17 Mayo 2007 Seguir en 
La sociedad argentina se va volviendo cada vez más intolerante. Un estado o una situación de violencia implica la negación del ejercicio de la libertad. La violencia se opone a la persuasión, es una fuerza física que limita o anula el libre ejercicio de la voluntad y actúa de un modo meramente intencional. El martes, en Buenos Aires, varias decenas de pasajeros del ex ferrocarril Roca protagonizaron un vehemente reclamo en la estación Constitución, y provocaron destrozos y focos de incendio, en protesta por la suspensión de algunos servicios de trenes hacia el sur del conurbano bonaerense. Hubo policías y usuarios heridos, así como también detenidos. Los pasajeros, que destrozaron gran parte de las instalaciones, se enfrentaron a pedradas y golpes con las fuerzas de seguridad que custodian la estación. El conflicto se desató como consecuencia de los desperfectos en un convoy que iba hacia la localidad de Temperley. El problema sufrido por el tren eléctrico de la empresa Metropolitano dejó interrumpido todo el ramal que se dirige hacia Ezeiza, por un lado, y a Glew por otro, que junto al que va hacia La Plata es utilizado diariamente por unas 400.000 personas. Por otro lado, cientos de pasajeros que estaban a bordo del tren y que retornaban a sus hogares tras la jornada laboral también reaccionaron con indignación ante la demora y provocaron destrozos en los vagones. No es, por cierto, un hecho aislado. El sábado pasado, la ministra de Desarrollo Social de la Nación fue agredida con violencia por docentes en la vía pública en Río Gallegos. La funcionaria nada tenía que ver en el conflicto que se desarrolla desde hace unas semanas en su provincia natal y que derivó en la renuncia del gobernador de Santa Cruz.
Esta violencia desmedida, que en modo alguno se justifica, está reflejando un inocultable malestar en la sociedad por problemas y frustraciones de larga data que permanecen irresueltos y que se hallan latentes en el inconsciente colectivo. Durante años, los ciudadanos se vienen quejando por los inconvenientes que les acarrean, por ejemplo, los servicios públicos deficientes. En Tucumán, es frecuente que las líneas de ómnibus no cumplan -salvo excepciones- con los horarios establecidos y el control que deben ejercer los organismos correspondientes es poco eficaz. Algo similar sucede con los servicios de teléfonos -líneas descompuestas o las fallas en internet- y de agua o con las históricas colas que deben efectuar a diario los ciudadanos en cualquier repartición pública o privada para pagar un impuesto o realizar otro trámite. . En general, la tendencia histórica de nuestros gobernantes y empresarios es -como dice el adagio- "dejar hacer, dejar pasar", es decir no enfrentar el problema y darle una solución inmediata o a corto plazo, sino poner parches que terminan convirtiéndolo en una bola de nieve; cuando esta se hace muy grande y rueda se torna muy difícil de controlar.
Desde hace tiempo, la violencia ha comenzado a instalarse en las escuelas, en las calles, en diferentes ámbitos. Esta expresión intolerante está relacionada también con las transgresiones constantes a las leyes y con la falta de respeto por el prójimo. En una sociedad civilizada es inadmisible que esta se convierta en una metodología de protesta. Estos hechos deben llevarnos a una reflexión profunda sobre qué nos está sucediendo porque, como bien decía el arzobispo brasileño Dom Helder Camara, la violencia sólo atrae violencia. El estado de derecho es una conquista de la sociedad y abre mecanismos para encauzar los reclamos en forma civilizada. Nadie debe olvidar, en efecto, que a los derechos de unos se contraponen los de los otros.
Esta violencia desmedida, que en modo alguno se justifica, está reflejando un inocultable malestar en la sociedad por problemas y frustraciones de larga data que permanecen irresueltos y que se hallan latentes en el inconsciente colectivo. Durante años, los ciudadanos se vienen quejando por los inconvenientes que les acarrean, por ejemplo, los servicios públicos deficientes. En Tucumán, es frecuente que las líneas de ómnibus no cumplan -salvo excepciones- con los horarios establecidos y el control que deben ejercer los organismos correspondientes es poco eficaz. Algo similar sucede con los servicios de teléfonos -líneas descompuestas o las fallas en internet- y de agua o con las históricas colas que deben efectuar a diario los ciudadanos en cualquier repartición pública o privada para pagar un impuesto o realizar otro trámite. . En general, la tendencia histórica de nuestros gobernantes y empresarios es -como dice el adagio- "dejar hacer, dejar pasar", es decir no enfrentar el problema y darle una solución inmediata o a corto plazo, sino poner parches que terminan convirtiéndolo en una bola de nieve; cuando esta se hace muy grande y rueda se torna muy difícil de controlar.
Desde hace tiempo, la violencia ha comenzado a instalarse en las escuelas, en las calles, en diferentes ámbitos. Esta expresión intolerante está relacionada también con las transgresiones constantes a las leyes y con la falta de respeto por el prójimo. En una sociedad civilizada es inadmisible que esta se convierta en una metodología de protesta. Estos hechos deben llevarnos a una reflexión profunda sobre qué nos está sucediendo porque, como bien decía el arzobispo brasileño Dom Helder Camara, la violencia sólo atrae violencia. El estado de derecho es una conquista de la sociedad y abre mecanismos para encauzar los reclamos en forma civilizada. Nadie debe olvidar, en efecto, que a los derechos de unos se contraponen los de los otros.







