25 Junio 2007 Seguir en 
El nuevo título internacional obtenido por Boca Juniors devolvió parte del protagonismo que el fútbol argentino perdió en años recientes en el contexto mundial. Justamente esa falta de buenos resultados para un país reconocido por ello y por ser generador de grandes jugadores resultó un hecho llamativo que esta vez, al menos, tuvo un paliativo. Se sabe que al fútbol argentino no sólo lo representan la Selección y las estrellas que disputan las ligas de Europa. También lo hacen los equipos que juegan copas continentales, sus dirigentes y sus hinchas. Todo está concatenado en una exigencia que los enfrenta a clubes de otros países y que despierta permanentes desafíos.
Es el club de La Ribera el único que logró defender en los últimos cinco años el prestigio nacional del más popular de los deportes, con triunfos en las copas Libertadores, Sudamericana e Intercontinental y también en la Recopa. Y lo hizo con distintos cuerpos técnicos y con un permanente recambio de jugadores. Los nuevos, no obstante, fueron imbuidos rápidamente del fuego sagrado que los “xeneizes” tienen encendido por historia y que los lleva a buscar permanentemente nuevas metas. A la par de esto, de alguna manera, quedó también en evidencia una encomiable tarea dirigencial ya no sólo al momento de elegir a los hombres que representaron al club, sino también en la coherencia de mantener bien alto los objetivos del club y conducirlo bajo un presupuesto medido y sin locuras.
Esta conquista de Boca llega justamente a pocos días de un nuevo desafío para la Selección argentina, que jugará en Venezuela la Copa América. Desde 1993, el equipo no consigue alzar el trofeo mayor en el torneo de selecciones más antiguo del mundo y por ello buscará, con nuevos bríos, romper con tantos años de frustración. En un nivel más amplio, su último gran festejo lo tuvo en 2004, cuando obtuvo la medalla dorada de los Juegos Olímpicos de Atenas. Y en el medio, los fracasos de los Mundiales desde 1994 hasta 2006.
Muchos se preguntaron en los últimos tiempos por qué motivos la Selección dejó de ser un equipo que pudiera plasmar en el campo de juego el enorme caudal técnico de los jugadores que se forman en las canteras de los clubes. Sobre todo, porque muchos de ellos lograron grandes éxitos individuales en competencias prestigiosas de Europa.
Los analistas coinciden en que, en 1978 y en 1986, años de los Mundiales ganados, primó el orden, un plan de trabajo y el histórico talento criollo. En 1990, con el subcampeonato en Italia alcanzado pese a tener un equipo diezmado, la estrategia fue el gran secreto para llegar a la final. Lo que siguió en el tiempo fue un compendio de errores, que incluyó la dependencia del juego a lo que hiciera o dejara de hacer Maradona, a la europeización del dibujo táctico, a la desaceleración del juego y su lateralización, a la inadecuada conducción de los planteles e incluso a la subestimación a la envergadura del desafío por enfrentar.
Queda claro que el fútbol de hoy ya no es sólo apelar al toque, a la gambeta, a la búsqueda del arco contrario o a contar con una buena defensa y un mejor mediocampo. El deporte guarda en sí mismo un complejo esquema en el que importan hasta detalles ínfimos, que pueden hacer cambiar el modo en que un equipo se alista en el campo de juego.
Con todo, lo de Boca bien puede tomarse como un ejemplo de efectividad, de buena planificación y de mantenimiento de un ideal. Imitar esos aspectos del trabajo, más allá de los colores partidarios, sería óptimo. Y para no herir susceptibilidades, que el estilo de juego quede bajo libre albedrío.
Es el club de La Ribera el único que logró defender en los últimos cinco años el prestigio nacional del más popular de los deportes, con triunfos en las copas Libertadores, Sudamericana e Intercontinental y también en la Recopa. Y lo hizo con distintos cuerpos técnicos y con un permanente recambio de jugadores. Los nuevos, no obstante, fueron imbuidos rápidamente del fuego sagrado que los “xeneizes” tienen encendido por historia y que los lleva a buscar permanentemente nuevas metas. A la par de esto, de alguna manera, quedó también en evidencia una encomiable tarea dirigencial ya no sólo al momento de elegir a los hombres que representaron al club, sino también en la coherencia de mantener bien alto los objetivos del club y conducirlo bajo un presupuesto medido y sin locuras.
Esta conquista de Boca llega justamente a pocos días de un nuevo desafío para la Selección argentina, que jugará en Venezuela la Copa América. Desde 1993, el equipo no consigue alzar el trofeo mayor en el torneo de selecciones más antiguo del mundo y por ello buscará, con nuevos bríos, romper con tantos años de frustración. En un nivel más amplio, su último gran festejo lo tuvo en 2004, cuando obtuvo la medalla dorada de los Juegos Olímpicos de Atenas. Y en el medio, los fracasos de los Mundiales desde 1994 hasta 2006.
Muchos se preguntaron en los últimos tiempos por qué motivos la Selección dejó de ser un equipo que pudiera plasmar en el campo de juego el enorme caudal técnico de los jugadores que se forman en las canteras de los clubes. Sobre todo, porque muchos de ellos lograron grandes éxitos individuales en competencias prestigiosas de Europa.
Los analistas coinciden en que, en 1978 y en 1986, años de los Mundiales ganados, primó el orden, un plan de trabajo y el histórico talento criollo. En 1990, con el subcampeonato en Italia alcanzado pese a tener un equipo diezmado, la estrategia fue el gran secreto para llegar a la final. Lo que siguió en el tiempo fue un compendio de errores, que incluyó la dependencia del juego a lo que hiciera o dejara de hacer Maradona, a la europeización del dibujo táctico, a la desaceleración del juego y su lateralización, a la inadecuada conducción de los planteles e incluso a la subestimación a la envergadura del desafío por enfrentar.
Queda claro que el fútbol de hoy ya no es sólo apelar al toque, a la gambeta, a la búsqueda del arco contrario o a contar con una buena defensa y un mejor mediocampo. El deporte guarda en sí mismo un complejo esquema en el que importan hasta detalles ínfimos, que pueden hacer cambiar el modo en que un equipo se alista en el campo de juego.
Con todo, lo de Boca bien puede tomarse como un ejemplo de efectividad, de buena planificación y de mantenimiento de un ideal. Imitar esos aspectos del trabajo, más allá de los colores partidarios, sería óptimo. Y para no herir susceptibilidades, que el estilo de juego quede bajo libre albedrío.







