16 Enero 2008 Seguir en 
En la década del 90, la presidencia de Carlos Menem abrió la era de las privatizaciones en la Argentina. Uno de los argumentos esgrimidos fue que las empresas del Estado daban pérdidas como consecuencia de la mala administración y de la corrupción de décadas. Era entonces necesario ingresar por las puertas grandes del Primer Mundo; de manera que el Gobierno privatizó todo lo que podía ser rentable; en algunos casos, el Estado mantuvo una mínima participación en las acciones. Desde ese momento, la historia de Aerolíneas Argentinas (AA) cambió radicalmente, y con bastante frecuencia la compañía fue noticia por las constantes crisis y la falta de inversiones de los nuevos dueños. Se dijo entonces que la mayoría de las privatizaciones habían sido mal hechas. Lo cierto es que en el caso de Aerolíneas la crisis volvió a recrudecer en 2007.
El 1 de marzo pasado los problemas se profundizaron, a causa de un temporal que azotó a Buenos Aires: un rayo dañó el sistema de transmisión de datos por radar, instalado en el aeropuerto internacional de Ezeiza, con el que los operadores controlan el tránsito aéreo en esa terminal y en el aeroparque Jorge Newbery. Desde entonces, hasta setiembre, el conflicto prosiguió y casi todas las semanas, los usuarios padecieron constantes postergaciones y reprogramaciones de vuelos. El 7 de mayo, los pilotos denunciaron que dos aviones habían estado a punto de chocar en el aire; la Fuerza Aérea y las empresas involucradas negaron el incidente. El día 12 de ese mes, dos aeronaves volaron a escasa distancia porque un avión privado se cruzó a apenas 15 km delante de una nave de Austral que estaba descendiendo en un aeropuerto de la provincia de Buenos Aires. La culpa, al parecer, la tenían los radares. Tras sostenidas promesas y luego de varios meses, se solucionó el inconveniente, pero los problemas con los vuelos se reanudaron a las pocas semanas, a causa de paros de los pilotos y de cuestiones climáticas. En setiembre, un ex piloto y cineasta dijo que las demoras más notables se registraban en las regiones donde operaba una única aerolínea, debido a que, al no existir competencia, las compañías se relajan. “En vez de ser la empresa la que se pone a disposición del pasajero, es este quien tiene que ver cuándo lo quieren llevar”, señaló en esa ocasión.
El viernes pasado, en Ezeiza, la agresión verbal de un viajero a quienes lo atendían en el check-in provocó el retiro masivo de los empleados de los mostradores. La paralización del embarque agravó las demoras y suspensiones que ya se hacían notar desde el jueves, cuando los operarios de rampa y los maleteros resolvieron trabajar a reglamento en reclamo de un plus salarial. La medida afectó también los vuelos domésticos que parten del aeroparque Jorge Newbery y ocasionó numerosos trastornos a los viajeros.
Estos conflictos afectan la imagen del país, especialmente en lo que a turismo se refiere, mucho más si se tiene en cuenta que en 2006 la industria sin chimeneas representó el 7,41 % del Producto Bruto Interno. Por otro lado, en esta crisis, parece que nadie piensa en el usuario que recibe un tratamiento desconsiderado, cuando es el sostén principal de esta actividad. Es él quien debe soportar largas horas de espera en la estación aérea; perder compromisos pactados u operaciones quirúrgicas, así como viajes al exterior. Nadie se hace cargo de ellos que son los que pagan el servicio. Si bien el Estado Nacional posee el 5 % de las acciones de AA, no debe desentenderse de esta crisis porque no sólo nos da una mala imagen en el exterior, sino que también perjudica a miles de argentinos que utilizan este transporte.
El 1 de marzo pasado los problemas se profundizaron, a causa de un temporal que azotó a Buenos Aires: un rayo dañó el sistema de transmisión de datos por radar, instalado en el aeropuerto internacional de Ezeiza, con el que los operadores controlan el tránsito aéreo en esa terminal y en el aeroparque Jorge Newbery. Desde entonces, hasta setiembre, el conflicto prosiguió y casi todas las semanas, los usuarios padecieron constantes postergaciones y reprogramaciones de vuelos. El 7 de mayo, los pilotos denunciaron que dos aviones habían estado a punto de chocar en el aire; la Fuerza Aérea y las empresas involucradas negaron el incidente. El día 12 de ese mes, dos aeronaves volaron a escasa distancia porque un avión privado se cruzó a apenas 15 km delante de una nave de Austral que estaba descendiendo en un aeropuerto de la provincia de Buenos Aires. La culpa, al parecer, la tenían los radares. Tras sostenidas promesas y luego de varios meses, se solucionó el inconveniente, pero los problemas con los vuelos se reanudaron a las pocas semanas, a causa de paros de los pilotos y de cuestiones climáticas. En setiembre, un ex piloto y cineasta dijo que las demoras más notables se registraban en las regiones donde operaba una única aerolínea, debido a que, al no existir competencia, las compañías se relajan. “En vez de ser la empresa la que se pone a disposición del pasajero, es este quien tiene que ver cuándo lo quieren llevar”, señaló en esa ocasión.
El viernes pasado, en Ezeiza, la agresión verbal de un viajero a quienes lo atendían en el check-in provocó el retiro masivo de los empleados de los mostradores. La paralización del embarque agravó las demoras y suspensiones que ya se hacían notar desde el jueves, cuando los operarios de rampa y los maleteros resolvieron trabajar a reglamento en reclamo de un plus salarial. La medida afectó también los vuelos domésticos que parten del aeroparque Jorge Newbery y ocasionó numerosos trastornos a los viajeros.
Estos conflictos afectan la imagen del país, especialmente en lo que a turismo se refiere, mucho más si se tiene en cuenta que en 2006 la industria sin chimeneas representó el 7,41 % del Producto Bruto Interno. Por otro lado, en esta crisis, parece que nadie piensa en el usuario que recibe un tratamiento desconsiderado, cuando es el sostén principal de esta actividad. Es él quien debe soportar largas horas de espera en la estación aérea; perder compromisos pactados u operaciones quirúrgicas, así como viajes al exterior. Nadie se hace cargo de ellos que son los que pagan el servicio. Si bien el Estado Nacional posee el 5 % de las acciones de AA, no debe desentenderse de esta crisis porque no sólo nos da una mala imagen en el exterior, sino que también perjudica a miles de argentinos que utilizan este transporte.







