La crisis del unicato sindical

19 Diciembre 2007
El sistema sindical argentino está atravesando por una descomposición sin precedentes en el propio seno del monopólico régimen corporativo de la Ley de Asociaciones Profesionales y en manifiesta violación del artículo 14 bis de la Constitución Nacional. Esa crisis se expresa en las confrontaciones que dividen a la Confederación General del Trabajo, donde el secretariado es ejercido por el poderoso gremio de camioneros, pero cercado finalmente por un número superior de organizaciones que abandonaron la central, aunque tienen en común la identificación con el kirchnerismo y esperan desplazar al secretario general, Hugo Moyano. A su vez, el Gobierno tiene sus propios intereses en ese conflicto, dividiendo su apoyo por unos u otros sectores. En su discurso de investidura la presidenta Cristina Kirchner aclaró con severidad que no sería parte de ninguna interna sindical, pero tras la reciente confusión provocada por expresiones agresivas del líder camionero, resolvió asistir a un acto de la Uocra en clara distinción de su titular, formulando consideraciones laudatorias. Dijo en esa oportunidad CFK que no hay que tener temor a los trabajadores organizados y reprochó a quienes suponen que las cosas serían más fáciles si los obreros no tuvieran tanta fuerza desde sus organizaciones.
Reflexión acertada si no fuera porque el sistema subyacente en ese pensamiento presidencial es el autoritario unicato o de personería gremial excluyente que hizo tradicionalmente de la CGT una virtual rama sindical del justicialismo y concretamente de sus gobiernos.
Hasta el punto de formalizarse de común acuerdo las campañas electorales e integrar las listas de candidatos políticos con gremialistas con ese origen. A la sombra del sistema con remoto origen fascista -la forza del lavoro- se creó un aparato que finalmente está haciendo crisis y más que para servir los intereses del gobierno con origen ideológico común, los está complicando mediante presiones frecuentemente extorsivas. Por lo demás, los elevados niveles de corrupción a que dio lugar la gerontocracia de muchos dirigentes con perfiles burgueses y empresariales que desmienten las inquietudes específicas de los sectores laborales, hacen de ese fenómeno argentino sin parangón una realidad internacional llamativa. La CGT es la única central formalmente interlocutora del poder reconocida por ley, mediante la ficción de la personería gremial, en tanto que todo intento de asociarse al margen, sólo puede disponer de una personería jurídica formal impidiéndoseles con ello la negociación de acuerdos específicos.
Tal dualidad autoritaria ha sido objeto de numerosos reclamos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En la última oportunidad, se trató de una demanda para eliminar ese régimen monopólico, reconociendo personería plena a toda organización que se encuadre en el artículo 14 bis -libertad de asociación con la mera inscripción en un registro especial- y otras declaraciones que incorpora nuestra Carta Magna. Tal solicitud de la OIT ha seguido a la espera de una respuesta que no llega, mientras la crisis agita al unicato y las protestas sindicales ganan la calle, carentes de la representación gremial que la Presidenta acaba de exaltar como herramienta de progreso. Herramienta afectada por una crisis con testimonios de corrupción individual y estructural y carente de personería institucional confiable para el castigado y diverso mundo laboral argentino. Tratar de reconstruir el unicato constituirá sin duda un error a corto plazo, pues las comunidades laborales están reclamando democracia y transparencia para sus intereses.

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