La lección de un turista australiano

24 Julio 2007
Una ciudad es como la propia casa. Si uno encuentra en un hogar basura y ropa tiradas en cualquier parte, las paredes invadidas por la humedad, techos rotos, baldosas deterioradas, un jardín poblado de yuyos, árboles quebrados o secos, seguramente se llevará una mala impresión. Es posible que los habitantes de esa casa se hayan acostumbrado a vivir en medio de la inmundicia y, por lo tanto, ya no presten atención al desorden e incluso este les parezca normal. Lo mismo sucede con una ciudad. El visitante que llega a San Miguel de Tucumán sufre un impacto negativo, especialmente cuando ingresa por el sector sur. El viernes pasado, un ciudadano australiano que había estado hace dos años en Tucumán y que quedó enamorado de esta provincia hasta el punto de tener la intención de fijar su residencia aquí, notó el estado de abandono en que se hallaba la plaza Alberdi. Compró escobas y bolsas, y junto a un artesano amigo se puso a barrer el paseo público y llenaron 17 bolsas de consorcio con basura, incluyendo una rata muerta. El extranjero le contó a nuestro diario que había viajado por una buena parte del mundo y que había visto en Asia ciudades más sucias, pero atribuyó ese hecho a la pobreza y a la populosa población de la mayoría de sus países.
Un vecino señaló que la nueva iluminación de la plaza no es suficiente para evitar las acciones vandálicas que se cometen, mientras que la coordinadora de los talleres artísticos que la UNT dicta en la plaza dijo que en reiteradas ocasiones solicitaron a la Dirección de Espacios Verdes que se hiciera el mantenimiento del lugar, dado que allí desarrolla una parte importante del IX Julio Cultural Universitario y concurre una gran cantidad de gente.
Un funcionario de esa área municipal intentó explicar lo inexplicable. Señaló que ese paseo público, cuyo centro ocupa el imponente monumento que le erigió la escultora Lola Mora a su comprovinciano Juan Bautista Alberdi, tiene un placero asignado que cuenta con todos los elementos necesarios para realizar la limpieza, y prometió investigar lo que había sucedido.
El extranjero, oriundo de Sydney, comentó que hace cuatro décadas sucedía lo mismo en Australia. El gobierno impulsó entonces en las escuelas la enseñanza de lo que hasta hace unos años también ocurría en los establecimientos educativos tucumanos: higiene y urbanidad. Apoyaron el aprendizaje con intensas campañas televisivas y se estableció que un día al año, los vecinos y escolares debían limpiar una plaza o un parque. Estas acciones fueron generando una mentalidad, hasta el punto de que actualmente no se ve ni un papel tirado en las calles.
No es la primera vez que nos referimos a la basura y al penoso mantenimiento de la mayor parte de los paseos públicos de la ciudad. Por ejemplo, las baldosas de la plaza Independencia están tan percudidas que dan una sensación de suciedad permanente. Por un lado, no se entiende que, pese a disponer la Municipalidad capitalina de un plantel de personal sobredimensionado y de que exista una gran cantidad de planes sociales, no haya placeros o empleados que se ocupen del mantenimiento constante de estos lugares que contribuyen a oxigenar y a embellecer una urbe. Por otro lado, la ciudadanía es también responsable de la basura que se arroja en la vía pública. Se trata de generar conciencia y de imitar a los australianos. Tal vez de ese modo, dentro de 40 años no tendremos necesidad de que un extranjero nos haga sentir vergüenza de nuestros malos hábitos y que el “Jardín de la República” luzca limpio y sea orgullo de los tucumanos.

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