01 Julio 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- La pared que tanto trabajo le costó levantar al presidente Néstor Kirchner ha comenzado a descascararse. Algún defecto de pintura, signos muy visibles de humedad interior y hasta uno que otro cascotazo recibido desde afuera empezaron a deteriorar, por ahora, sólo la vista de un muro que aún conserva su solidez, pero que comienza a ser percibido desde la política como vulnerable.Como ocurre siempre después de algún cimbronazo, llegaron de inmediato a la escena los que buscan aprovechar ese descascaramiento inicial para plantear de modo más visible las mismas cosas que hasta ahora habían callado por posicionamiento, miedo o interés. Mientras inspeccionaban para verificar si había daños más profundos, algunos empresarios salieron desde debajo de la mesa a expresar su bronca por los cortes de energía a las industrias y hasta el PJ más tradicional amagó con resucitar.
Específicamente para los opositores, el fin del mito de la invencibilidad de Kirchner, que había comenzado a diluirse en Misiones, tomó ahora características de posibilidad tangible de cara a octubre, claro está que ayudada en esta coyuntura por algunos elementos claros de responsabilidad del Gobierno que alteraron el ánimo de la ciudadanía de modo fundamental: la falta de luz y gas, la inflación escondida, los casos de coimas, la declinación del superávit, el corte de la fibra óptica en Tierra del Fuego, etcétera.
En el caso de la economía, la pieza más fuerte de la construcción gubernamental, se verifica también un deterioro creciente, ya que nunca como antes se ha manifestado una sensación de ajuste en ciernes como la actual, más para después que para antes de las elecciones. Lo más grave es que se presume que si hay retoques, estos deberán hacerse con sumo cuidado y de manera progresiva en ítems de mucha sensibilidad: sinceramiento de precios y tarifas, reconstrucción de los números fiscales y, ante la necesidad perentoria de conseguir inversiones, solución completa del default y de la relación con el Club de París, todas ellas situaciones de alta incertidumbre que vienen expresando los precios de los títulos públicos desde hace bastante tiempo. Puestos en perspectiva, los índices de riesgo-país muestran desde comienzos de años notorias mejoras en todos los países de la región y evidente pérdida de posición de la Argentina, que ahora tiene un riesgo que ha subido a contramano del resto, más allá de las últimas bajas de cotizaciones atribuidas a ventas venezolanas. Sobre estas operaciones, algunos analistas las estiman como especulativas, aunque en ambientes diplomáticos se está analizando si pueden ser consideradas también como poco amistosas, tras los ruidos regionales que Hugo Chávez tiene con el Mercosur y su ausencia en la Cumbre de Asunción.
A la hora de buscar las motivaciones del voto opositor, también habría que computar que uno de los grandes derrotados del domingo pasado ha sido el estilo del Gobierno y su modo permanente de trabajar para el cortísimo plazo y barrer los problemas debajo de la alfombra, sin contar la permanente subestimación oficial de la intelectualidad de los ciudadanos en los casos de los índices de precios y la crisis energética. Un punto que hay que marcar también como muy negativo es la paupérrima canalización de la derrota, derivada hacia los terrenos de la soberbia, que hizo Daniel Filmus. En suma, la percepción de Kirchner de que la gente se aguanta cualquier cosa porque quiere un presidente fuerte que no huya en helicóptero y que por eso sus admoniciones de atril parecían agradarle a la mayoría se ha caído como un piano, ya que los votantes porteños y fueguinos parecen haberles dicho a las autoridades que no se debe confundir fortaleza con prepotencia, ni mucho menos consenso con pretensiones hegemónicas.
Desde adentro y afuera
Políticamente, las dos palizas electorales del domingo pasado le agregaron, en todo caso, la frutilla por encima a un postre que la oposición venía paladeando lentamente, aunque no tanto por virtudes propias, sino por defectos de la propia construcción política del kirchnerismo. Desde adentro y desde afuera del Gobierno, todos quieren apurarse a verificar si la caída de la pintura no obedece también a grietas profundas, que vienen desde las bases de la construcción.
Aquel pecado inicial del 23% de los votos, ya lejano en el tiempo, redimido luego con las legislativas de 2005, que entregó cerca de 40% a los candidatos del Presidente, no podría ser considerado a estas alturas como una falla en los cimientos. Probablemente menos firme fue todo lo que vino después, en las primeras hileras de ladrillos.
En estos menesteres, Kirchner nunca logró plasmar de modo acabado una estructura sólida, ni por el lado de la casi olvidada transversalidad, ni tampoco por la concertación plural entre iguales que imaginó después, construcción muy dependiente de los recursos económicos para sumar voluntades, que probablemente se mantendrán mientras haya billetera.
