27 Diciembre 2007 Seguir en 
De acuerdo con lo que informamos, al mediodía del domingo pasado, suscitó pánico en el centro y en otros puntos de la ciudad, y en su periferia, una ola de arrebatos. Sus protagonistas, delincuentes comunes, al grito de “saqueos, saqueos”, robaron o intentaron robar mercadería del Mercado del Norte, de otros locales comerciales y de puestos de feriantes. En el desbande, varios aprovecharon para despojar de paquetes y carteras a los transeúntes. Todo esto determinó que, al día siguiente, el Gobierno montara un gran operativo de seguridad, con 1500 policías en la calle. La medida fue muy efectiva y permitió que tanto comerciantes como compradores pudieran desarrollar sus actividades sin inconveniente alguno en las horas próximas a la Nochebuena.
Pero, sin duda, el episodio del domingo merece un comentario. Hace 15 días, como lo destacó uno de nuestros columnistas, en una manifestación de la plaza Independencia, había aparecido la palabra “saqueo”, como amenaza insertada entre los estribillos críticos que se dedicaban a las autoridades.
Esto debió haber puesto en alerta a la Policía. La misión de este organismo es, fundamentalmente, prevenir, y le corresponde tomar medidas cuando se producen mensajes como el registrado en aquella manifestación. Sin embargo, no se adoptaron los recaudos necesarios. Por eso, la modalidad -inédita- de los delincuentes de fingirse saqueadores para sembrar el pánico tomó a los representantes de la ley totalmente desprevenidos y permitió que se produjeran las situaciones apuntadas al comienzo.
Es decir que el operativo de seguridad montado al día siguiente, si bien eficaz, fue tardío. Debió haberse implementado antes. Lo indicaba como indispensable la aglomeración que registraban las calles de las zonas con negocios y con supermercados. Obvio es decir que se trata de días en los cuales la inmensa mayoría de la población se encuentra en la vía pública, realizando sus compras de Navidad.
Los vivido debiera ser capitalizados para que hechos como estos no vuelvan a producirse. Toda vez que flote en el ambiente algún síntoma de alteración del orden, la autoridad debe ponerse en guardia. Es verdad que puede tratarse de exageraciones o de falsas alarmas; pero el Estado no debe darse el lujo de correr riesgos. Los policías apostados en el centro ese domingo, charlando en grupos, según cualquiera podía apreciarlo, no parecían en actitud de vigilancia. Las aglomeraciones de las fiestas, como es sabido por todos, constituyen un caldo propicio para las más diversos manejos de los delincuentes. Son los días en los que resulta más fácil ejecutar los robos y los arrebatos que integran la pesadilla de los transeúntes. Y también, como vemos, facilita operaciones más ambiciosas y originales, como la de pretextar el caos de un saqueo para alzarse con lo ajeno.
Sería ocioso recordar que uno de los reclamos más sostenidos de la comunidad tucumana, en estos últimos años, se refiere a la seguridad callejera. Es indiscutible que forma parte eminente de esa seguridad disponer las cosas de manera que el intenso movimiento de compra y venta que caracteriza las fiestas se desarrolle sin sorpresas desagradables.
Así las cosas, es de esperar que en los días que siguen y hasta la festividad de Reyes, dado que el público habrá de continuar en la calle haciendo compras, la Policía tome las providencias para que no puedan producirse episodios tan desdichados y dañosos como los del domingo último.
Pero, sin duda, el episodio del domingo merece un comentario. Hace 15 días, como lo destacó uno de nuestros columnistas, en una manifestación de la plaza Independencia, había aparecido la palabra “saqueo”, como amenaza insertada entre los estribillos críticos que se dedicaban a las autoridades.
Esto debió haber puesto en alerta a la Policía. La misión de este organismo es, fundamentalmente, prevenir, y le corresponde tomar medidas cuando se producen mensajes como el registrado en aquella manifestación. Sin embargo, no se adoptaron los recaudos necesarios. Por eso, la modalidad -inédita- de los delincuentes de fingirse saqueadores para sembrar el pánico tomó a los representantes de la ley totalmente desprevenidos y permitió que se produjeran las situaciones apuntadas al comienzo.
Es decir que el operativo de seguridad montado al día siguiente, si bien eficaz, fue tardío. Debió haberse implementado antes. Lo indicaba como indispensable la aglomeración que registraban las calles de las zonas con negocios y con supermercados. Obvio es decir que se trata de días en los cuales la inmensa mayoría de la población se encuentra en la vía pública, realizando sus compras de Navidad.
Los vivido debiera ser capitalizados para que hechos como estos no vuelvan a producirse. Toda vez que flote en el ambiente algún síntoma de alteración del orden, la autoridad debe ponerse en guardia. Es verdad que puede tratarse de exageraciones o de falsas alarmas; pero el Estado no debe darse el lujo de correr riesgos. Los policías apostados en el centro ese domingo, charlando en grupos, según cualquiera podía apreciarlo, no parecían en actitud de vigilancia. Las aglomeraciones de las fiestas, como es sabido por todos, constituyen un caldo propicio para las más diversos manejos de los delincuentes. Son los días en los que resulta más fácil ejecutar los robos y los arrebatos que integran la pesadilla de los transeúntes. Y también, como vemos, facilita operaciones más ambiciosas y originales, como la de pretextar el caos de un saqueo para alzarse con lo ajeno.
Sería ocioso recordar que uno de los reclamos más sostenidos de la comunidad tucumana, en estos últimos años, se refiere a la seguridad callejera. Es indiscutible que forma parte eminente de esa seguridad disponer las cosas de manera que el intenso movimiento de compra y venta que caracteriza las fiestas se desarrolle sin sorpresas desagradables.
Así las cosas, es de esperar que en los días que siguen y hasta la festividad de Reyes, dado que el público habrá de continuar en la calle haciendo compras, la Policía tome las providencias para que no puedan producirse episodios tan desdichados y dañosos como los del domingo último.







