Mentiras y discriminaciones
El genial Picasso decía que la única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira. Por Luis Mario Sueldo - Redacción de LA GACETA.
01 Julio 2007 Seguir en 
Un chiste gráfico muestra a un tipo hablando por celular: “ya sé que la primera cita es fundamental... Pero no te preocupés, Ani, intentaré ser lo menos yo posible...”. Los griegos escribieron que el hombre es lo que oculta. Ese travestismo puede estirarse mucho tiempo, pero, en algún momento, el disfraz cae por su propio peso. Los artistas -los verdaderos- manejan ese rol con libertad y sin aristas peyorativas. Picasso apuntaba que la única misión del artesano en estas lides es convencer al mundo de la verdad de su mentira. Nada que ver con algún ingeniero trucho, claro. Los machistas aseguran que las mujeres mienten tan bien que ellas mismas terminan creyendo lo que dicen. Ciertos analistas políticos aseguran que, de alguna manera, en este país todos somos peronistas. ¡Vade retro!, exclaman los que se ubican en las antípodas. Sin embargo, en las ya más de seis décadas de la aparición de este movimiento, no son pocos los identificados con posiciones “elitistas” que se colgaron, y se cuelgan, del saco populista para llevar agua a sus molinos. Ultimamente salieron a la palestra personajes que pretenden hacer creer que desaparecieron las ideologías. “Ya no hay izquierdas ni derechas”, acentúan. No es necesario ser demasiado perspicaz para darse cuenta de las intenciones solapadas. Aunque la gente casi siempre vea lo que quiere ver, la única verdad es la realidad. Si Dios no existiera estaríamos en un callejón sin salida porque no tenemos la menor capacidad para entender muchos misterios. Y no sólo los místicos. Los seres humanos solemos pendular peligrosamente entre la hipocresía, los prejuicios y el racismo. También el karma de cumplir con el sueño del acopio, el rigor del estatus competitivo y el consumo se constituyen en asignaturas inexorables.
Un fenómeno que crece es el de la discriminación. Sondeos recientes revelan que más del 80 % de los porteños están convencidos de que en el país existen fuertes prácticas de estigmatización del que consideran que es distinto. El tema inquieta aún más cuando el 70 % declara haber sido indiferente frente a estos hechos. Habría que preguntarse qué es lo que lo hace a uno tan manso en estas situaciones: ¿la mala memoria, la comodidad o la cobardía? Los encuestados coincidieron en que las personas de escasos recursos se encuentran entre las más discriminadas por la población en general, pero la nacionalidad y el aspecto físico encabezan el ranking. Pero, así como la seducción de lo prohibido puede hacer tambalear al más casto, no es menos cierto que de una manera u otra todos discriminamos. Ocurrió desde siempre. Tal vez el inefable Roberto Pettinato tenga razón al sorprenderse cuando piensa: “en la actualidad, el mejor golfista del mundo es negro, el mejor rapero es blanco, el basquetbolista más alto de la NBA es chino y la vedette más impactante de mi país... ¡es un gran amigo mío!”. La cantidad de norteamericanos que se dicen a sí mismos “multirraciales” se ha achicado notablemente esta década, una estadística que desafía expectativas en un país crecientemente diverso. “Hay mucha presión de la sociedad para que uno elija una raza”, explican psicólogos de ese país. La condición humana se mueve entre lacras y virtudes.
¿Sería descabellado un debate respecto del tema civilización sobre qué habría ocurrido si los aborígenes americanos hubieran sido los que invadían y colonizaban Europa y no al revés?
Goethe dejó asentado: “Nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos”.







