21 Marzo 2007 Seguir en 
Por Sebastián Lalaurette - Agencia MP.
De ángeles blancos y negros está hecha por estos días la televisión y, por lo tanto, también la pasión popular. Ya hubo quien hizo el chiste de retocar un mapa de América del Sur para que la silueta de la Argentina ostentara un nuevo nombre: "Nadialandia". Y sí, el chiste se entiende sin necesidad de apellidos.
Es posible, de hecho, que si yo le nombro ahora a Nadia Epstein, usted no sepa de quién estoy hablando. Mientras que si digo "Nadia" a secas, seguramente sabrá de qué va la cosa y tal vez hasta recuerde haber formado parte de ese 91,9% de las personas que llamaron para hacer que la muchacha sea expulsada de la casa de "Gran Hermano".
No, no hace falta el Epstein para saber que Nadia es Nadia, ni tampoco el Mirra para saber que Marianela Mirra es Marianela, la enemiga buena, la que sobrevivió a tres nominaciones y vivió (es un decir) para ver cómo la rubia era ejecutada por una abrumadora mayoría.
Icono cultural
Angeles blancos y negros: Nadia en una de las tapas de la revista "Paparazzi", todo un ícono cultural de la década, con unas alas azabaches y poco más; Marianela en la otra tapa, vestida con níveas ropas.
Desde las páginas interiores, lo mismo: "Creo que allá afuera soy la mala. Y está bueno ser la mala", es una de las frases que se rescatan de Nadia. "Acá en Tucumán es una ídola, todo el mundo la quiere", dice la mamá de Marianela, refiriéndose obviamente a su hija.
Alas negras y ropa blanca. La buena y la mala. Es el nivel (maniqueo, infantil, sin gris alguno) del debate que hoy ocupa a los argentinos. Que no sólo sintonizan a toda hora el programa, sino que hasta gastan dinero votando telefónicamente por uno de los dos nominados de ocasión.
La gente se dio el gusto de sacar a Nadia y hay una sensación generalizada de que lo que allí hubo en operación podría llamarse justicia. Pero ella, la mala, sabe más.
Está bueno ser la mala, es cierto. Primero porque, como dice el adagio popular, las chicas malas se divierten más. Segundo, porque fascinan. Sobre todo cuando ese papel es uno de los protagónicos en una contienda catódica inmensamente popular.
"La nueva mala de la televisión argentina", así definió "Paparazzi" a Nadia Epstein. En nuestra sociedad mediática, eso es casi, casi un doctorado.
Reconocimiento automático
Es desalentador, ciertamente, que sean éstos los debates que generan la espontánea, apasionada participación de la gente. Pero la cosa no es tan terrible como podría parecer.
Con todos sus defectos (una edición centrada en las situaciones efectistas, una parodia de detector de mentiras que nadie debería creerse, reglas enloquecidas en las que la nominación espontánea es la estrategia más meditada), "Gran Hermano" no retacea material para reflexiones morales, políticas o filosóficas.
No es un programa para estúpidos, sino para quienes quieran verlo como quieran verlo. Es un gran focus group. O un estudio sobre la naturaleza humana.
No es poco lo que Nadia ha logrado: convertirse en la mala más mala en la historia del programa. Hay que tener talento para eso. El rédito: visibilidad, un nombre de pila automáticamente asociado a la propia imagen.
En sus notas a un (por entonces flamante) disco de los Beatles, Derek Taylor contaba que un presentador había arrancado furiosos aplausos del público con sólo decir "John, Paul...". Había sido suficiente para reconocerlos. Todo un logro.
Bienvenidos a Nadialandia.
De ángeles blancos y negros está hecha por estos días la televisión y, por lo tanto, también la pasión popular. Ya hubo quien hizo el chiste de retocar un mapa de América del Sur para que la silueta de la Argentina ostentara un nuevo nombre: "Nadialandia". Y sí, el chiste se entiende sin necesidad de apellidos.
Es posible, de hecho, que si yo le nombro ahora a Nadia Epstein, usted no sepa de quién estoy hablando. Mientras que si digo "Nadia" a secas, seguramente sabrá de qué va la cosa y tal vez hasta recuerde haber formado parte de ese 91,9% de las personas que llamaron para hacer que la muchacha sea expulsada de la casa de "Gran Hermano".
No, no hace falta el Epstein para saber que Nadia es Nadia, ni tampoco el Mirra para saber que Marianela Mirra es Marianela, la enemiga buena, la que sobrevivió a tres nominaciones y vivió (es un decir) para ver cómo la rubia era ejecutada por una abrumadora mayoría.
Icono cultural
Angeles blancos y negros: Nadia en una de las tapas de la revista "Paparazzi", todo un ícono cultural de la década, con unas alas azabaches y poco más; Marianela en la otra tapa, vestida con níveas ropas.
Desde las páginas interiores, lo mismo: "Creo que allá afuera soy la mala. Y está bueno ser la mala", es una de las frases que se rescatan de Nadia. "Acá en Tucumán es una ídola, todo el mundo la quiere", dice la mamá de Marianela, refiriéndose obviamente a su hija.
Alas negras y ropa blanca. La buena y la mala. Es el nivel (maniqueo, infantil, sin gris alguno) del debate que hoy ocupa a los argentinos. Que no sólo sintonizan a toda hora el programa, sino que hasta gastan dinero votando telefónicamente por uno de los dos nominados de ocasión.
La gente se dio el gusto de sacar a Nadia y hay una sensación generalizada de que lo que allí hubo en operación podría llamarse justicia. Pero ella, la mala, sabe más.
Está bueno ser la mala, es cierto. Primero porque, como dice el adagio popular, las chicas malas se divierten más. Segundo, porque fascinan. Sobre todo cuando ese papel es uno de los protagónicos en una contienda catódica inmensamente popular.
"La nueva mala de la televisión argentina", así definió "Paparazzi" a Nadia Epstein. En nuestra sociedad mediática, eso es casi, casi un doctorado.
Reconocimiento automático
Es desalentador, ciertamente, que sean éstos los debates que generan la espontánea, apasionada participación de la gente. Pero la cosa no es tan terrible como podría parecer.
Con todos sus defectos (una edición centrada en las situaciones efectistas, una parodia de detector de mentiras que nadie debería creerse, reglas enloquecidas en las que la nominación espontánea es la estrategia más meditada), "Gran Hermano" no retacea material para reflexiones morales, políticas o filosóficas.
No es un programa para estúpidos, sino para quienes quieran verlo como quieran verlo. Es un gran focus group. O un estudio sobre la naturaleza humana.
No es poco lo que Nadia ha logrado: convertirse en la mala más mala en la historia del programa. Hay que tener talento para eso. El rédito: visibilidad, un nombre de pila automáticamente asociado a la propia imagen.
En sus notas a un (por entonces flamante) disco de los Beatles, Derek Taylor contaba que un presentador había arrancado furiosos aplausos del público con sólo decir "John, Paul...". Había sido suficiente para reconocerlos. Todo un logro.
Bienvenidos a Nadialandia.
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