La guerra y la poesía
Una experiencia reveladora sería ver qué harían aquellos que imponen una realidad cambiada, en caso de enfrentarse con las cosas tal cual son. Por Carlos Werner - Redacción de LA GACETA.
24 Junio 2007 Seguir en 
Quizás no consigan el rating de “Bailando por un sueño” ni despierten el interés inconducente que generan “Gran Hermano” o el programa de Susana. Pero hay tucumanos que lograron un éxito con sólo imponer la idea de una realidad cambiada a su antojo. Sin cámaras que los sigan, hacen su propio reality. Por ello, ver qué harían si alguna de las cosas que dicen y hacen no son como pretenden que sean sería una experiencia reveladora.Por caso, se podría probar si las autoridades de Educación pasan con entereza el examen de tener que ir todos los días a un baño de escuela pública. Más aún: si aguantan escuchar clases en las aulas heladas o hacer el mantenimiento de los edificios por el mismo sueldo que se recibe por enseñar.
Un test de paciencia se reservaría para los que autorizan a ciertos taxis y remises a circular. Tendrían que hacer un viajecito -sin amortiguadores el auto y con los neumáticos cuadrados-, por cualquier barrio fuera de las cuatro avenidas, ida y vuelta y en horario pico. Parte II de la prueba: subir a un auto rural compartido y sumar kilómetros en la ruta 38, con cinco o seis compañeros de viaje, codo a codo.
Los que mandan a sincronizar los semáforos tienen circuitos para elegir. El más enriquecedor sería un intento de transitar de punta a punta la avenida Roca, con onda verde. Con el agregado, para los que deciden las tareas de bacheo, de recorrerla sin perder la sonrisa aunque los pozos golpeen duro.
Las pruebas aparecen en cantidad y sin calidad. A los agentes de tránsito, les queda tratar de pasar por frente de una escuela a la hora de entrada y salida de los chicos (sin talonarios de boletas de infracción en el bolsillo). A los dueños de empresas de colectivo, viajar detrás de algunas de esas unidades que despiden ese aroma tan... asfixiante.
Y si de olores se trata, para los dueños de ingenios, curtiembres y citrícolas, el examen es tratar de vivir en un country a la vera del río Salí o del Chirimayo. Otra pruebita de supervivencia quedaría reservada para los dueños de las carnicerías -sobre todo las céntricas- que deberían quedarse parados en las veredas de sus negocios a la hora en que sus empleados realizan la limpieza, tirando a la calle esa agüita nauseabunda y de colores tan... extraños.
Para los que gustan de las mascotas -mientras las atienda otro- el examen es pasar por medio de las jaurías vagabundas de la periferia o soportar la gatería que corretea alegremente por las noches sobre los techos de chapas de zinc de las “soluciones habitacionales” que el poder de turno entrega. De paso, no queda mal invitar a políticos y favorecedores a tratar de superar la prueba de vivir en esos sitios con paredes sin revocar, puertas de chapa, aberturas de hojalata y contrapiso rústico, un foco para dos ambientes y el goteo de las canillas oyéndose como un martirio. Y a los que hablan de un Tucumán con menos pobreza y más oportunidades de trabajo, les toca tratar de decirlo frente a los asentamientos precarios y frente a las largas colas que se forman cuando un simple quiosco busca empleado y se presentan 2.000 postulantes.
Al “Jardín” lo invadió la maleza. Y en este escenario agreste, el show sin cámaras que algunos se hacen, tiene felizmente a la voz de la conciencia de los demás, que dice casi susurrante: “La realidad duerme sola en un entierro, y camina triste por el sueño del más bueno. La realidad baila sola en la mentira y en un bolsillo tiene amor y alegrías, un dios de fantasías, la guerra y la poesía”... (¡gracias León Gieco!)







