Una terapia toma la vida como si fuera un juego
No hacen falta los juguetes. El juego entretiene y divierte, pero también tiene un poder curativo. Aunque, como todo, también tiene su contracara, ya que puede ser destructivo. Jugar durante la vida cotidiana suele ser un indicador del estado de salud de las personas.
07 Junio 2006 Seguir en 

Jugar no es sólo cosa de chicos. Las personas desarrollan juegos a lo largo de toda su vida y en diversas situaciones. Así lo entiende Inés Moreno, profesora en Ciencias de la Educación, quien desde 1977 dirige un centro especializado en juego, tiempo libre y educación no formal.
En esta oportunidad, Moreno reflexiona acerca de los beneficios que aporta el juego en la búsqueda del bienestar: "el juego domina todas las facetas de nuestras vidas". Y se adhiere al axioma que señala que "la vida es juego".
Tanto es así que el niño nace jugando. Al principio, lo hace mediante el movimiento de sus pies y de sus manos. En la medida que pasa el tiempo busca otros juguetes que lo entretengan.
Dicho de este modo, cualquier actividad puede transformarse en juego, pero para que se produzca, hacen falta personas. Según el criterio de la especialista "el juguete no es necesario".
"El juguete -remarca- tiene el papel de mediador". En su libro "El juego y los juegos" hace hincapié en que "el mejor juguete es aquel que permite generar el despliegue de fantasía e imaginación que se requiere para entrar y sostener el juego".
La persona, al jugar, conjuga pensamiento, sentimiento y acción. Esto permite "tomar contacto con uno mismo y no hay espacio para las máscaras", indica Moreno.
La computadora y la televisión también invitan al juego, aunque existen ciertos aspectos que la tecnología no puede ni debe remplazar, como el oler, el tocar, el degustar, puesto que desarrollan la percepción, la fantasía y la creatividad.
"El juego -señala- no está aislado de la vida cotidiana: la refleja, la elabora, la desmenuza, la comprende, la transforma".
Apunta, también, a la búsqueda del bienestar, dado que permite recobrar la energía, a la vez que modificar los estados de ánimo y manejar las emociones. "El juego es sanador por excelencia", sintetiza.
Mediante la actividad lúdica la persona descarga, elabora, asimila, acomoda, aprende, organiza, descubre, ensaya y desarrolla en otras conductas un conjunto de contenidos propios y externos, que son necesarios para su vida. "Cuando la persona juega -sostiene Moreno-, se ponen de manifiesto en simultáneo el pensar, el sentir y el hacer. Mientras se juega, toda la persona está en juego, las conductas que se desarrollan son múltiples y no siempre concientes."
"El juego es básicamente comunicación -remite-; nos transmite no sólo lo que se dice sino lo que el jugador es". El cuerpo está naturalmente predispuesto para el juego y el movimiento. El alivio es una de las sensaciones que provoca, pero no es la única.
"Un cuerpo rígido, con dificultades para el movimiento y los desplazamientos, con tensión en sus músculos y órganos, dificulta y bloquea el juego -explica la especialista-;cuanto más relajados y blandos, en mejores condiciones nos encontramos para jugar."
"Uno de los indicadores para establecer grados de salud-enfermedad reside en la presencia o ausencia de juego", agrega.
El juego sana o destruye, según cómo se lo juegue. Para Moreno, "los espacios recreativos para los jóvenes promueven el aislamiento y no la interacción".
La especialista fundamenta su opinión en los juegos de guerra, los videojuegos y los juguetes bélicos que aparecen en tantas películas o series de TV y en los noticieros que, según opina, hacen que los niños acepten como normal y habitual aquello que amenaza y destruye a la humanidadAunque es común que se lo perciba como "cosa de chicos", el juego también está presente en la vida del adulto, aunque sólo en sus horas libres.
"El juego le otorga al adulto recuperar al niño interior: la risa, la alegría, la energía, el rostro iluminado", expresa Moreno.
