La dura batalla por ganar televidentes

Punto de vista. Por Gustavo Martínez Pandiani - Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad del Salvador.

22 Abril 2007
La televisión argentina se ha convertido en un durísimo campo de batalla. En la actualidad, la lógica de la confrontación -que algunos creían exclusiva del ámbito político- está presente entre los que compiten por el prime time de la TV. Sin piedad, Canal 13 y Telefe alistan sus tropas y no dudan en incumplir con horarios, pautas, audiencias  y demás “obstáculos menores”.
La puja entre los ciclos “Gran Hermano” y “Bailando por un sueño” se torna salvaje y contamina al resto de la programación local. Al día siguiente, los demás espacios se hacen eco de lo sucedido en la pista de Marcelo Tinelli y en la casa de Jorge Rial. Incluso, terceros canales se suman a la pelea aunque más no sea a través de la mera repetición de las polémicas de la jornada anterior.
Noche tras noche el conflicto es rey, mientras el buen gusto hace mutis por el foro. Bajo la supuesta bandera de la espontaneidad de los participantes, los guionistas se inspiran, meten púa y escarban en lo más oscuro de la conducta humana.
Golpes bajos, insultos cruzados, señoritas siliconadas y muchachitos eufóricos llenan las pantallas y tratan de imponerse en la dictadura del minuto a minuto.
¿Será que los argentinos necesitamos ocuparnos de conflictos artificiales para no enfrentar nuestros conflictos reales? ¿Será que los shows más vistos de la televisión nacional cumplen la función de evitarnos las discusiones de fondo? En todo caso, no parece ser la mejor forma de construir una sociedad más consciente de sus responsabilidades individuales y colectivas.

La educación
Está claro que no corresponde adjudicarle a la televisión el deber de educar a los ciudadanos. Son el Estado, la familia y la escuela las instituciones indicadas para semejante labor.
No obstante, sí podemos exigirles a los medios en general -y a la TV en particular- que dejen de tirarnos basura encima. Que dejen de mostrar lo patológico como simpático, lo destructivo como atractivo y lo denigrante como meramente desafiante.
Caso contrario, estaremos avanzando de modo acelerado hacia el naufragio social que tanto daño puede causarnos.


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