El deterioro de la política exterior

14 Julio 2007
La política exterior de un país soberano debe dar en primer término previsibilidad al cumplimiento de sus compromisos, más allá de la duración de sus gobiernos. Por ello es considerada una política de Estado, lo cual no significa que no deba adecuarse en el tiempo a las situaciones cambiantes de la realidad internacional. Sin embargo, desde las restauración constitucional, y especialmente a partir de los años 90, nuestra política exterior fue definida desde la concepción de un solo partido, el justicialista, sin que la corta gestión de la Alianza alcanzara a modificarla. Más aún: por causa de los vaivenes y de las divisiones del PJ, nuestras relaciones internacionales extremaron los personalismos, lo que hizo que se perdiera continuidad, a la vez que fue identificándose con los nombres de los sucesivos presidentes. Gobiernos que imputaron sus problemas y sus errores a los precedentes y marcaron con sus contradicciones las relaciones del país con la comunidad internacional e inclusive la regional, como se observa en el Mercosur. Esa identificación personalista remite, por contraste, a la trayectoria exterior de nuestros vecinos, Brasil y Chile, cuya continuidad en la gestión de las relaciones externa les otorga grados de confianza más allá de sus políticas internas. No importa que el primer mandatario brasileño provenga de un partido muy diferente de los que le precedieron; y el afianzamiento internacional trasandino ha trascendido, más allá de que sus gobernantes hayan sido conservadores o socialdemócratas.El personalismo extremo en nuestro caso ha puesto en contradicción, inclusive, a gobiernos del mismo partido, hasta el extremo de que se ha llegado a paradojales situaciones que provocan deformaciones de la imagen externa del país, amén de inseguridad jurídica. Esa política pendular en las relaciones internacionales está condicionada por las políticas internas de corto y de mediano plazo, y los testimonios son contundentes. Seguramente, el más reciente ha sido la solicitud del presidente Kirchner a su colega de Brasil, Lula da Silva, para que interceda ante la grosera descalificación al Parlamento de su país por parte del caudillo venezolano, Hugo Chávez -“loros del imperio”, los llamó a los legisladores el presidente caraqueño- que además exigió reformas bajo la amenaza de no ingresar al Mercosur. El doctor Kirchner lo hizo a desmedro del protocolo de Ushuaia, que en estos días cumple nueve años, texto en el cual, a petición del gobierno de Carlos Menem, se incluyó la cláusula que impide al acceso al mercado regional de sistemas autoritarios. Chávez acaba de lamentar en Moscú la desaparición de la Unión Soviética y, coincidentemente, la conferencia episcopal venezolana denunció esta semana su orientación marxista leninista.
Mucho indica que los comportamientos estentóreos del chavismo no satisfacen al Presidente argentino, pero las necesidades de financiamiento de su gobierno -que en buena parte satisface Caracas- y los requerimientos gasíferos generados por nuestra grave crisis energética lo impulsan a improvisar en la política exterior, lo que afecta inclusive la regional. Las prolongadas dificultades con Uruguay y la confusa posición en torno de las negociaciones para acordar la defensa del medio ambiente sobre el río Paraná configuran otro testimonio de las ambivalencias a que están sometidas nuestras relaciones internacionales por presión del cortoplacismo de la política interna. La situación se agrava por las urgencias electoralistas y por el escaso rol del Congreso como factor estabilizante de las políticas de estado.
Debe entenderse que son los estados soberanos los que se comprometen en la comunidad internacional y no los  ejecutores temporales de sus políticas internas. Verlo así significa dignificar la República.

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