No respetar el tránsito afecta la vida cotidiana

15 Diciembre 2007
Nadie podría negar que la Municipalidad de San Miguel de Tucumán ha realizado y realiza obras de gran importancia para el progreso y la modernización de nuestra capital. Sin embargo, nos parece que corresponde exponer, junto al elogio, las reservas acerca de un tema que reviste características de central. Nos referimos al tránsito en esta ciudad. Preocupa advertir la existencia de tres infracciones muy significativas en ese rubro. El número creciente con que se producen autoriza la conjetura de que los inspectores municipales no las registran, y por ello no son sancionadas con rigor. En primer lugar, está el cruce de los semáforos en rojo. Automotores de diverso tipo -incluso colectivos- se ha acostumbrado poco a  poco a desdeñar la indicación lumínica de detenerse. Esto ocurre a cualquier hora y, por cierto, a la noche adquiere alarmante frecuencia. Sería ocioso ponderar la gravedad de lo que decimos. En cualquier capital del mundo constituye la falta de tránsito más grave, y se la sanciona con la máxima severidad, ya que representa poner vidas en peligro. Otra infracción riesgosa constituye el hecho de que los conductores ignoran la prioridad que deben otorgar al transeúnte que cruza, a la hora del giro en una esquina. En Buenos Aires, inclusive en la superpoblada avenida 9 de Julio, los autos que doblan se detienen o hacen un rodeo para dejar pasar al peatón. En Tucumán, en cambio, quien gira no disminuye la velocidad y literalmente arroja su vehículo sobre la persona que va cruzando. No se percibe que los agentes municipales hagan ningún gesto frente a esta franca desobediencia a normas elementales de la circulación, donde también está implicada la integridad física de la gente. La tercera infracción destacada es el constante estacionamiento en doble o triple fila. En nuestra ciudad, los conductores hacen uso y abuso de esa costumbre, con la cual trastornan completamente la circulación. Se lo percibe especialmente en las cuadras donde existen establecimientos educativos, a la hora de entrada y salida de los alumnos. O, por las noches, en los sectores donde existen bares o boliches: la calle Santa Fe al 500 ofrece ilustrativos ejemplos de lo que decimos. Agreguemos que en toda esa zona se desarrolla, además, como actividad habitual, otra tarea prohibida como es el lavado de vehículos en la vía pública. El respeto generalizado a la ley antitabaco ha demostrado que, a pesar de la indisciplina social que nos caracteriza en tantos aspectos, es posible lograr la vigencia de una norma. Pensamos entonces que puede extenderse ese respeto a otras disposiciones legales -como las ordenanzas municipales de tránsito- que hasta ahora tienen frecuente condición de letra muerta. La experiencia indica que el imperio de la ley se logra cuando el poder público toma medidas para que ella se cumpla en todos los casos, y sanciona a quienes no lo hagan. Es el criterio que debe seguirse, creemos, respecto a quienes cruzan con los semáforos en rojo, o no respetan la prioridad del peatón en el giro, o detienen sus autos en doble fila. La aplicación de fuertes sanciones al infractor es lo único que creará esa conciencia de respeto a la ley que caracteriza a las comunidades civilizadas. Nuestra capital, que cada día tiene más habitantes y más automotores que desbordan sus estrechas calles, tiene que convencerse de que acatar las normas es la única manera de lograr que miles de personas convivan razonablemente en el espacio urbano. Dista de ser la primera vez que tocamos estos temas. Sería deseable que empecemos a asistir a un verdadero cambio. Será el adecuado complemento de las mejoras que la autoridad municipal ha incorporado a nuestra ciudad en los años recientes.

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