En cuanto a la transversalidad, habría que matizar diciendo que algo de razón pudo tener allí el Presidente, ya que en las últimas elecciones porteñas los ciudadanos parecen haber querido alinearse entre izquierdas y derechas, sin que les haya importado su propia tradición peronista, radical o socialista. Claro está que en la Argentina estas líneas de acción han tomado un camino bien particular, lleno de los vericuetos propios de la idiosincrasia local que esconden etiquetas que creen vergonzantes.
Así, Mauricio Macri nunca se definió como conservador, ni Carlos Heller como izquierdista, ni mucho menos se ha definido Roberto Lavagna, quien usa el eufemismo del centro-progresismo para ubicarse políticamente. En tanto, el Gobierno, que se dice progresista para no quedar mal con un amplio espectro que lo apoya desde la izquierda, generalmente muestra rasgos conservadores y populistas a la vez, muy en línea con lo más rancio de la doctrina de Perón. Este es el espíritu de incertidumbre que prima en el alicaído Frente para la Victoria (FPV), el espacio formal que se manifestó en el armado después de la transversalidad y la concertación, para consolidar la situación desde las estructuras. Sin embargo, durante este año el FPV no ha logrado aún ganar ninguna elección e hizo un papelón manifiesto en la pulseada porteña, donde sacó en la primera vuelta apenas 11 y pico por ciento de los votos.
Ante la percepción de la debilidad, el mismo domingo por la noche, tras el ballottage, los rumores ya habían invadido las redacciones de la mano de declaraciones de Ramón Puerta (“Daniel Scioli es el único que le puede ganar a Kirchner”), mientras las operaciones cruzadas se sucedían, abonadas por una reunión del vicepresidente con José Manuel de la Sota, jefe del peronismo cordobés. En paralelo, los Rodríguez Saá armaron un encuentro partidario en San Luis, Carlos Menem decidió pelear la gobernación riojana y el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, impidió con bombos y platillos que la empresa eléctrica que abastece a la provincia le corte la luz a las industrias, tal como se le había ordenado desde Buenos Aires.
El peronismo tradicional
En cuanto a las versiones de la semana, si bien se había elegido al candidato a gobernador bonaerense como protagonista central, cambiando su papel de aliado a contrincante del kirchnerismo, el fondo de la cuestión quiso mostrar que el peronismo tradicional volvía a dar pelea y que con ellos estaban, en situación expectante, los intendentes del Conurbano.
No obstante, estos personajes, aceitosos siempre a la hora de mostrar lealtades, pero que por ahora siguen jurando lealtad a la Casa Rosada, no han dejado de mostrarse críticos de verdad ante la posibilidad de que la candidata oficial para octubre sea una pingüina, Cristina Fernández, ya que no les gustaría lidiar con una mujer intelectualmente difícil de tratar y a quien no ven para nada comprometida con sus métodos de hacer política. Las declaraciones críticas de Eduardo Duhalde, aunque este luego pareció abrirse de cualquier escenario electoral, le echaron más leña a un fuego que el entorno de Kirchner y el mismo Presidente inmediatamente trataron de apagar, edulcorando a Scioli y pidiéndole definiciones de lealtad que recién el vicepresidente realizó este fin de semana, a través de reportajes en medios gráficos. Esa irrupción en tropel de las viudas del peronismo, aunque no se concrete finalmente, le podría abrir una fisura más al Gobierno, quien sigue confiando en ganar en primera vuelta, pero sobre todo sustentado en los votos que le debería aportar la provincia de Buenos Aires y en ella, el carisma de Scioli, que mide más que el mismo Presidente. Es en este distrito, donde ha decidido poner Néstor Kirchner toda la carne sobre el asador, de cara a octubre.
Mientras tanto, Mauricio Macri se debe estar preguntando a estas horas cómo hacer para llegar a diciembre sin desgaste, mucho más que Jorge Telerman, a quien no le cierran los números, pero sabe que ha entrampado al PRO en esta historia de la transición. La confección conjunta del presupuesto 2008 en todo caso es una anécdota, si todavía no se resuelve el déficit del actual.
Macri deberá decidir si este será un tiempo de meros ejercicios en una mesa de arena o si aprovecha para encauzar al menos cuatro temas que le quitan el sueño: lograr que se le transfiera a la Ciudad con cierto presupuesto parte de la Policía (comisarías), empezar a echar ñoquis, fijar nuevas reglas de juego para evitar cortes de calles y reglamentar el trabajo de los cartoneros. Cada uno de los problemas tiene varios bemoles, ya que detrás de los mismos hay muchas cajas que desactivar y habrá seguramente otras tantas operaciones políticas y mediáticas que salvar, producto de la resistencia de aquellos a quienes, si Macri se anima, le duelan de verdad los callos pisados. Aun con la fuerza de los votos, el problema central del jefe de Gobierno electo es que quizás, cuando le llegue el momento de asumir, el envión inicial de los primeros 100 días probablemente ya se haya diluido. (DyN)







