El tiempo del carnaval y la plaza como escenario

El oficialismo no tolera las manifestaciones populares frente a la Casa de Gobierno. Las protestas, en definitiva, denuncian el fracaso de un modelo y la vigencia de la vieja política. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

28 Junio 2007
En “La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento”, el pensador ruso Mijail Bajtín (1895-1975) sostenía que la expresión auténticamente popular tenía un tiempo y un espacio por excelencia. El tiempo era el carnaval, cuando el pueblo transgredía las normas, subvertía el orden e invertía los roles y hasta los derechos. Y se farsaba de los poderosos con sus murgas, sus máscaras, sus comparsas, sus personajes que satirizaban a los gobernantes, sus saltimbanquis. El espacio de ese “tiempo fuerte” era, nada menos, la plaza pública.
Esta concepción de Bajtín mereció una crítica certera. Toda esa transgresión era sólo aparente, porque era el poder, en definitiva, el que había establecido que ese era el “cuándo” y el “dónde” los miembros de la sociedad tenían licencia para exteriorizar su descontento. De modo que no son momentos y espacios libertarios, sino que están acabadamente aceptados. Tolerados. Normados.
En el Tucumán de la premodernidad, la plaza Independencia ni siquiera cumple esa formalidad. El Gobierno no soporta la menor protesta en contra de sus políticas. En rigor, el alperovichismo parece haber heredado de su padre político, el mirandismo, una suerte de aversión por esos 10.000 metros cuadrados frente a la Casa de Gobierno. Por esa manzana inmanejable. Durante la gestión anterior, patotas prooficialistas la custodiaban. Ahora, del tema se ocupa la Policía. Pero el fondo del asunto es el mismo: la plaza pública también es ajena a esta gestión.
Tanto es así que, desde 1999, cada vez que pueden, extirpan ese paseo de la agenda pública. Para las fechas patrias, Julio Miranda se llevaba al macondino Fernando de la Rúa al parque a ver desfiles. José Alperovich tiene otro estilo. Hace un mes, para la visita de gobernadores de Brasil, declaró el centro en estado de sitio. Ahora, piensa seriamente en mudar la conmemoración de la Independencia lejos de la plaza homónima. No sea que una protesta empañe la visita del ya opacado Néstor Kirchner. Ese Presidente al que lo derrotan en las provincias patagónicas, donde lo conocen bien.
Ahora bien, ¿por qué la urticaria oficial por la plaza pública y por las manifestaciones populares? Una primera respuesta podría consistir en que el alperovichismo no es renacentista. Pero hay causas políticas todavía más profundas y que refieren a que el pueblo no va a la plaza a mofarse del gobierno, sino a denunciarlo.
Los jubilados transferidos, para tomar un ejemplo concreto, denuncian que el “modelo” alperovichista no es, precisamente, un éxito. Un “modelo” es un sistema económico y político que sirve, sustancialmente, para acumular, producir y distribuir. Nada de eso ocurre, seriamente, en Tucumán.
La provincia de los mentados récords de recaudación y de coparticipación federal no ha menguado la deuda pública: por el contrario, la incrementó y ya a fines del año pasado superaba el presupuesto general del Estado. Sólo se acumula endeudamiento.
La política fiscal es una de las más recesivas del país y no está pensada para alentar la producción. Se gravan actividades agrícolas que no pasan por un buen momento, o que apenas están consolidándose, con impuestos medievales como los ingresos brutos. En rubros como el transporte, cada vez más empresas adquieren propiedades en Salta para patentar ahí sus vehículos: la diferencia de lo que pagan en el impuesto automotor es tal  que algunas, por bimestre, ahorran el equivalente a un camión 0 km.
Y la distribución de riquezas es tan nula, que el 10% de los que más tienen acumula 33 veces más que el 10% de los que menos ganan. Ahí se inscribe el reclamo de los jubilados transferidos, a los que aún no les explicaron por qué les niegan el 82% móvil, si apenas representa el 1% del presupuesto provincial.
La intolerancia violenta contra el reclamo de los ancianos denuncia también el peso que todavía tiene, aquí, el pasado autoritario. Sus resabios no sólo consisten en reprimir protestas: tienen que ver, también, con haber reformado la Constitución sin contribuir, ni un ápice, en encaminar a la provincia hacia mejores niveles de calidad democrática y fortalecimiento institucional. Por el contrario, se ensañaron con la Justicia y con su independencia. Para qué hablar del respeto del disenso y de la búsqueda de consensos. El que marcha de rodillas a mendigar acoples o espacios en la lista oficial “trabaja fuerte” por Tucumán. El que se queja, quiere muertos en la plaza.
La misma plaza que, a partir de un grupo de viejos que no se callan, denuncia la vigencia plena de la vieja política. Si el desafío de profundizar la democracia consiste no sólo en desarmar las estructuras vetustas, sino también en diseñar nuevos esquemas de participación, la provincia está en problemas: aquí ni siquiera desmantelaron el viejo régimen.
Luego, la mentada reforma del Estado presenta situaciones contrastantes. El Gobierno que niega a los jubilados una recomposición de haberes decretó para sus ministros sueldos que multiplican por 20 la jubilación mínima. Proclaman reducir al 50% el presupuesto legislativo, pero acuerdan aumentar un 300% la dieta de sus miembros. Se encaran loables foros sobre “gobierno electrónico” y herramientas para poner datos del Estado a disposición del ciudadano, pero coartan una ley de acceso a la información pública. Hablan de nueva política, pero vetan las sanciones contra las prácticas clientelares.
Así, con sus actos, el Gobierno transgrede su discurso, subvierte sus propuestas, invierte los roles que proclama y hasta los derechos que reivindica. Es como si se parodiase a sí mismo. Como si el carnaval, a despecho de Bajtín, no estuviera en la plaza, sino frente a ella.

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