La Universidad y sus cuentas pendientes

Al margen de la justicia de los reclamos salariales, los paros en la UNT se han naturalizado, en especial en algunas facultades. El gobierno puso una cuña. Por Noralía Jabif - Redacción LA GACETA.

19 Mayo 2007
“La Universidad argentina debe ser la universidad de la inclusión y la universidad de la calidad”. La definición del secretario de Políticas Universitarias, Alberto Dibbern, de paso por Tucumán, puede ser tomada como consigna o como eje programático. Si se atiende a algunos conceptos que formuló el funcionario a nuestro diario, se infiere que es más lo segundo que lo primero. Descree del cupo de ingreso como fórmula para resolver problemas de masividad en algunas carreras y dice que en la Argentina se necesitan “más universitarios”. Y asegura que uno de los temas que más dolores de cabeza le provoca es el fracaso universitario, valor que puede ser medido estableciendo una relación entre la cantidad de ingresantes y la cantidad de graduados por año.
El kirchnerismo quiere debatir esta año la nueva ley de Educación Superior, y parece preocupado por las cuestiones institucionales y de representatividad universitaria.  Ese interés deja entrever que para él la Universidad no es sólo conocimiento académico, sino “aprendizaje de ciudadanía”, como se suele oír últimamente.
Sin embargo, la calidad académica no puede ocupar un lugar menor. Dibbern anticipó que la cuestionada Coneau (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) debe continuar. Señala que lo que nadie dice de la Coneau es que desde su creación se presentaron 110 universidades privadas, y se aprobaron solamente once.“El 93 % de los proyectos no fue aprobado, con lo cual la Argentina se salvó de la explosión de universidades privadas sólo interesadas en el lucro”, asegura.
La Coneau, así como los mecanismos de autoevaluación, son, quizás, los termómetros de calidad más visibles. Sin embargo, con eso no alcanza. En la mayoría de las universidades de la Argentina -y la UNT, la más populosa de Tucumán no es la excepción- se percibe una tensión entre la necesaria preservación de excelencia académica y la presión de reclamos estudiantiles para flexibilizar sistemas de cursado o para mantener vigentes planes de estudio viejos, para los alumnos rezagados. Ha ocurrido con los alumnos de Artes (que tienen otras reivindicaciones totalmente atendibles, como las relativas a las cuestiones de infraestructura), y con una camada vieja de Bioquímica, Química y Farmacia. En este último caso, el consejo Directivo de la propia facultad rechazó la prórroga, y el Superior la autorizó. Ahora, el Superior analiza una presentación similar de Ciencias Exactas.
Si la UNT no mantiene el rigor que la ha caracterizado, corre el riesgo de quebrar, en unos años, una tradición de excelencia que todavía se “exporta”, aunque no en todas las disciplinas por igual.
El conflicto docente, que en la UNT tiene un peso especial porque la Adiunt integra la más combativa de las organizaciones gremiales (la Conadu histórica), también talla, a la hora de medir la calidad. Ese tema es un intríngulis: a esta altura de las circunstancias, hay facultades o escuelas en las que el paro se ha naturalizado, y la novedad son las clases. Sumado a ello, en las escuelas universitarias hay padres que ya han amenazado con recurrir a la Justicia para que sus hijos no sigan perdiendo clases.
Por otro lado, la respuesta a los paros no ha sido uniforme en todas las facultades, y amaga con declinar. La nueva propuesta salarial del gobierno para el sector -acordada con tres gremios docentes, pero no por la Conadu histórica-ofrece incrementos para todas las categorías, de aquí a enero de 2008. Los que resisten el acuerdo dicen que el aumento es progresivo, que no se toca el básico y que todavía está en discusión el 82% móvil para los docentes. En el otro lado del ring, el sitio del ministerio de Educación (www.me.gov.ar) exhibe un minucioso trabajo de seguimiento de la evolución salarial de los universitarios. Así como urge superar esas diferencias, hay otras cuestiones de difícil solución, al menos en lo inmediato. Lo dijo Dibbern, y no es nuevo: parte del fracaso estudiantil es “arrastre de la escuela”, cuyos propios docentes deben capacitarse para los nuevos tiempos. En síntesis, un fracaso colectivo con responsables múltiples.

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