Un tiempo valioso

El año llega a su fin y se acercan las vacaciones. Qué mejor momento para tomar un libro; ese que todavía espera en un estante. Por Miguel Velardez - Redacción de LA GACETA.

16 Diciembre 2007
En dos semanas se termina 2007. Le propongo un balance… ¿Cuántos libros ha leído este año? Piense, haga memoria, revise bien la cuenta, deténgase un instante, levante la vista y repase las cifras antes de seguir leyendo… ¡Ya sé! Está pensando que no ha tenido tiempo, que es usted una persona muy ocupada, con muchas obligaciones cotidianas. Que le gustaría tener unas horas libres por día para disfrutar de la lectura, pero es imposible, está resignado. Mire, en realidad, esta cuestión de la falta de tiempo para leer, antes que un obstáculo, es una excusa. No se altere, es así. Porque debemos buscar esos momentos. Hay que robar el tiempo para dedicarlo a la lectura, suele aconsejar el filósofo español Fernando Savater. “La pereza del lector es dejar las cosas para mañana -advierte-. El lector perezoso es la persona que dice: ‘yo quisiera leer, pero es que no tengo tiempo’. Pero para ninguna de las cosas hermosas de la vida hay tiempo -insiste-, en el sentido lineal. Nunca está concedido de antemano: uno tiene siempre que arrebatárselo a otras cosas”, asegura.
Cuántas veces nos quejamos por la falta de tiempo. Renegamos porque nos faltan las horas del día para terminar un trabajo, para disfrutar de un café con amigos, para compartir un fin de semana en familia. Vivimos nuestra rutina de manera acelerada. Nos faltan horas de sueño y lamentamos no haber podido frenar unos minutos para levantar el teléfono y llamar a algún pariente a quien, por supuesto, tampoco pudimos visitar. Son tantas, pero tantas las cosas que tenemos por hacer, que siempre queda algo pendiente. Vamos por la vida convencidos de que la falta de tiempo es siempre el mayor inconveniente. Corremos por las calles como si detrás vinieran los toros de San Fermín.
Ahora bien, pensemos qué pasaría si pudiéramos comprar el tiempo; unos minutos, tal vez unas cuantas horas. Si fuese tan simple como ir a la farmacia a comprar una hora y media o dos horas mejor, para no quedarnos cortos de tiempo. Supongamos que nos vendieran una tarjeta con un código para raspar y listo: ya tenemos un par de horas más para usar a nuestro antojo. Imaginemos que también nos ofrecen una promoción que incluya un adicional de ocho minutos. Y que nos permitieran elegir entre horas lentas y horas largas, según el precio. Qué haríamos con ese tiempo extra. Seguramente lo usaríamos de tal modo que al final del día nos faltaría más tiempo todavía. Seguiríamos disconformes, rezongando por las cosas que dejamos postergadas para otro día. Ni hablar de aceptar la lectura como parte indispensable de la cotidianeidad. Recordemos a Borges, que decía: “uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. Pero tampoco debemos darle solemnidad al acto de la lectura, sino recuperar esa actividad como si fuese un juego, sin coartar la idea de una aventura que conduce al descubrimiento.
El magnetismo por la televisión ha relegado el hábito de la buena lectura practicada por el placer de experimentar con mayor fuerza la emoción estética de lo que leemos. Ernesto Sábato nos aconseja con sabiduría: “lean, porque un libro lleva inexorablemente a otro y porque, al hacerlo, aprenderán a rechazar la realidad como un hecho irrevocable”.
Para esta época, el año está muy viejo, encorvado y camina lento. Sabe muy bien que llega a su final. Se acercan las vacaciones. Qué mejor momento para tomar un libro. Lo ideal sería buscar los escritos que garanticen que no pasarán sin dejar una huella. De ese modo, podremos ejercitar el pensamiento y despertar el impulso de encontrar el placer por la lectura. Hagamos el intento; será un valioso tiempo.

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