Pero una de las contracaras de este discurso es el problema de las adicciones a los juegos de azar. Los juegos de azar son el ejemplo más claro de cómo el juego se puede convertir en una herramienta destructiva, para la persona y para su núcleo familiar, según explica: "El adicto al juego es como caminar en una verdadera cuerda floja. Queda atrapado en un círculo sin salida." En otro orden, los adultos mayores son quienes se otorgan mayores permisos para jugar. Moreno observa que en esta etapa el juego "es una herramienta de hallazgos y revaloraciones que permite un envejecimiento más sano".
En esta oportunidad, Moreno reflexiona acerca de los beneficios que aporta el juego en la búsqueda del bienestar: "el juego domina todas las facetas de nuestras vidas". Y se adhiere al axioma que señala que "la vida es juego".
Tanto es así que el niño nace jugando. Al principio, lo hace mediante el movimiento de sus pies y de sus manos. En la medida que pasa el tiempo busca otros juguetes que lo entretengan.
Dicho de este modo, cualquier actividad puede transformarse en juego, pero para que se produzca, hacen falta personas. Según el criterio de la especialista "el juguete no es necesario".
"El juguete -remarca- tiene el papel de mediador". En su libro "El juego y los juegos" hace hincapié en que "el mejor juguete es aquel que permite generar el despliegue de fantasía e imaginación que se requiere para entrar y sostener el juego".
La persona, al jugar, conjuga pensamiento, sentimiento y acción. Esto permite "tomar contacto con uno mismo y no hay espacio para las máscaras", indica Moreno.
La computadora y la televisión también invitan al juego, aunque existen ciertos aspectos que la tecnología no puede ni debe remplazar, como el oler, el tocar, el degustar, puesto que desarrollan la percepción, la fantasía y la creatividad.
"El juego -señala- no está aislado de la vida cotidiana: la refleja, la elabora, la desmenuza, la comprende, la transforma".
Apunta, también, a la búsqueda del bienestar, dado que permite recobrar la energía, a la vez que modificar los estados de ánimo y manejar las emociones. "El juego es sanador por excelencia", sintetiza.
Mediante la actividad lúdica la persona descarga, elabora, asimila, acomoda, aprende, organiza, descubre, ensaya y desarrolla en otras conductas un conjunto de contenidos propios y externos, que son necesarios para su vida. "Cuando la persona juega -sostiene Moreno-, se ponen de manifiesto en simultáneo el pensar, el sentir y el hacer. Mientras se juega, toda la persona está en juego, las conductas que se desarrollan son múltiples y no siempre concientes."
"El juego es básicamente comunicación -remite-; nos transmite no sólo lo que se dice sino lo que el jugador es". El cuerpo está naturalmente predispuesto para el juego y el movimiento. El alivio es una de las sensaciones que provoca, pero no es la única.
"Un cuerpo rígido, con dificultades para el movimiento y los desplazamientos, con tensión en sus músculos y órganos, dificulta y bloquea el juego -explica la especialista-;cuanto más relajados y blandos, en mejores condiciones nos encontramos para jugar."
"Uno de los indicadores para establecer grados de salud-enfermedad reside en la presencia o ausencia de juego", agrega.
El juego sana o destruye, según cómo se lo juegue. Para Moreno, "los espacios recreativos para los jóvenes promueven el aislamiento y no la interacción".
La especialista fundamenta su opinión en los juegos de guerra, los videojuegos y los juguetes bélicos que aparecen en tantas películas o series de TV y en los noticieros que, según opina, hacen que los niños acepten como normal y habitual aquello que amenaza y destruye a la humanidadAunque es común que se lo perciba como "cosa de chicos", el juego también está presente en la vida del adulto, aunque sólo en sus horas libres.
"El juego le otorga al adulto recuperar al niño interior: la risa, la alegría, la energía, el rostro iluminado", expresa Moreno.
Pero una de las contracaras de este discurso es el problema de las adicciones a los juegos de azar. Los juegos de azar son el ejemplo más claro de cómo el juego se puede convertir en una herramienta destructiva, para la persona y para su núcleo familiar, según explica: "El adicto al juego es como caminar en una verdadera cuerda floja. Queda atrapado en un círculo sin salida." En otro orden, los adultos mayores son quienes se otorgan mayores permisos para jugar. Moreno observa que en esta etapa el juego "es una herramienta de hallazgos y revaloraciones que permite un envejecimiento más sano".
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