La violencia en el fútbol tomó un giro peligroso

14 Mayo 2007
Un nuevo e increíble episodio sumó la violencia en el fútbol cuando dos grupos antagónicos de la barra brava de River Plate protagonizaron enfrentamientos entre sí, luego se cruzaron amenazas vía internet y profirieron amenazas contra el presidente, José María Aguilar. La situación no hizo más que complicar el pésimo momento institucional y deportivo que vive una de las entidades de mayor arraigo popular del país. Mientras ello ocurre, los propios dirigentes del club siguen deslindando responsabilidades por el impune accionar de estos grupos, cuyos cabecillas, curiosamente, no proceden de ambientes marginales, sino que se trata de individuos con formación y cierto poder económico.
Los sucesos se precipitaron durante y después del partido que los de Núñez jugaron en su estadio frente a Independiente. Los bárbaros acontecimientos, ocurridos  dentro y fuera del Monumental, pudieron ser corroborados a través de los videos que habitualmente se filman a instancias de los organismos de seguridad. En los hechos resultaron heridos con armas de fuego y armas blancas cinco hinchas “millonarios”. La Fiscalía en lo Criminal del Distrito de Saavedra-Núñez, que allanó el escenario de los actos de violencia, elevó un pedido de detención para los responsables, pero la medida fue rechazada por la jueza Silvia Brunier por improcedente.
El enfrentamiento tiene como protagonistas a dos facciones que pugnan por el poder de los “Borrachos del Tablón”, el grupo mayor que compone la barra brava riverplatense. Esta está dividida en dos: una, encabezada por Adrián Rousseau, y otra, por los hermanos Alan y William Schlenker.
El titular de la Subsecretaría de Seguridad en Espectáculos Futbolísticos de Buenos Aires, Javier Castrilli, al tiempo de ratificar los incidentes, pidió un urgente accionar de la Justicia. Pero su reclamos no tuvieron eco entre quienes deben imponer la ley. Incluso, se dejó de lado una nueva clausura de las instalaciones del Monumental, tal como sucedió a principios de temporada, cuando se produjo una gresca entre los mismos barrabravas en el quincho del club, apenas iniciado el certamen “Clausura”. Esta vez, como en aquellas, se habían encontrado cápsulas de balas en el playón del estadio.
Hace un tiempo, en esta columna sosteníamos la necesidad de una profunda reflexión sobre si valía la pena seguir adelante con algo que debe ser tomado sólo como un entretenimiento. Frente a coyunturas de este tipo, los propios organismos encargados de frenar la violencia se ven superados sistemáticamente o, en su defecto, encuentran trabas a veces improcedentes en su intento de poner orden.
Lo particular es que en este caso, quienes se visten con la camiseta de la barbarie proceden de las clases media y alta. Todos cuentan con evidentes influencias políticas y económicas, las que sin dudas frenan y distorsionan el accionar de la Justicia. Lo peor de todo esto es que todos llegaron al grado de impunidad en el que se mueven, gracias a la complicidad de ciertos dirigentes e incluso de futbolistas.
La gravedad de la situación institucional de River no debe ser tomada como una lucha interna que atañe sólo a un club. El hecho puede constituirse en un espejo donde se miren los dirigentes de aquellas entidades de todo el país que no supieron detener a tiempo la invasión de los grupos de violentos. Estos peligrosos acontecimientos ponen en peligro a la sociedad toda por sus metodologías y ámbitos de disputa. Esto preocupa y requiere de una solución inmediata. La voluntad de estos grupos que siembran el terror no debería primar por sobre el verdadero rol que cumplen las entidades deportivas.

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