La realidad trabaja en abierto misterio
Cuando los lazos sociales se debilitan y la fragmentación emerge, las personas se desinteresan por sus semejantes. Por Gustavo Martinelli - Redacción de LA GACETA.
22 Julio 2007 Seguir en 
En su famoso ensayo “El asesinato considerado como una de las bellas artes”, el escritor inglés Thomas De Quincey (1785-1859) describe un particular crimen ocurrido en Jerusalén. La víctima es un sumo sacerdote que es apuñalado, no en la oscuridad de la noche o en la soledad de un callejón, sino a plena luz del día, durante una ceremonia religiosa y en medio de la multitud. De Quincey explica que la luz y las muchedumbres pueden operar a la manera de velos, haciendo que lo más obvio a veces permanezca escondido; como sucede con las cumbres del Aconquija que, a plena luz del día, pueden ser invisibles y secretas. Jorge Luis Borges, en “Textos recobrados” recuerda, a propósito de este planteo, un poema de Macedonio Fernández que dice “la realidad trabaja en abierto misterio”.Estos versos parecen aplicables también a la situación de nuestra provincia. Ciertamente, Tucumán es algo más que un territorio surcado por simples calles que se cruzan en línea recta a los pies del cerro San Javier. En los últimos tiempos, la provincia que acunó el primer grito independentista se ha convertido (para nativos y foráneos) en una suerte de mapa donde las glorias y las miserias se suceden incesantemente a plena luz del día. No se trata de sucesos secretos. Son más bien dramas que, de tan cotidianos, a veces permanecen invisibles. El acostumbramiento ha llegado a tal punto que ya no causa asombro ver a las multitudes gritando en las escalinatas de la Casa de Gobierno o caminando por el microcentro cercado, como por un renovado e imperceptible Muro de Berlín. Tampoco despierta demasiado interés el complejo derrotero que deben realizar los turistas para poder llegar a los puntos más atractivos de la provincia. O el hecho de que las autoridades elijan siempre el receso invernal para realizar las mayores obras de infraestructura. “Se quejan de llenos. Cuando no se hace nada nos pegan y cuando se trabaja, también”, dirán los funcionarios. Puede ser. Pero también es cierto que estamos en tiempos de campaña electoral y, por supuesto, siempre es mejor que los visitantes vean que se trabaja a destajo para mejorar la ciudad. Claro que esto sería digno de elogio si los resultados se vieran en el corto plazo. Pero, a pesar de las constantes aperturas de veredas, las innumerables repavimentaciones y los incalculables arreglos edilicios, las calles de la ciudad siguen ostentando baches, levantamientos y agujeros propios de un territorio en crisis. Ahora bien, esta suerte de abulia provincial tiene una explicación. Según los expertos, el carácter de una persona se forma a partir de una serie de elementos, entre los cuales se encuentran el sentido de pertenencia a una comunidad. Los sociólogos lo denominan el ethos de una comunidad. Cuando este entramado de relaciones (tan complejo como los delicados hilos de una telaraña) se degrada, las conductas de los individuos siguen el mismo camino. En otras palabras: cuando los lazos sociales se debilitan y la fragmentación emerge, las personas se desintegran de sus semejantes y las normas pierden su capacidad reguladora. Tal vez por eso, los turistas que visitan la provincia se asombran de que los tucumanos se mantengan indiferentes ante tanto caos. Pero en esta cuestión no hay un culpable absoluto. La responsabilidad es compartida. Más allá de la ineficacia de las instituciones del Gobierno, la sociedad también da mensajes a través de su comportamiento y de sus valores. Y muchas veces, ese mensaje es tan visible que nadie lo tiene en cuenta.







