Alguien nos está observando
Lejos del universo artificial de la televisión, en el mundo real hay dispositivos que burlan la privacidad y revelan nuestras intimidades. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.
15 Julio 2007 Seguir en 
Hasta hace pocas semanas estuvo en cartelera en nuestra ciudad la película “Paranoia”, en la que se narra la historia de un adolescente que, mientras cumple arresto domiciliario, se entretiene espiando a sus vecinos en un suburbio neoyorquino de clase media alta. Desde su confinamiento, el muchacho cree ser testigo de las andanzas de un asesino múltiple que es intensamente buscado por la Policía. Los seguidores del cine de suspenso y los espectadores de más de 30 años habrán percibido rápidamente en esta historia el eco de la trama de “La ventana indiscreta”, aquel clásico dirigido por Alfred Hitchcock a mediados del siglo pasado con las interpretaciones de Grace Kelly y James Stewart.Lo que destacan ambas realizaciones es el magnetismo que ejerce sobre los seres humanos el acceso a la intimidad de sus congéneres. Sobre esta atracción, que no pocos califican de morbosa, se funda en gran medida el éxito de producciones televisivas como Gran Hermano. Claro que en ese caso debe hacerse la enorme salvedad de que se trata de una realidad ficticia, porque las personas están artificialmente confinadas y -en mayor o menor medida- son conscientes de que todos sus movimientos son minuciosamente captados por las cámaras y grabados. Tampoco debe perderse de vista que se trata de un entretenimiento, de un programa diseñado y producido para desarrollar un impresionante negocio y no de un experimento sociológico o de la divulgación a través de la televisión de una porción de la realidad.
Después de todo, quienes entran en la casa de Gran Hermano saben perfectamente que van a exponer de alguna manera su intimidad durante el tiempo que dure su encierro, mientras que los espectadores, por su parte, deben tener presente que la “realidad” a la que tienen acceso está filtrada por la edición de horas y horas de grabación y por la advertencia explícita que se les hace a los participantes del juego cuando entran a un bloque “en vivo y en directo”. Nada de esto tiene que ver con la pérdida de la privacidad o -lo que es lo mismo- la invasión de la intimidad. Lo que puede resultar sumamente preocupante es lo que ocurre en el mundo real, no en la televisión. En estos momentos, un nuevo desarrollo de internet está en condiciones de mostrar en tiempo real hasta el más recóndito rincón del globo terráqueo. A pesar de las invocaciones en pro de la seguridad que se han hecho en varios países, dentro de muy poco va a ser posible observar en detalle desde cualquier computadora lo que hace nuestro vecino en el patio de su casa o cómo toma sol en su terraza una persona que vive en las antípodas.
A pesar del impresionante desarrollo de los sistemas de seguridad, hoy es imposible certificar absolutamente la privacidad en el universo de datos que circula por internet. Hasta los sitios más seguros pueden ser invadidos por los hackers y la información que contienen, utilizada en perjuicio de su propietario; en nuestro país, además, un inquietante vacío legal impide encuadrar como delictiva esa conducta, claramente violatoria de la intimidad de las personas.
Nuestros antepasados remotos gozaban de escasa privacidad en lo profundo de las cuevas o tenuemente aislados de los demás por las frágiles paredes de sus precarias viviendas. Con miles de años de evolución tecnológica de por medio, vivimos en cajas de cristal; nuestros susurros son amplificados por sofisticados dispositivos y dejamos rastros electrónicos que pueden detectarse a miles de kilómetros de distancia. ¿Hemos progresado?







