22 Julio 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Muy a su pesar, el oficialismo ha puesto en vidriera durante las últimas semanas a personajes dignos de Almodóvar, casi todos estereotipos femeninos que se han mostrado en la pantalla con sus luces, sensibilidades y miserias. Como ocurre en casi todas las películas del realizador español, los hombres resultan periféricos apéndices de esas volátiles mujeres que dominan la escena y son apenas complemento necesario de sus caprichos, virtudes y debilidades.
Si Cristina Fernández de Kirchner, Felisa Miceli, Romina Picolotti y ahora Nilda Garré hoy cumplen el rol de estrellas es porque la mirada del espectador, para bien o para mal, se ha posado en sus coloridos papeles, a expensas de los grises en que han sido sumidos Néstor Kirchner, Alberto Fernández, Guillermo Moreno o aún el recientemente llegado ministro de Economía, Miguel Peirano. Así son las cosas por estas horas.
El problema central del Gobierno para ganar las elecciones es saber a qué ritmo se desarrollará la película desde aquí hasta octubre y si el guión final ya está escrito o si aún quedan por vivirse muchas escenas de deterioro o bien de recuperación de imagen. En este aspecto, la aparición rutilante de la primera dama en su ciudad natal (La Plata) pretendió ser una jugada de contrapeso escénico hacia las otras funcionarias, sospechadas por la Justicia, pero aniquiladas por la opinión pública.
Hay que consignar también, porque ello marca en todo caso un avance que le evitó un desgaste mayor al Gobierno, que más allá del apoyo material que algunas dependencias de la Casa Rosada le prestaron al acto partidario del Frente para la Victoria (acreditación de periodistas, aviso a los canales de parámetros de toma de señal televisiva, etc.) la página web de la Presidencia de la Nación se abstuvo esta vez de consignarlo y ni siquiera lo hizo noticiosamente, como una actividad pública que llevó a cabo Néstor Kirchner. Desde ya, que tampoco aparece allí la transcripción del discurso de la senadora, como sí ocurrió en cada uno de sus varios periplos internacionales, de los que aún se conservan los testimonios gráficos.
Pero más allá de la cáscara que rodeó al acto, de beneficiados y de desplazados por los lugares y del show de papelitos celestes y blancos que han mostrado las fotos, el discurso de la senadora tuvo un eje que no difiere mucho de las experiencias que intentó el Presidente con diversa suerte durante estos cuatro años cuando impulsó la transversalidad y luego la concertación, que fueron calificadas como “hegemónicas” por la oposición. Tampoco se diferencia demasiado de aquellas ideas que el peronismo de Perón siempre tuvo, en cuanto a las “tres patas” que se necesitan para llevar adelante los acuerdos.
Una suerte de imposición
Esta vez, palabras más, palabras menos, y como parte del “cambio”, Cristina habló de una construcción colectiva, más como una imposición que como un pacto y sólo con aquellos que tienen afinidad con las ideas del partido gobernante, lo que automáticamente deja afuera a la oposición política e involucra a sectores gremiales y empresarios arribistas que han hecho de ponerse debajo de la sombra correcta, una bandera. Juan Perón decía que el sillón del ministerio de Economía tenía que ser para los hombres de empresa, como el de Trabajo le correspondía a un sindicalista, experiencia que llevó a cabo en sus tres administraciones, con Pacto Social incluido, de explosivo recuerdo, en su última presidencia. En todo este contexto hay que leer la llegada al Palacio de Hacienda de Miguel Peirano, un hombre al que los sectores industriales le prodigaron un muy flaco favor de arranque con su catarata de adhesiones, muchas de ellas llegadas a las redacciones con pedido expreso de publicación. Este desdibujamiento de origen, lo hizo comenzar al nuevo funcionario con el pie izquierdo, ya que lo obligó a aclarar en una intervención televisiva en un canal de cable que él iba a ser “ministro de todos los sectores” y que no era parte del lobby de la Unión Industrial. Alguno de sus panegiristas hasta llegó a decir que el nuevo ministro iba a pugnar por darle luz y gas a las industrias, en detrimento de los hogares.
El exabrupto, que va a contramano de la política oficial, lo puso en situación de tener que mostrar para la interna, y desde el vamos, una profesión de fe más que explícita con el programa económico del Gobierno y con sus fundamentos (“la década del 90 fue la secuela del proceso militar”, afirmó): tipo de cambio alto, Estado presente para favorecer políticas activas y un no rotundo a la recesión y a la suba de tasas. Del credo oficial, olvidó enfatizar la inclusión social.
