La Corte tapó durante un rato los problemas

Según la visión del oficialismo, todo lo feo, lo sucio y lo malo está afuera del Gobierno. Nada de lo que dijo Alberto Fernández logró exculpar a Picolotti. Por Hugo Grimaldi - columnista de DyN.

15 Julio 2007
BUENOS AIRES.- El miércoles pasado, un discurso del presidente de la Nación reforzó la impronta de lo que será el tono de la campaña electoral a favor de la designada senadora Cristina Fernández de Kirchner: ellos contra nosotros. No es novedad, ya que para la visión del oficialismo, todo lo feo, lo sucio y lo malo está afuera del Gobierno y allí están las fuerzas a atacar, los personajes de la vieja política, los que defienden oscuros intereses, los mismos nombres que cuando “uno los toca, atacan, insultan, agravian, descalifican”.
Sin embargo, la gran pregunta a responder desde el plano político y también desde el comunicacional es si ese discurso plañidero de victimización aún cala en la opinión pública o si se lo toma cada vez más como una expresión folclórica, capaz de maquillar apenas las dificultades que el Gobierno vive en media docena de frentes, donde se le está moviendo peligrosamente la estantería: los dislates energéticos, los graves cuestionamientos a dos funcionarias y la manipulación de los índices oficiales que, por lo absurdo, ya se ha convertido en algo kitsch.
En medio de la alegría de las capas medias por la nieve depositada en los jardines de Lomas de Zamora o de Villa Devoto, desborde que no ha podido ocultar la tragedia de las 24 personas que han muerto de frío durante la última semana en el país, o aun de la euforia que han generado hasta ahora Messi, Riquelme y compañía, habría que determinar si esos problemas tan graves que erosionan la marcha de la economía y que empañan la institucionalidad, además han comenzado a reflejar señales de alarma para la propia sucesión presidencial. Además, y como subproducto de aquel primer interrogante, también debería pulsarse si tantas dificultades puestas de relieve en el manejo de todas esas crisis no le quitan credibilidad al Gobierno para imponer como sincero y contundente su discurso por la positiva, el de los logros económicos que tan expresivamente recita el Presidente cada vez que puede. Si se miente y está tan claro en el caso del Indec, por qué creer en todo lo demás, podría estar preguntándose la opinión pública.

