13 Mayo 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El pobre Sancho no tiene quien le ladre. En lo apócrifo de la cita, entre cervantina y garciamarquiana, subyace que el presidente Néstor Kirchner sigue siendo, hoy por hoy, el único político capaz de manejar los tiempos en la Argentina, ya que comprendió, cuando la escalada de la crisis institucional de Santa Cruz lucía imparable, el terrible desgaste al que lo sometía frente a la opinión pública tanto tiempo perdido, represión incluida. Se olvidó de los varios y fallidos intentos de inspirar lástima y, sin anestesia, cortó por lo sano y bajó del caballo al gobernador, su leal escudero.Ese timing tan particular es un don especial del Presidente. Es el mismo concepto que en el fútbol resuelve los partidos cuando no hay individualidades que desequilibren: gana el que impone el ritmo, cadencia que ningún opositor logra hasta ahora calibrar para hacerlo jugar de otra manera y es lo que notoriamente lo distingue. Para muestra, basta repasar la letra del discurso que hizo el viernes, cuando puso en marcha el Plan Productivo Nacional: nada de Santa Cruz y mucho de ideología, con la mirada puesta en las elecciones. ¿Dónde pegó el Presidente? Kirchner hizo centro en las diferencias entre las pluralidades de izquierdas y de derechas, lo que “no es juntar el agua con el aceite”, dijo. Enseguida marcó la cancha y dividió el terreno, con un peligroso “nosotros” y “ellos” como trasfondo: “la pluralidad es que todos aquellos argentinos que pensemos en un país estratégico con inclusión social, con justicia social, con industrialización; un país sin asimetrías, sin patios traseros, con una justa distribución del ingreso, que crezca y no se concentre en unos pocos, esa pluralidad se juntará y construirá una opción política desde un lado”.
También enmarcó su visión de las cosas desde el lado de los réprobos o “neoliberales”, como aprovechó para motejarlos: “y habrá otra pluralidad, que será de los sectores de la derecha argentina, que creen que hay que concentrar la riqueza en unos pocos, que quieren un país de servicios, que hay que cuidar el gasto público, porque si se hacen muchas viviendas se desequilibran las cuentas; si se hacen muchos hospitales, se gasta mucho, y esto no sirve”, añadió. ¿Quién en su sano juicio podría oponerse al país del ensueño y aprobar con su voto el país del oprobio? Pero además, el envión del Presidente tuvo otro fundamento: mostrar la notoria vergüenza que sienten los políticos que deberían representar a los sectores del llamado “centro-derecha” por reconocerse como líderes de esa importante porción del electorado y cómo utilizan eufemismos para esconder esa pertenencia o afinidad. Al fin y al cabo, Carlos Menem y Ricardo López Murphy, cada uno con su propia historia personal y con sus insalvables diferencias de fondo, en 2003 reunieron más de 40% de los votos de ese espectro. Cuando pronunció su discurso, Kirchner tenía muy en claro que el lunes siguiente a la ratificación de Nicolas Sarkozy como nuevo presidente de Francia, algunos referentes se escondieron, ya que no hubo un solo político en la Argentina que capitalizara para sí el triunfo de la derecha, en un país que, aun con sus motivaciones nacionalistas para frenar la inmigración y con particularidades sociales muy diferentes de las locales, marca cierta tendencia en Europa en relación con sus virajes.
El Presidente tampoco aludió directamente en su discurso al caso Skanska, ni a las sospechas judiciales de coimas a funcionarios del Estado. Claro está que habló de la obra pública como uno de los fundamentos del programa económico, aunque sin abundar demasiado en una cuestión que también ha jaqueado al Gobierno desde el costado de las suspicacias, especialmente por la matriz que ha armado para adjudicar las obras y financiarlas vía fondos fiduciarios.
En el caso de los gasoductos, la última palabra la tendrá la Justicia, que es la que tendrá que cuantificar si el valor de las tres plantas de compresión que se montaron para TGN tuvieron el costo que decían las empresas constructoras, precios que convalidó el Enargas, o si el presupuesto de la concesionaria que opera el grupo Techint era el correcto.
El gasoducto y TGN
Hasta ahora, lo que se sabe es que en 2004/05 la Transportadora decía que el valor por la planta de Deán Funes, la que construyó Skanska, era de 461 dólares por HP de un compresor de 8.000 caballos de potencia, más la construcción civil y que la empresa sueca cobró U$S 1.031 para hacer la instalación. La gran duda es saber a qué bolsillo fue la diferencia, ya que se imputaron facturas de empresas inexistentes para darles salida justamente a los casi U$S 600 de remanente.