Un encuadramiento tan acérrimo, que probablemente le quite de aquí en más buena parte del margen de maniobra que se empeñó en defender (“voy a tomar las medidas de gestión necesarias para cumplir las decisiones políticas del Presidente”, explicó), lo ha dejado demasiado emparentado con la deslucida gestión Miceli y quizás lo obligue a sobreactuar de aquí en más. Sin embargo, esa presentación en TV le trajo otros disgustos mayores, ya que el nuevo ministro señaló lo más campante que la crisis energética no se iba a pagar con reducción del nivel de actividad en términos globales y, sobre todo, que los índices del Indec son confiables. En ambos casos, justificó sus dichos en que las empresas siguen invirtiendo “porque creen que no habrá dificultades”.
El desliz que cometió con los precios le acarreó un montón de disgustos, ya que en vez de expresar que recién se había hecho cargo y que tenía que evaluar la situación -salida de compromiso- el ministro, decidió alinearse con las oscuridades que propicia otros de los funcionarios cuestionados, quien está a punto de desfilar ante la Justicia por la llamada “manipulación” de los índices: Guillermo Moreno.
Los efectos no deseados
El caso es que Peirano no puede desconocer las distorsiones que produce el índice en el cálculo del CER, ni las pérdidas que tienen los bonistas, ni tampoco la erosión de los ahorros que se produce con tasas bancarias mucho más negativas que las que se comparan contra el IPC oficial; tampoco los desvíos que se generan contra las mediciones que se hacen en el interior, ni menos aún que los gremios han arreglado masivamente con el Gobierno un porcentaje de aumento salarial de 16,5% que refleja algo más acabadamente la inflación real. Nada de esto le resulta ajeno al ministro y, sin embargo, ha dicho que los índices son confiables. Por más que haya buscado agradar puertas adentro, lo inoportuno de su declaración lo expuesto ante lo que más le molesta a la gente que hace sus gastos en el supermercado: que la tomen por estúpida.
Sin embargo, alguna explicación puede tener este blooper, ya que Peirano recién había asumido y estaba siendo tironeado por la interna. En la tarde del jueves, tras su reunión con él, había confirmado a través de fuentes confiables la continuidad de Alejandro Barrios en el Indec y a la hora, desde despachos de la Casa Rosada contiguos al Presidente, se estaba desmintiendo la situación. Desconcertado, Peirano fue al canal de televisión y mostró un primer gesto de independencia al confirmar otra vez al titular del organismo. Para contrapesar, cantó loas al control de precios, los que para él fueron cumplidos y dijo lo que dijo sobre los índices. Sus manifestaciones no sólo le pusieron en contra a los técnicos del organismo (también cuestionan las mediciones de la pobreza y de la indigencia, ya que se calculan en función de los índices de precios de la canasta alimentaria), sino que prendieron una luz de alarma entre los economistas, que empezaron a ver cómo sus mediciones sobre la actividad industrial, como secuela de la crisis energética, han comenzado a diferir de las oficiales.
Sobre otro aspecto de ese reportaje, hay que consignar como muy positivo que por fin apareció un funcionario que se animó a hablar del mediano y del largo plazo, más allá de que reconoció que si hay dificultades en el día a día hay que resolverlas con gestión. También se mostró como defensor del diálogo para contrarestar la influencia de los lobbies que, según quienes lo conocen, parece ser una de sus fortalezas más notorias.
“Reconocer la lógica de un rumbo, no significa que se pierda de vista lo que se debe equilibrar”, por lo concreta, fue la frase más lúcida de su primera presentación pública. También Peirano estuvo en primera fila en el acto de Cristina, lo que quizás lo obligue a repasar algunas de sus ideas sobre el diálogo plural, aunque se debe reconocer que, para los estándares del Gobierno, se ha mostrado como un ministro de más largo alcance que un simple interinato de cinco meses. Pero más allá de definiciones operativas e ideológicas hacia el futuro de cambio que le aguarda a los argentinos, salvo en ambientes muy politizados, y sobre todo en el peronismo, el discurso de Cristina -como el reportaje a Peirano- no parece haber conseguido el mismo rating que los escándalos que golpean muy fuerte a la administración y que la exponen también ante la gente desde el ángulo ilevantable de la ineficiencia.
Este ha sido el gran lastre que intentó descargar con su puesta en escena la candidata y aunque se mostró en estatura superior por presencia y formación, aún no queda claro si lo consiguió. Miceli con su bolsa, Picolotti con sus parientes y Garré con sus FAL la han opacado bastante, situación de la que buscará salir airosa seguramente con su próxima y solitaria gira a España, con visita real incluida, y luego a México, en compañía del Presidente.
