23 Mayo 2007 Seguir en 
Entre 1890 y 1930 llegaron a la Argentina seis millones de emigrantes, la segunda corriente americana inmigratoria, después de los Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, se produjo durante una década una nueva etapa, impulsada por las consecuencias sociales y económicas en Europa. A partir de los últimos 30 años un fenómeno inverso comenzó a insinuarse con la emigración de argentinos, acentuado en la crisis de hace un lustro por la prolongada incertidumbre sobre la situación socioeconómica que tuvo por símbolo al “corralito”. Al viejo refrán según el cual nadie es profeta en su tierra, habría que agregarle que especialmente en la nuestra, a pesar de su gran riqueza potencial y de las calidades del argentino medio que se ha sentido desamparado ante un futuro incierto y en tantos casos debió partir en la búsqueda de otro destino. Un informe sobre tan paradójica circunstancia del Instituto de la Empresa de España, relacionado con la situación de los inmigrantes latinoamericanos en la península, aportó por vez primera una interesante referencia: los argentinos son los inmigrantes más emprendedores, manejando negocios por mil millones de euros en 21.000 empresas e iniciativas. En ese sentido y en capacidad de trabajo y ahorro, superan incluso a los españoles, alcanzando esas actividades a 15 de cada 100, en tanto que aquellos mantienen una tasa del 7%.
La iniciativa de los argentinos y sus capacidades como emprendedores en la proporción señalada, según comentan los analistas de la estadística, se estimulan en un escenario socioeconómico que crece desde hace años a tasas de interés bajas y con posibilidades sostenidas de crédito. Otra gran proporción de inmigrantes con el mismo origen trabajan vinculados a esos compatriotas. Uno de los investigadores de ese fenómeno, precisamente argentino, señala que la situación, ahora conocida mediante dicho informe, se produce cuando nuestro Gobierno está tratando de atraer inversiones españolas, a la vez que es de lamentar que esos esfuerzos fructíferos de compatriotas no hayan sido posibles en su país, que dilapidó la calidad de su capital humano, seguramente el recurso más importante. Ha sido una emigración lenta, pero creciente, y el informe se refiere en el caso argentino a quienes obtuvieron residencia legal en España, pues sin ella no sería posible emprendimiento alguno. Se desconoce por cierto el número de emigrantes de nuestro país carentes de residencia formal, pero que se desenvuelven en un marco de relativa tolerancia. Emigrantes que a ninguna autoridad argentina parecen preocupar y de cuyos alejamientos forzados por las circunstancias socioeconómicas han sido sucesivamente responsables. Sería muy satisfactorio que, al igual que hubo un tiempo en que largas filas de argentinos aguardaban poder acceder a los consulados españoles e italianos, se diera una situación inversa en nuestras representaciones, de quienes no han tenido la misma suerte. Este es un punto que no figura en ninguna agenda oficial ni en discurso alguno en procura de votos para acceder al poder. No debe olvidarse que se trata, más que de emigrantes, de expulsados del infierno al que suele aludirse desde el poder. Son muchos los argentinos que aspiran al regreso por problemas de residencia y que desean reincorporarse al padrón activo del país, sin disponer de recursos para hacerlo. No se trata, claro está, de prebendarlos, sino de ayudarlos mediante el crédito de buena fe debidamente controlado.
La iniciativa de los argentinos y sus capacidades como emprendedores en la proporción señalada, según comentan los analistas de la estadística, se estimulan en un escenario socioeconómico que crece desde hace años a tasas de interés bajas y con posibilidades sostenidas de crédito. Otra gran proporción de inmigrantes con el mismo origen trabajan vinculados a esos compatriotas. Uno de los investigadores de ese fenómeno, precisamente argentino, señala que la situación, ahora conocida mediante dicho informe, se produce cuando nuestro Gobierno está tratando de atraer inversiones españolas, a la vez que es de lamentar que esos esfuerzos fructíferos de compatriotas no hayan sido posibles en su país, que dilapidó la calidad de su capital humano, seguramente el recurso más importante. Ha sido una emigración lenta, pero creciente, y el informe se refiere en el caso argentino a quienes obtuvieron residencia legal en España, pues sin ella no sería posible emprendimiento alguno. Se desconoce por cierto el número de emigrantes de nuestro país carentes de residencia formal, pero que se desenvuelven en un marco de relativa tolerancia. Emigrantes que a ninguna autoridad argentina parecen preocupar y de cuyos alejamientos forzados por las circunstancias socioeconómicas han sido sucesivamente responsables. Sería muy satisfactorio que, al igual que hubo un tiempo en que largas filas de argentinos aguardaban poder acceder a los consulados españoles e italianos, se diera una situación inversa en nuestras representaciones, de quienes no han tenido la misma suerte. Este es un punto que no figura en ninguna agenda oficial ni en discurso alguno en procura de votos para acceder al poder. No debe olvidarse que se trata, más que de emigrantes, de expulsados del infierno al que suele aludirse desde el poder. Son muchos los argentinos que aspiran al regreso por problemas de residencia y que desean reincorporarse al padrón activo del país, sin disponer de recursos para hacerlo. No se trata, claro está, de prebendarlos, sino de ayudarlos mediante el crédito de buena fe debidamente controlado.







