El azar y el esfuerzo personal
La necesidad de ver rápidamente los efectos de las acciones que emprendemos nos lleva muchas veces a cometer lamentables errores. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.
13 Mayo 2007 Seguir en 
Para la mayoría de los mortales, jugar es sinónimo de divertirse; los juegos de azar no significan para ellos otra cosa que una positiva expresión que consiste en pasar el tiempo en compañía de sus amigos o de sus seres queridos, alrededor de una mesa en una tarde o noche del fin de semana. Pero, para una cantidad de gente cada vez mayor, el juego es una peligrosa adicción que amenaza su vida social y es capaz de terminar con sus bienes y con su patrimonio. Son los jugadores compulsivos, víctimas de la ludopatía; de acuerdo con una publicación de nuestro diario, en Tucumán son más de 100.000 las personas afectadas por este trastorno, que los obliga a hacer apuestas constantemente y que los lleva a perder considerables sumas de dinero y a deteriorar progresivamente su vida social y sus relaciones familiares.Algunos datos son sumamente preocupantes, como el que indica que la adicción está afectando a un segmento etario cada vez más joven: en promedio, los hombres comienzan a jugar a los 20 años, y las mujeres a los 35. O la información oficial que consigna que en la provincia, las apuestas aumentaron un 25 % durante el último año. Desde luego que no es lo mismo el que circunstancialmente compra un billete de uno de los tantos juegos de azar que existen que aquel que necesita hacer fuertes apuestas para sentir la emoción; o aquellos que no pueden sustraerse a la necesidad de participar de los juegos de azar sin tomar conciencia de las consecuencias que esa conducta puede traerles. La ludopatía es una enfermedad crónica, pero una vez detectada y asumida, puede ser tratada con éxito. Los pueblos orientales son conocidos, entre otras cosas, por su proverbial paciencia, una virtud poco frecuente en el mundo occidental. Una frase ocurrente pinta con acierto la ansiedad que generalmente nos consume: “Dios, dame paciencia ¡pero la quiero ya!”. Esa necesidad de ver sin tardanza los efectos de las acciones que emprendemos nos lleva muchas veces a cometer lamentables errores. Uno de ellos es el de pretender hacerse de una fortuna gracias a un golpe de azar, sin necesidad de esforzarse o de sacrificarse a lo largo de años de trabajo y de ahorro. En una de las biografías de Jorge Luis Borges se consigna lo que el escritor pensaba acerca de los juegos de azar. La reflexión incluye un dato muy interesante que muestra la postura personal y política de un ex presidente de la Nación sobre el tema. “Yo pensé en inventar un sistema de juego en el que no se ganara ni se perdiera nunca”, dijo Borges. “La gente juega, en la mayoría de los casos, porque está desesperada, porque debe dinero o porque quiere dejar de ser pobre. Y luego viene la humillación de perder, la humillación que perdiendo en el juego puede llegar a ser trágica. Sin embargo, usted ve cómo se fomenta el juego, y eso lo hacen hasta los gobiernos; a mí me parece una inmoralidad... Yrigoyen fue el presidente más íntegro en ese sentido. El quería cerrar el Jockey Club y el casino de Mar del Plata, pero no tuvo éxito. Tampoco llegó a pisar el hipódromo, y cuando lo invitaron a una carrera donde se corría un Gran Premio, él se ofendió y les contestó con una carta muy severa. ¡Cómo lo iban a invitar al presidente de la República a un sitio donde se jugaba por dinero! El lo sintió como una ofensa, y yo creo que tenía razón, ya que el juego es un vicio, una cuestión de azar donde no hay esfuerzo personal”, expresó el escritor.
La reflexión puede ilustrarnos acerca de cuál debe ser el papel de los gobiernos y la orientación de las políticas de Estado con respecto a los juegos de azar.