Por último, y como frutilla del postre de una semana de alta tensión, hay que consignar la frase de Néstor Kirchner para anunciar un nuevo 25 de Mayo, casi como la refundación de la nacionalidad 200 años después, algo que todos los políticos argentinos sueñan realizar para pasar a la historia: “Cristina será el nuevo amanecer de la Patria”, dijo el Presidente. Todo muy almodovariano. (DyN)
Si Cristina Fernández de Kirchner, Felisa Miceli, Romina Picolotti y ahora Nilda Garré hoy cumplen el rol de estrellas es porque la mirada del espectador, para bien o para mal, se ha posado en sus coloridos papeles, a expensas de los grises en que han sido sumidos Néstor Kirchner, Alberto Fernández, Guillermo Moreno o aún el recientemente llegado ministro de Economía, Miguel Peirano. Así son las cosas por estas horas.
El problema central del Gobierno para ganar las elecciones es saber a qué ritmo se desarrollará la película desde aquí hasta octubre y si el guión final ya está escrito o si aún quedan por vivirse muchas escenas de deterioro o bien de recuperación de imagen. En este aspecto, la aparición rutilante de la primera dama en su ciudad natal (La Plata) pretendió ser una jugada de contrapeso escénico hacia las otras funcionarias, sospechadas por la Justicia, pero aniquiladas por la opinión pública.
Hay que consignar también, porque ello marca en todo caso un avance que le evitó un desgaste mayor al Gobierno, que más allá del apoyo material que algunas dependencias de la Casa Rosada le prestaron al acto partidario del Frente para la Victoria (acreditación de periodistas, aviso a los canales de parámetros de toma de señal televisiva, etc.) la página web de la Presidencia de la Nación se abstuvo esta vez de consignarlo y ni siquiera lo hizo noticiosamente, como una actividad pública que llevó a cabo Néstor Kirchner. Desde ya, que tampoco aparece allí la transcripción del discurso de la senadora, como sí ocurrió en cada uno de sus varios periplos internacionales, de los que aún se conservan los testimonios gráficos.
Pero más allá de la cáscara que rodeó al acto, de beneficiados y de desplazados por los lugares y del show de papelitos celestes y blancos que han mostrado las fotos, el discurso de la senadora tuvo un eje que no difiere mucho de las experiencias que intentó el Presidente con diversa suerte durante estos cuatro años cuando impulsó la transversalidad y luego la concertación, que fueron calificadas como “hegemónicas” por la oposición. Tampoco se diferencia demasiado de aquellas ideas que el peronismo de Perón siempre tuvo, en cuanto a las “tres patas” que se necesitan para llevar adelante los acuerdos.
Una suerte de imposición
Esta vez, palabras más, palabras menos, y como parte del “cambio”, Cristina habló de una construcción colectiva, más como una imposición que como un pacto y sólo con aquellos que tienen afinidad con las ideas del partido gobernante, lo que automáticamente deja afuera a la oposición política e involucra a sectores gremiales y empresarios arribistas que han hecho de ponerse debajo de la sombra correcta, una bandera. Juan Perón decía que el sillón del ministerio de Economía tenía que ser para los hombres de empresa, como el de Trabajo le correspondía a un sindicalista, experiencia que llevó a cabo en sus tres administraciones, con Pacto Social incluido, de explosivo recuerdo, en su última presidencia. En todo este contexto hay que leer la llegada al Palacio de Hacienda de Miguel Peirano, un hombre al que los sectores industriales le prodigaron un muy flaco favor de arranque con su catarata de adhesiones, muchas de ellas llegadas a las redacciones con pedido expreso de publicación. Este desdibujamiento de origen, lo hizo comenzar al nuevo funcionario con el pie izquierdo, ya que lo obligó a aclarar en una intervención televisiva en un canal de cable que él iba a ser “ministro de todos los sectores” y que no era parte del lobby de la Unión Industrial. Alguno de sus panegiristas hasta llegó a decir que el nuevo ministro iba a pugnar por darle luz y gas a las industrias, en detrimento de los hogares.
El exabrupto, que va a contramano de la política oficial, lo puso en situación de tener que mostrar para la interna, y desde el vamos, una profesión de fe más que explícita con el programa económico del Gobierno y con sus fundamentos (“la década del 90 fue la secuela del proceso militar”, afirmó): tipo de cambio alto, Estado presente para favorecer políticas activas y un no rotundo a la recesión y a la suba de tasas. Del credo oficial, olvidó enfatizar la inclusión social.
Un encuadramiento tan acérrimo, que probablemente le quite de aquí en más buena parte del margen de maniobra que se empeñó en defender (“voy a tomar las medidas de gestión necesarias para cumplir las decisiones políticas del Presidente”, explicó), lo ha dejado demasiado emparentado con la deslucida gestión Miceli y quizás lo obligue a sobreactuar de aquí en más. Sin embargo, esa presentación en TV le trajo otros disgustos mayores, ya que el nuevo ministro señaló lo más campante que la crisis energética no se iba a pagar con reducción del nivel de actividad en términos globales y, sobre todo, que los índices del Indec son confiables. En ambos casos, justificó sus dichos en que las empresas siguen invirtiendo “porque creen que no habrá dificultades”.