A gusto y placer
Lo que queda claro es que las alocuciones de Kirchner trasuntan que él se siente solo en la cancha y que por eso la marca a su gusto y placer, ya que la oposición es tan débil que ha encontrado hasta el momento en esos episodios de desmanejo apenas un salvavidas para justificar su falta de convicción y, buena parte de ellos, el miedo a que los emparenten con los malditos 90.
En este aspecto, el Gobierno se envalentona porque ni por izquierda ni por derecha han aparecido propuestas alternativas a un modelo que, por cierto, tiene aristas más que vulnerables en lo social, más algunos fundamentos que van a contramano del mundo de hoy y que no representan -como no lo hizo la Convertibilidad ni todos sus aditamentos- ni la fe verdadera ni la panacea universal. Por ahora, desde el descrédito, algunos de esos políticos han sido funcionales al propio Gobierno, ya que sólo se han detenido en la cáscara y en sus propias broncas y así lo han dicho, desde San Luis, los dinosaurios del peronismo y lo han repetido luego en almuerzos, radios y desde sus bancas legislativas también algunos representantes del duhaldismo.
En cuanto al análisis del discurso de Néstor Kirchner, también puede apuntarse que la dinámica que han tomado los problemas ha puesto en negro sobre blanco que buena parte de las dificultades que se viven hoy en el Gobierno no sólo tienen raíz externa, como se denuncia, sino en las propias internas de palacio. En algunos casos, esta debilidad adicional se manifiesta por la ocupación de los espacios de poder y en otras por la forma de conducción que despliega el Presidente ya que, sin fusibles, Kirchner es a la vez  jefe de Gabinete, ministro de Economía, de Planificación, secretario de Medio Ambiente, de Comercio, de Energía y titular del Indec.
Al respecto, se hace verosímil -y nunca ha sido desmentida- una eventual sugerencia de su médico personal de que se aleje de la conducción del día a día, ya que su salud no le permitiría afrontar cuatro años más de mandato a este ritmo enloquecedor. Mucho se habla también del trabajo sucio que habría que hacer para encolumnar de aquí en más algunas variables que se han salido de madre, algo que se sabe que no será posible hacer de un plumazo desde ahora hasta octubre, por lo que se especula que la tarea quedará pendiente para el próximo turno presidencial.
En la lista de las delicadas tareas que habrá que abordar están en primer término la adecuación de precios y tarifas, pero también habrá que trabajar en línea con un menor nivel de actividad y poner en orden el uso indiscriminado de los subsidios, junto a los problemas que se generan a partir de allí, en catarata: aumento del gasto y deslizamiento del superávit fiscal que, a la vez que no le ha permitido al Tesoro que ayude al Banco Central a comprar dólares, hace cada vez más necesario el endeudamiento para cubrir vencimientos que, con el país todavía técnicamente en default, lo deja cada vez más a merced de la dependencia venezolana.
Si a todo esto se le agrega que, por lo dicho, la vidriera actual no es la mejor o que aún pueden aparecer nuevas dificultades, más que una explosión, de aquí hasta octubre, es probable que lo que se registre sea una implosión puertas adentro del Gobierno, ya sea por acción del “cristinismo”, que necesitará garantías para que el cambio funcione y no afecte desde el vamos a la primera dama, o quizás por reacción del “nestorismo” que, aún no resignado, podría intentar retomar el timón.
En la semana, la interna se comió ya a un elemento central del Gobierno. Pasó casi inadvertido, pero en una charla pública que mantuvo Alberto Fernández frente a un auditorio de cronistas impedidos de preguntar, mientras acusaba al periodista Claudio Savoia de haber copiado una información que mostraba los desmanejos presupuestarios de la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, el jefe de Gabinete aclaró que el 10 de diciembre terminará su función junto a  Kirchner.
Pese a todos los argumentos de Fernández -Picolotti no pronunció palabra, aunque el viernes le mostró a su personal los cuadros que se presentaron y dicen que no los conmovió siquiera- nada de lo que se dijo allí logró exculpar a la secretaria, ya que se corroboraron una por una las situaciones que describió el periodista. Al mejor estilo presidencial, Fernández cargó contra el mensajero con algunas expresiones de las que seguramente deberá retractarse en los tribunales y contra el diario “Clarín”, que publicó la noticia.
En este aspecto, la salida de Fernández del Gobierno ha quedado compensada con el nombramiento como director por el Estado en Papel Prensa, donde compartirá la mesa de decisiones no sólo con “Clarín”, sino con “La Nación”, otro de los diarios a los que se alude permanentemente desde el atril presidencial.
El jefe de Gabinete tildó a Papel Prensa de empresa “casi monopólica”, y dijo que llegará a su directorio porque “queremos entender bien como opera”, ya que el Presidente “me ha ordenado prestar atención puntualmente”. Una notable singularidad la del Estado argentino que no sabe cómo funcionan sus empresas y sigue creándolas, al estilo de Enarsa, ferrocarriles o de la ya fallecida Lafsa, la única aerolínea del mundo sin aviones. Tampoco el Estado ha dejado durante estos días de interferir en la vida de las empresas privadas, con el cambio de un director en MetroGas, primero desde una posición de fuerza de Guillermo Moreno y con el pedido del mismo funcionario a las petroleras para que suministren combustibles líquidos a taxis y remises y luego a industrias y generadoras al mismo precio del gas que consumen.
En este caso, el chiste salió caro ya que las empresas explicaron que la capacidad de refinación de las destilerías está a pleno y que el único modo de proveer gas oil y fuel oil es importándolo a un precio internacional que considera el valor de más de U$S 70 el barril de petróleo, un viejo anhelo que en otros tiempos fue calificado como extorsivo.
Pues bien, como la necesidad tiene cara de hereje, el Estado se hará cargo de compensar todas las diferencias con un cargo máximo para los contribuyentes de $900 millones, que se calcula que podría ser de la tercera parte mientras dure la emergencia del invierno, aunque equilibrado, sostuvo Julio De Vido al mejor estilo ofertista de Domingo Cavallo, por el mayor nivel de actividad.

Un poco de aire
Ante tantos enredos de entrecasa, el fallo de la Corte que determina la imposibilidad de aplicar el indulto presidencial a favor de quienes cometieron crímenes de lesa humanidad le acaba de aportar al gobierno de Kirchner un poco de aire y un contrapeso que le sirve para disimular un poco todas esas contrariedades del presente y sus delicadas proyecciones. Si bien tan dramática cuestión hoy no es registrada por las encuestas como uno de los principales problemas que mantiene en vilo a la sociedad, al menos por unos días las discusiones pasarán por otros carriles: desde el plano jurídico, sobre la pertinencia del fallo, hasta la más pedestre de entender por qué a los militares sí y a los guerrilleros no.
Lo cierto es que el pronunciamiento judicial le ayuda al Presidente a descomprimir algo un frente que se le estaba poniendo cada vez más crítico en cuestiones sociales, sobre todo desde el lado de las organizaciones de defensa de los derechos humanos, las que ahora vuelven a sentirse protagonistas. Militares genocidas, peronistas con prontuario, diarios extorsionadores y empresarios insaciables. Estos son los enemigos y “contra ellos vamos” es la orden. Al Gobierno sólo le falta preguntarse “y por casa, cómo andamos?” y rezar para que la Argentina le gane a Brasil.

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