Entre la tradición y el comercio

Antes de que la Iglesia fijara esta fecha para el nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre era ya, en épocas remotas, la fiesta del Sol. Por Gustavo Martinelli - Redacción LA GACETA.

23 Diciembre 2007
Durante siglos la Navidad ha sido básicamente una fiesta religiosa. Una ocasión para el reencuentro y para las reuniones familiares. Las cenas de Nochebuena y de Año Nuevo siempre representaron, para la gran mayoría de los argentinos, la culminación del rito sagrado cristiano. Sin embargo, en los últimos años, el espíritu tradicional de la Navidad ha sido sustituido por un festejo con sentido netamente comercial, acorde con las nuevas formas de vida. Hoy la celebración no sólo está alejada de sus originales ideales de solidaridad con los más necesitados, sino que el recuerdo del nacimiento de Jesús es una mera anécdota. De hecho, si alguien le pregunta hoy a un niño por qué se celebra la Navidad, seguramente responderá: "porque llega Papá Noel". La tradición ha dado paso a la ficción.
Tan comercial se ha vuelto el festejo, que en Tucumán, la magia navideña se adelantó cuando el Gobierno nuevamente decidió pagar los sueldos antes de fin de mes, con el claro objetivo incentivar el consumo. Y, por supuesto, todos festejaron por adelantado saliendo en masa a gastar lo que ganaron durante todo el año. Incluso los chicos, quienes nada entienden de números, también comparten la algarabía y salen a buscar en el microcentro a las nuevas divinidades de la Navidad. Barbie y Ken reemplazaron a María y a José; los Power Rangers opacaron a Santa Claus y los personajes de Lazy Town o Backyardigans generan tanto furor como los Reyes Magos. Poco a poco, las Fiestas de fin de año fueron limitándose a casi sólo dos ritos: comprar de manera compulsiva los más variados regalos y organizar comilonas dignas del mismísimo Herodes. Como si el mundo fuera a extinguirse el 31 de diciembre, muchos, incluso, arrastran a sus hijos en estas alocadas excursiones, por lo que los niños terminan creyendo que las Fiestas son justamente una carrera de obstáculos en la que los únicos ganadores están siempre detrás de la vidriera. Pero la Navidad encierra un significado mucho más profundo y trascendente. Para empezar, se trata de una fiesta de honda raigambre humana. Lo que se celebra es un nacimiento. Y un nacimiento como deberían ser todos: el de un niño esperado con amor y respeto que lleva sobre sus espaldas la esperanza del mundo. Las escrituras cuentan una historia que desborda poesía y dolor. Se trata de una familia pobre. Tan pobre como muchas familias tucumanas que en esta Navidad sólo tendrán migajas para poner en la mesa. Una antigua balada francesa que inspiró a la escritora Marguerite Yourcenar su inolvidable "Glosa de Navidad", describe a María y a José buscando incansablemente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo. Pero nadie quiere alojarlos. Los dueños prefieren a unos clientes más brillantes y ricos, tal como sucede hoy con aquellos que golpean las puertas de los poderosos. Y, a pesar de ser una festividad plena de gozo, también hay lugar para el dolor: ese pequeño al que se adora en la Nochebuena, será crucificado en la Pascua, recordando a todos que para poder resucitar hay que pasar primero por la cruz. Cuenta Yourcenar que, antes de que la Iglesia fijara esta fecha para el nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre era ya, en épocas remotas, la fiesta del Sol. De allí derivan otras festividades menores como el Día de San Nicolás y de la Candelaria para los nórdicos. Por eso hoy, cuando los pesebres casi no habitan las vidrieras, vale la pena recordar el viejo sentido de la tradición navideña. Esas historias que todos conocen pero que tan fácilmente se olvidan.

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