El desliz que cometió con los precios le acarreó un montón de disgustos, ya que en vez de expresar que recién se había hecho cargo y que tenía que evaluar la situación -salida de compromiso- el ministro, decidió alinearse con las oscuridades que propicia otros de los funcionarios cuestionados, quien está a punto de desfilar ante la Justicia por la llamada “manipulación” de los índices: Guillermo Moreno.
Los efectos no deseados
El caso es que Peirano no puede desconocer las distorsiones que produce el índice en el cálculo del CER, ni las pérdidas que tienen los bonistas, ni tampoco la erosión de los ahorros que se produce con tasas bancarias mucho más negativas que las que se comparan contra el IPC oficial; tampoco los desvíos que se generan contra las mediciones que se hacen en el interior, ni menos aún que los gremios han arreglado masivamente con el Gobierno un porcentaje de aumento salarial de 16,5% que refleja algo más acabadamente la inflación real. Nada de esto le resulta ajeno al ministro y, sin embargo, ha dicho que los índices son confiables. Por más que haya buscado agradar puertas adentro, lo inoportuno de su declaración lo expuesto ante lo que más le molesta a la gente que hace sus gastos en el supermercado: que la tomen por estúpida.
Sin embargo, alguna explicación puede tener este blooper, ya que Peirano recién había asumido y estaba siendo tironeado por la interna. En la tarde del jueves, tras su reunión con él, había confirmado a través de fuentes confiables la continuidad de Alejandro Barrios en el Indec y a la hora, desde despachos de la Casa Rosada contiguos al Presidente, se estaba desmintiendo la situación. Desconcertado, Peirano fue al canal de televisión y mostró un primer gesto de independencia al confirmar otra vez al titular del organismo. Para contrapesar, cantó loas al control de precios, los que para él fueron cumplidos y dijo lo que dijo sobre los índices. Sus manifestaciones no sólo le pusieron en contra a los técnicos del organismo (también cuestionan las mediciones de la pobreza y de la indigencia, ya que se calculan en función de los índices de precios de la canasta alimentaria), sino que prendieron una luz de alarma entre los economistas, que empezaron a ver cómo sus mediciones sobre la actividad industrial, como secuela de la crisis energética, han comenzado a diferir de las oficiales.
Sobre otro aspecto de ese reportaje, hay que consignar como muy positivo que por fin apareció un funcionario que se animó a hablar del mediano y del largo plazo, más allá de que reconoció que si hay dificultades en el día a día hay que resolverlas con gestión. También se mostró como defensor del diálogo para contrarestar la influencia de los lobbies que, según quienes lo conocen, parece ser una de sus fortalezas más notorias.
“Reconocer la lógica de un rumbo, no significa que se pierda de vista lo que se debe equilibrar”, por lo concreta, fue la frase más lúcida de su primera presentación pública. También Peirano estuvo en primera fila en el acto de Cristina, lo que quizás lo obligue a repasar algunas de sus ideas sobre el diálogo plural, aunque se debe reconocer que, para los estándares del Gobierno, se ha mostrado como un ministro de más largo alcance que un simple interinato de cinco meses. Pero más allá de definiciones operativas e ideológicas hacia el futuro de cambio que le aguarda a los argentinos, salvo en ambientes muy politizados, y sobre todo en el peronismo, el discurso de Cristina -como el reportaje a Peirano- no parece haber conseguido el mismo rating que los escándalos que golpean muy fuerte a la administración y que la exponen también ante la gente desde el ángulo ilevantable de la ineficiencia.
Este ha sido el gran lastre que intentó descargar con su puesta en escena la candidata y aunque se mostró en estatura superior por presencia y formación, aún no queda claro si lo consiguió. Miceli con su bolsa, Picolotti con sus parientes y Garré con sus FAL la han opacado bastante, situación de la que buscará salir airosa seguramente con su próxima y solitaria gira a España, con visita real incluida, y luego a México, en compañía del Presidente.
Por último, y como frutilla del postre de una semana de alta tensión, hay que consignar la frase de Néstor Kirchner para anunciar un nuevo 25 de Mayo, casi como la refundación de la nacionalidad 200 años después, algo que todos los políticos argentinos sueñan realizar para pasar a la historia: “Cristina será el nuevo amanecer de la Patria”, dijo el Presidente. Todo muy almodovariano. (DyN)







