron que las películas cómicas mejoran el rendimiento de los vasos sanguíneos. Con la risa, el cuerpo puede producir las sustancias reconstituyentes llamadas endorfinas. La risa resultaría así una aliada eficaz para amenguar depresiones. En la tradición andaluza se sostiene que lo único real es la muerte y el resto es sólo una aventura, por eso es que uno debería entregarse abiertamente al baile y a la risa. ¿Habrá un nivel socio-cultural de risas? ¿Será preciso adecuarlas con las circunstancias? No es lo mismo el clima que se da en un asado con amigos y con dios Baco sobrevolando el entorno que en una cena de alcurnia. No son pocos los hombres y las mujeres con tendencia a mutilar el movimiento de sus músculos faciales. Son los muy circunspectos, los que suponen que a través de la seriedad a rajatabla se ganarán el respeto de propios y de extraños. Con esos moldes suelen actuar los autoritarios, los necios, los aburridos, los “perros verdes”... Otros interpretan que reír por cualquier cosa es un signo de fragilidad. En los filmes de vaqueros resulta casi imposible descubrir a algún “piel roja” esbozar siquiera una sonrisa.
Por otro lado, está casi impuesto que los payasos, los cómicos y los humoristas nacieron para provocar carcajadas, pero arrastran por dentro una tristeza infinita (“...¿lloras?, payaso buen amigo/¿no sabes que hay testigos que ignoran tu pesar?/seca tu llanto y ríe con alborozo/a ver, pronto, che mozo, tráiganos más champán”, dice el tango).
Hay risas sardónicas, tendenciosas, compradas, turbulentas, contagiantes, castas, bizarras, musicales, desopilantes, nerviosas, de salón, espasmódicas, sarcásticas, de compromiso, cómplices, irreverentes... De alguna manera, la risa puede convertirse en un color de identidad. Reírse de uno mismo, de nuestras miserias y limitaciones, resulta más difícil que hacerlo cuando un desprevenido se cae en la calle, o ante el defecto físico de alguien.
La risa se disfruta cuando es espontánea, cuando se constituye en la elaboración impensada de emociones que nos colocan de nuevo en el camino para andar. No puede explicársela en toda su dimensión porque, como sucede con una expresión artística, hay que sentirla más que detallarla. Es ese cosquilleo que empieza en el estómago para salir a borbotones por la garganta. Con la risa se desprende el alma y cualquier carga puede volverse más liviana. Algún soñador escribiría que las risas más libres y esplendorosas las desparraman los amantes. O que, mediante ellas, se representa una forma de poesía incomprendida que devuelve cierta fe en el otro.
La risa y la lágrima son elementos imprescindibles que nacen y mueren con nosotros, pueblan o desuelan los espacios que ocupamos, quiebran o alegran la existencia y marcan la ruta de la discordia o de la paz.
La risa del ser amado nos presagia un nuevo día con más sabor y con aquellos aromas que impregnan el pasado con el presente. Y es que la risa no puede frenarse cuando los sentimientos inundan ese sitio compartido para vociferar a los cuatro vientos que la vida es risa en cualquier momento. Señores ¡a reír, que se acaba el mundo!







