Los espectadores comparten la torre

Babel. Por Federico van Mameren, Secretario de Redacción LA GACETA. Calificación muy buena.

16 Marzo 2007
En diferentes partes del mundo, la vida de cuatro grupos de extraños colisionan. Por una serie de acontecimientos fortuitos se conectan una pareja estadounidense, dos chicos marroquíes, una niñera en México y una adolescente japonesa sordomuda y rebelde.

Siempre hay alguien que habla; de eso estamos seguros. Pero, del otro lado, ¿alguien escucha? Y, si oyó, ¿se entendió el mensaje? Ninguna de estas dos preguntas se puede responder con certeza y ahí comienza el problema. No importa que hablemos el mismo idioma o distintos; en esta era de la comunicación, la incomunicación se ha convertido en una telaraña que envuelve a todos. Al hijo, que no siempre encuentra comprensión en el padre. A la esposa, que no halla contención en su marido. Al país, que pide una cosa y a la Nación que no se anima a darle lo requerido. Al extranjero que nunca dejará de ser inmigrante en la tierra en la que trabaja desde hace décadas. Al hombre, a la mujer o a los niños que dicen la verdad y nadie les cree. Al que tiene un arma y no sabe para qué. Cada una de estas experiencias es hilvanada en escenas que transcurren en tres continentes diferentes y, sin embargo, se vinculan por varias historias que se entrelazan, aunque los personajes no se hayan visto jamás. Con gran precisión, el director Alejandro González Iñárritu ha dibujado estos arquetipos. Pitt interpreta un papel que obliga al espectador a compartir sus estados de ánimo. Barraza contagia hasta la desesperación su alegría de madre y su responsabilidad de ama de llaves. Con su silencio, la joven Kikuchi también sacude y hace hablar a los que la están viendo. Iñárritu consigue que los espectadores se instalen en esta torre de Babel. Por eso, cuando salen del cine se quedan varios minutos en silencio reflexionando sobre el filme. Una gran película que no se puede dejar de ver, porque ayuda a mirarse a sí mismo.

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