En defensa del Gobierno, el diputado tucumano Gerónimo Vargas Aignasse acaba de afirmar que una planta de 30.000 caballos de potencia en Brasil costó U$S 1.130 por HP y U$S 975 otra en Estados Unidos, aunque no quiso mostrarle a DyN la fuente de esas verificaciones y, sobre todo, la fecha de las construcciones, ya que los precios han sido muy cambiantes en los últimos años, sobre todo por la explosión de requerimientos de estos equipos, producto de las grandes construcciones en China y el Mar Caspio. El legislador cuestionó a Techint y dijo que presupuestó bajo para evitar que la obra avanzara, una forma de presionar para que “aumentara el precio del gas” y le imputó un sobrecosto de $ 5 millones por la falta de entrega a tiempo de motores. En cambio, fuentes del mercado defendieron los cálculos del concesionario, como muy realistas para el momento en que fueron realizados.
En medio de este marasmo empresario, la Argentina salió a licitar en la semana bonos a 10 años, emitidos en dólares, y logró colocar los previstos $ 750 millones, pero a una tasa de 8,44% anual, casi al mismo precio que una licitación anterior. Infantilmente, lo único a que atinó el Gobierno fue a decir que la oferta subió, lo que no esconde que el supuesto éxito de la colocación ha sido debido a la liquidez internacional, argumento que Felisa Miceli desechó porque “aquí se produce” y no porque la Argentina sea parte de la “fiesta” financiera. Extraña manera de congraciarse con los inversores; lo que no pudo disimular la ministra fue que los 1.100 millones restantes le estaban pidiendo un mayor premio que el efectivamente pagado.
Los operadores estimaron que estos requerimientos hacia el alza se debieron a las dudas sobre las coimas, a las que deben sumarse la intervención en el Indec y la situación política en Santa Cruz, donde Carlos Sancho fue sindicado como el más culpable entre todos los responsables y se tuvo que ir por la puerta de atrás, de una función a la que accedió hace algo más de un año, dicen en Río Gallegos que solamente por haber sido ex socio de Néstor Kirchner. Mal de los santacruceños, hombre parco con el periodismo por temor a preguntas incómodas, timorato y algo enfermo, en esos días de horrorosa crisis institucional el ahora ex gobernador apenas logró hilvanar un simulacro de conferencia de prensa ante los medios locales, adictos y confiables.
Hasta ahora, pagó con el silencio de los leales, ya que es sabido que nadie hacía (ni hace) nada en la provincia del Presidente que no haya sido ordenado por la Casa Rosada. Sancho siempre tuvo en claro que cuando fuera nominado debería salir calladito de la escena, aunque nunca debe haber imaginado que desde Buenos Aires se lo iba a acusar, nada menos, que de haber ordenado la escandalosa represión de la madrugada del jueves pasado.
El ex inmobiliario no tuvo la suerte de otros amigos de la zona a los que los negocios y las obras públicas los hicieron ricos en pocos años fuera de las complejidades de la burocracia, sino que prefirió acceder a la política desde la pelea legislativa, para la que, después se supo, no tenía ni estómago ni ganas.
Lo patético de su desplazamiento fue que, hasta el último instante, se mantuvo como fiel ejecutor de las políticas que se le pidieron desde Buenos Aires para pilotar tamaña crisis de gobernabilidad, situación generada tras el desaguisado de haber otorgado desde la Nación un aumento sospechosamente electoral para los maestros.
Tal como han hecho durante las últimas semanas a nivel nacional gremialistas de la CGT y entidades ruralistas, la chispa fue aprovechada por docentes, estatales y políticos opositores para generar un ambiente de cuasi extorsión, ya que siempre supieron dónde le apretaba el zapato al Gobierno nacional, a seis meses de los comicios presidenciales y a pocas semanas del fundamental test electoral porteño. Los activistas dejaron en claro también la debilidad objetiva que acosa al poder central, desde el punto de vista de la permisividad que siempre tuvo su política de permitir la ocupación del espacio público.
En una suerte de anarquía, ese copamiento de la calle por parte de sindicalistas con tanta adhesión popular fue tan importante que ni el Presidente viaja a la ciudad desde hace varios meses, ni su hermana Alicia quiso probarse, hasta antes de la asunción de Daniel Peralta, el traje de candidata a la gobernación.
Clientelismo nacional
Pero el caldo de cultivo para que la situación haya detonado de esa manera en Santa Cruz se encuentra en el sistema clientelístico de tono conservador que han construido casi todas las provincias argentinas, para que la mayor cantidad de gente dependa del Estado, algo que en esas latitudes, por cuestiones climáticas y de estructura productiva, ha sido llevado al extremo. En este punto no hay izquierdas ni derechas, sino una extraña coincidencia entre los terratenientes de cada feudo. El Presidente también dijo en ese discurso de la Argentina Productiva que calcula que la Argentina “el 10 de diciembre de 2007 va a salir del infierno”. Para Kirchner, con pingüino o pingüina como su sucesor, ese será el momento de ponerse a discutir un proyecto similar al de la generación del 80; para sus opositores quizás la salida del averno signifique habérselo sacado de encima a Kirchner, aunque por las señales que se observan por estas horas no hay quien pueda, por ahora, sacarlo de ritmo. (DyN)







